Contra las religiones

Agosto 30, 2022 - 11:55 p. m. 2022-08-30 Por: Marcos Peckel

En el supuesto Estado laico que es Colombia, pues la palabreja no aparece en inciso alguno de la Constitución Nacional, en cuyo artículo 19 se garantiza la libertad de cultos, se invoca la “protección de Dios” en el preámbulo de nuestra carta magna. Más que laico, Colombia es un país aconfesional, es decir, no se privilegia ninguna fe sobre otra, lo que no quiere decir que se prohíba a sus dignatarios, comenzando por el presidente de la República, hacer evocaciones religiosas correspondientes a su propia fe.

A raíz de la polémica desatada por la propuesta de la congresista Katherine Miranda de gravar a las iglesias, legítima dentro de su labor parlamentaria, han llovido expresiones medievales de persecución a las confesiones religiosas basadas en viejos prejuicios de aquellos que actúan desde su superioridad moral. Para ellos la religión es para los pobres, los ignorantes, los traumatizados, los marginados, los que tienen problemas en la casa, los que su pareja los dejó, los huérfanos o los sicarios. No les entra en la cabeza que la gente puede de manera genuina tener fe, creer, entregarse a un Dios, aportar un diezmo, sentir solaz en compañía de sus colegas feligreses. En esos círculos de superioridad moral, académicos, entre otros, tienden a ser mal vistos por colegas porque que van regularmente a la iglesia o llegan el Miércoles de Ceniza con la cruz en su frente.

El Siglo XX, el llamado “siglo secular”, concluyó con un retorno recargado de la religión al centro de la agenda global, si es que alguna vez se fue, pues en Occidente tendemos a creer que somos el ombligo, el cuerpo y el cerebro del planeta y que todo lo ‘occidental’ es así en todos lados. La revolución islámica en Irán, la participación militante de la iglesia católica en Polonia luchando contra la dictadura comunista y en Nicaragua y El Salvador contra dictaduras de derecha, son algunos eventos que muestran el rol activo de la religión en la sociedad, la política y las relaciones internacionales. Si a alguno le quedaban dudas, llegó septiembre 11 y las despejó, dejando claro que la religión aquí está y aquí se queda.

La religión es forjadora de civilizaciones o quizás de las civilizaciones. Sus textos sagrados sirvieron para organizar colectivos humanos alrededor de una identidad, una historia común y unas leyes. Son los antecesores de las constituciones modernas. También han sido las religiones fuentes de conflictos y guerras, conquistas y desculturaciones, masacres y expulsiones. Han sido protagonistas del quehacer mundial, igual que otros actores y seguirán siéndolo. Decía la recién fallecida Madeleine Albright, secretaria de Estado del segundo gobierno de Bill Clinton: “La religión debe ser parte esencial de la política exterior de los Estados”.

Sin lugar a dudas, las organizaciones religiosas realizan una gran labor social, supliendo en muchos casos las falencias del Estado. Quizás para aquellos que jamás han repartido un almuerzo en un tugurio o que nunca han ayudado a un migrante en carretera, esa labor es ‘una cortina de humo’ para no pagar impuestos, pero cómo la aprecian quienes la reciben.

Las religiones surgieron siglos antes de los Estados y aunque en Westfalia se trató que fueran incompatibles el uno con el otro, la verdad monda y lironda es que la religión y sus instituciones siguen jugando un rol central en la agenda global. Muchos de los conflictos actuales tienen motivante religioso. Hay países en los que el mero concepto de separación de religión y política es anatema y no por eso no progresan o se desarrollan. Para la muestra el billete de un dólar americano.

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