Los matachines

Los matachines

Diciembre 26, 2018 - 11:50 p.m. Por: Medardo Arias Satizabal

La viuda siempre estaba a punto de dar a luz, llevaba unas medias vencidas en los talones y lloraba lastimeramente por los barrios, mientras su marido, el año viejo, dormía descuajaringado sobre una cama de guaduas a la cual se le había atado una vieja lata de manteca. Tres balones debajo de la ropa le daban verídica turgencia a la viuda; dos en el trasero y el de adelante que simbolizaba el nacimiento del año nuevo.

Con ellos avanzaba también una comparsa que era el terror de los niños, la de los matachines encabezados por un demonio de cola en forma de flecha y cachos recién sacados del matadero municipal, mientras mi abuela leía el Bristol para saber cuáles serían los días más propicios para la pesca, o para hallar un nombre sonoro en el santoral, para un nuevo nieto.

No dudo que mi nombre, además de ser el de mi abuelo materno, figuraba en el santoral del Bristol. Andando el tiempo supe que San Medardo es venerado en Italia y Francia, tiene una abadía y los campesinos le rezan para que llueva. Conjura también el dolor de muelas. Medardo es originalmente un nombre alemán que traduce “poder”; el único que he tenido hasta ahora es el de poder volar dormido, hasta por tres días, como el albatros, revelación que me acaba de hacer Ricardo Luna.

En el ‘pick up’ de mi abuelo, mi padre hacía girar unos discos pesadísimos, con sello púrpura, ‘Zeida’, donde la voz de Guillermo Buitrago repartía agua de socorro por los techos del vecindario: “Cómo me compongo yo en el día de hoy/ cómo me compongo yo en el de mañana…”

El grito vagabundo venía cuando el demonio empezaba a repartir látigo entre los chicos que lo abucheaban porque reconocían su verdadera identidad debajo de la máscara. Sinceramente, nunca le temí al diablo, pero sí me causaba pavor la posibilidad de enfrentarme a Santo, el Enmascarado de Plata, quien también salía en la comparsa pre-navideña. Lo único que pudo conjurar mi temor por el Santo, réplica del luchador mexicano, fue el apoyo que una vez recibí de mi padre, en caso de que me tocara enfrentarlo. Al fin un día pude hacerle la pregunta: “¿Papá, usted le pega a Santo?”

Respondió afirmativamente y pude dormir tranquilo. Además me reveló uno de los secretos mejor guardados del puerto; Santo, realmente, era el librero que tenía su tienda entre el café de Pandebono y el Hotel Colombia, cerca a la Galería Central. Me prometió, además, hacerle una visita, en mi compañía, para que comprobara de cerca su identidad. Fuimos ahí y el librero aceptó ser el epígono del célebre luchador en tiempos decembrinos.

Más tarde supe que estos trovadores que hacen soplar su caramillo por estos días mientras asustan a los niños por los barrios de Colombia, vienen desde el Siglo XVIII haciendo roncar su monótono atabal. Bajan de los cerros de Cali, de las Comunas de Medellín, de los barrios del sur de Bogotá y saben bailar a la portuguesa mientras les lanzan monedas desde los balcones. Son en sí mismo, la representación dramática del Siglo de Oro español, con su escueta lucha entre el bien y el mal, mascarada de la vida, la incertidumbre del tiempo que se fue y el abismo y la sorpresa por el que vendrá. Cuando los veo venir sé que llegó diciembre y de alguna manera me sobrecoge una melancolía parecida a la mañana de carnaval, la banda sonora del Orfeo Negro.

Estos matachines de fin de año nos recuerdan con sus redobles a la vieja república del tabaco Las Villas y la panela cuadrada, del arroz calilla y el hilo calabrés, del papel vejiga y las veladoras La Virgen, del Ron de Vinola y el chocolate Luker, ese país que amamos por encima de todas las cosas, y donde continuamos preguntándonos quién mató a Gaitán, cuál es el misterio de la pollera colorá, por qué Roberto Ruíz invitaba a tragos de vino y tragos de anís a gente que no conocía y, quién, en verdad, inventó el hueco del pandebono.

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