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30 minutos con Luka Modric
Hay jugadores que se recuerdan por los goles. Otros, por las finales que ganaron. A Modric, en cambio, probablemente se le recordará porque hacía que el fútbol pareciera sencillo.
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5 de jul de 2026, 12:56 a. m.
Actualizado el 5 de jul de 2026, 12:56 a. m.
Sucedió el 13 de mayo de 2023. Aquel día cumplí un sueño de infancia: asistir a un partido del Real Madrid en el estadio Santiago Bernabéu. Cuando jugaba FIFA en el PlayStation, siempre con el equipo merengue, lo pensaba: no me puedo morir sin ir a un partido allí.
El juego era a las nueve de la noche en una ciudad que, durante la primavera, a esa hora apenas empieza a oscurecer. Era tanta la emoción que llegué junto a mi esposa tres horas antes; ni siquiera la policía había llegado. El rival: Getafe. Un partido de trámite, con un Madrid ya sin opciones de pelear la Liga, lo que facilitó conseguir las boletas.
Fuimos de los primeros en ingresar, como si quisiéramos exprimir cada minuto dentro de ese estadio mítico que, aunque todavía estaba en remodelación, imponía respeto. Me sorprendió que, faltando 20 minutos para el inicio, el Bernabéu pareciera vacío. Cuando el árbitro dio el pitazo inicial, estaba completamente lleno. A diferencia de lo que suele ocurrir en Colombia, ir a fútbol en Europa es casi como ir al cine: cada espectador tiene su fila y su asiento asignados. Muchos llegan cuando las luces ya se han apagado y la película está por empezar.
Mientras sonaba el himno del Madrid (“Historia que tú hiciste, historia por hacer; porque nadie resiste tus ganas de vencer”), la voz del estadio anunciaba la formación de Carlo Ancelotti. Era una mezcla entre titulares y suplentes. Courtois, Militao, Camavinga, Valverde... En el banco esperaban Vinicius, Kroos y el rey, Luka Modric.
Como un regalo inesperado, Modric apareció antes del partido para darle una vuelta olímpica a la Copa del Rey que el Madrid había conquistado una semana antes frente a Osasuna. El Bernabéu se puso de pie y aplaudió durante varios minutos. No era un homenaje oficial, pero se sentía así.
El partido transcurrió exactamente como estaba previsto. Un Getafe bien parado en defensa y un Madrid con la pelota, aunque sin demasiada imaginación. De trámite. Entonces Ancelotti levantó la ceja, miró hacia el banco y movió las fichas. Entraron Vinicius, Kross y Modric.
A veces los grandes futbolistas no necesitan un partido entero para recordarnos quiénes son. Les basta media hora.
Con Modric en la cancha el partido cambió de ritmo. No hizo gambetas imposibles ni recorrió 50 metros con el balón pegado al pie. Pero sí hizo algo mucho más difícil: ordenar el partido. Al minuto 70, el balón pasó por sus guayos antes de terminar en la red. El Bernabéu celebró el gol, pero también a ese jugador con el 10 en la espalda que había vuelto sencillo lo que para los demás parecía complicado.
Aquella noche salí convencido de que había cumplido un sueño: conocer el Bernabéu. Pensé que ese sería el recuerdo que guardaría para siempre. Pero me equivoqué.
Tres años después, con 40 años, Modric disputó el último partido de su carrera en una Copa del Mundo. Croacia cayó 2-1 frente a la Portugal de otro rey, el comandante Cristiano Ronaldo, y con ese pitazo final terminó una de las carreras más elegantes que ha conocido el fútbol. Mientras millones seguían su despedida por televisión, yo volví mentalmente a aquel partido contra el Getafe.
Entonces lo entendí: no había viajado a España para solo ver un Real Madrid-Getafe o conocer el estadio. Había viajado, sin saberlo, para ver durante treinta minutos a uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.
Hay jugadores que se recuerdan por los goles. Otros, por las finales que ganaron. A Modric, en cambio, probablemente se le recordará porque hacía que el fútbol pareciera sencillo. Convertía un pase de diez metros en una obra de precisión; una pausa en una declaración de inteligencia; un gesto en una muestra de liderazgo; un partido cualquiera en una lección de cómo se juega este deporte.
Por eso la nostalgia de su despedida no tiene que ver únicamente con el retiro de un extraordinario mediocampista. Tiene que ver con la sensación de que el fútbol pierde una forma de entenderse a sí mismo.
Aquella noche de mayo de 2023 yo solo quería conocer el Bernabéu. Tres años después comprendí que el verdadero regalo no había sido solo el estadio, ni el gol que canté como si fuera del América, ni siquiera la victoria del Madrid. Había sido ver jugar, aunque apenas durante 30 minutos, a Luka Modric. Hay privilegios que uno solo reconoce cuando ya no pueden repetirse.
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