Histórico

Noviembre 22, 2022 - 11:55 p. m. 2022-11-22 Por: Marcos Peckel

El Vaticano. El día de ayer, 22 de noviembre, tuvo lugar un hecho histórico: el comité ejecutivo del Congreso Judío Mundial -CJM-, organización que representa a las comunidades judías del mundo, sostuvo su reunión bianual en El Vaticano con la participación del Papa Francisco. Nada parecido había sucedido en dos mil años desde que nacía el cristianismo de las entrañas del judaísmo. El evento se realizó en el aula Pablo VI, en la que se reúne habitualmente el sínodo de los obispos, y en el Palacio Eclesiástico. Durante el encuentro y tras un trabajo previo de varios meses, se introdujo por parte del CJM la declaración ‘Kishreinu’, palabra hebrea que significa “nuestro vínculo”, una hoja de ruta para el futuro de las relaciones judeo- católicas. El camino a este histórico encuentro se abría hace 57 años.

“Yo, Pablo, obispo de la Iglesia Católica”. Así el 28 de octubre de 1965 rubricaba Pablo VI la declaración Nostra Aetate, uno de los documentos seminales del Concilio Vaticano II, que replanteaba las relaciones entre la Iglesia Católica y las confesiones religiosas no cristianas, particularmente el judaísmo.

La declaración es lo más parecido a un acto de constricción por parte de la Iglesia. Cinco años demoró la elaboración final del texto, tras años de trabajo previo que comenzó al final de la Segunda Guerra Mundial. En su redacción participaron eruditos católicos y judíos; cada palabra, cada coma fue cuidadosamente estudiada. El articulado final no satisfizo a todos, para unos la Iglesia fue demasiado lejos, para otros se quedó corta. Nostra Aetate desmontaba la acusación colectiva al pueblo judío de Deicidio, reconocía los orígenes judíos de los padres de la Iglesia y de la Virgen María, reivindicaba el Antiguo Testamento y “reprobaba” las persecuciones a los judíos. A pesar de ciertas ambigüedades en el texto, una nueva era comenzaba una vez el Sumo Pontífice, “Yo Pablo”, suscribía las 1800 palabras contenidas en la declaración.

Desde entonces las relaciones entre católicos y judíos, turbulentas por siglos, entraron en un camino lento de reconciliación que ha tenido varios hitos. La visita en 1986 del Papa Juan Pablo II a la gran sinagoga de Roma en la que declaró que “los judíos son nuestros hermanos mayores”, el reconocimiento por parte de El Vaticano al Estado de Israel en 1983, las subsiguientes visitas de los Papas Benedicto y Francisco a la misma sinagoga y al Estado de Israel, particularmente al Muro de los Lamentos, el permanente diálogo interreligioso entre prelados católicos y judíos alrededor del mundo y más recientemente la apertura de los archivos vaticanos a investigadores para auscultar la actuación de la Santa Sede bajo el Papado de Pio XII durante la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto.

En la historia quedan, mas no olvidados, la incesante estigmatización, las cruzadas, la inquisición, las persecuciones, la marginación, los autos de fe y demás episodios trágicos de las relaciones católico-judías. El Holocausto fue el colofón de un odio antijudío que se enquistó en Europa desde el imperio romano.

En tiempos que el antisemitismo crece en el mundo en sus diversas manifestaciones, ya sean las teorías conspiratorias, las alusiones malintencionadas al ‘lobby judío’, las expresiones deslegitimadoras al Estado de Israel, el antisionismo, los ataques a instituciones y personajes judíos, el terrorismo y las constantes declaraciones del régimen de Irán de “destruir al Estado de Israel”, la colaboración entre la Iglesia Católica y el Pueblo Judío es un faro en la oscuridad.

VER COMENTARIOS