Santos y la historia única

Santos y la historia única

Marzo 28, 2019 - 11:50 p.m. Por: María Elvira Bonilla

Las múltiples reacciones de otros protagonistas que aparecen en ‘Las batallas por la paz’ del recién lanzado libro de Juan Manuel Santos, tienen sus razones. Se trata de unas memorias alrededor de una negociación de paz entre su gobierno y la guerrilla de las Farc en la que estuvieron involucradas muchas personas que Santos se reserva el derecho a interpretar y narrar desde su propia óptica. Cae en el gran peligro de la historia única, parafraseando a la famosa escritora nigeriana Chimamanda Ngozi, quien fue la estrella en el pasado Hay Festival de Cartagena.

La versión de Santos en el que narra el recorrido hasta sellar el Acuerdo de paz con la guerrilla de las Farc que intenta dejar plasmado en las 600 páginas en las que trabajó con un equipo durante muchos meses, incluso antes de dejar la Casa de Nariño, y que recoge su mirada con la que además busca justificarse frente a la historia. Es muy diciente que haya escogido un escenario amable entre amigos en la Casa de América en Madrid, España, y no Colombia para presentar el libro. En el extranjero Santos se siente cómodo como portador del Premio Nobel de paz, donde encuentra eco fácil sin reparos ni cuestionamientos, donde los detalles de las interpretaciones o las visiones sesgadas no cuenta. Pero lo cierto es que se trata de un relato único, como ocurre con todos aquellos que están asociados al poder.

Es una lectura de la realidad desde el poder, de su ejercicio de ochos años como en el caso de Santos. Y las historias las define la manera en que se cuentan, quién las cuenta, cuándo las cuenta, cómo se cuentan, cuántas se cuentan. El suyo es un relato desde el poder, con todos sus bemoles. Y el poder permite también convertir su historia en la definitiva.

La paz de Santos, fue su paz, en sus términos y los del cerrado grupo que lo rodeó, sin consulta permanente con el país; un secretismo que se volvió casi que un vicio y resultó nocivo. Así que no veo por qué hubiera trascendido su círculo inmediato de áulicos o de funcionarios que lo acompañaron para aportar complejidad, contrapartes y visiones críticas que lo habían acercado más a la verdad como le reclaman sus contradictores y no presentarla como el recorrido de un individuo enfrentado a duras pruebas, adversidades muchas veces creadas por él mismo y por sus equivocaciones en la manera de actuar.

La historia escrita desde el poder lleva la impronta del poder mismo, que conlleva a tener que velar los hechos; cubrirlos con capas las decisiones que se toman en función de los propósitos trazados, en manos de gobernantes dispuestos a producir resultados a cualquier precio, obligados casi que por supervivencia a ocultar los medios empleados.

Los periodistas estamos situados en el lado contrario porque el oficio que llevamos a cuestas es precisamente el de de-velar, quitar los velos para conocer la verdad y transmitírsela a la gente.

Igual que hizo Andrés Pastrana con su libro Palabras bajo el fuego sobre la fallida negociación del Caguán, editado también por Planeta, ambos gobernantes buscan con ropaje narrativo defender sus actuaciones, llenas de omisiones intencionales y que no siempre fueron tan acertadas como sus protagonistas creen. El relato oficial es odioso, pero lo más grave: genera desconfianza.

Sigue en Twitter @elvira_bonilla

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