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Calles alebrestadas

Diciembre 10, 2019 - 11:35 p. m. Por: Marcos Peckel

No son los todopoderosos medios, ni las redes sociales, ni columnistas, ni ‘generadores de opinión’. Es la calle la que saca a gobiernos de su zona de confort, los hace actuar en ocasiones de manera irracional y precipitada, en ocasiones empeorando las cosas dando palos de ciego y en ocasiones asiendo la oportunidad para generar cambios que la sociedad reclama pero que sin la calle no hubiera sido posible realizarlos.

Las calles y plazas atiborradas de ciudadanos insatisfechos son sin duda una poderosa fuerza social, amplificada hoy en día por las redes sociales y las tecnologías de comunicación, que sirven de herramientas multiplicadoras al poder de la calle, que desde tiempos inmemoriales ha tenido profundos efectos en el devenir de la historia, positivos algunos, trágicos otros.

La chispa puede ser cualquiera: alzas en precios, rebaja de subsidios, impuestos, matrículas, pero una vez encendida la hoguera, se alimenta de variados combustibles que hacen crecer sus llamaradas hasta que los gobiernos, en las alturas de sus pedestales, sienten el abrasante calor y sacan los extinguidores a veces insuficiente y a veces demasiado tarde.

Cuando la calle se moviliza en una democracia existen los mecanismos para enfrentar el descontento popular dentro de los causes constitucionales. Incluso cuando existen designios de desestabilización la democracia tiene las herramientas para responder. Dichos mecanismos no existen en las dictaduras por lo que la respuesta a la calle no es otra que la represión. La calle una vez envalentonada es difícil de detener. Las multitudinarias protestas de París en 1968, iniciadas por estudiantes, acabaron con la presidencia de Charles De Gaulle. Medio año ha pasado desde que estalló la calle en Hong Kong y no se avizora final, a menos que el ejército rojo la ‘tienamenize’.

El régimen sirio de Bashar Al Assad entendió el peligro de la calle y mató las protestas en su génesis, antes de que crecieran y ocurriera en Damasco lo que meses antes había pasado en El Cairo y Túnez; el derrocamiento de dos longevos presidentes. 700 mil muertos después, 12 millones de refugiados y el país en ruinas le dieron la razón a Assad, quien sigue en el poder. La República Islámica de Irán hace lo propio en estos momentos de estallido popular, asesinando a la calle.

En días recientes nuestro continente ha sido testigo de cómo la calle derrocó al presidente de Bolivia quien quería perpetuarse, pero ha sido incapaz de sacar del poder a la dictadura chavista. La diferencia en estos casos está en lo que decía Mao Tse Tung: “el poder nace del fusil”, que en el caso boliviano se alineó con la calle y en el caso venezolano con Miraflores. En Nicaragua el fusil sandinista se ha alineado con Ortega en contra de ‘los hijos de Sandino’.

Extraño que no se hubiera usado el término ‘primavera latinoamericana’ cuando estallaron las protestas en las dictaduras de Nicaragua y Venezuela, reprimidas a sangre y fuego, sino cuando lo hicieron en las democracias de Chile, Colombia y Ecuador muestra del maniqueísmo que pareciera haberse tomado las ‘ondas hertzianas’, las redes sociales y columnas de opinión.

Lo que de manera magistral ilustró José Ortega y Gasset en su compendio “la rebelión de las masas” sigue tan vigente como siempre. La calle, ese lugar cotidiano, que cuando es ocupado por los ciudadanos, se transforma en un poderoso torrente social donde el individuo se pierde en el colectivo, abandona los miedos, sobrevalora su fuerza, se hace íntimo de extraños y se siente invencible.

Sigue en Twitter @marcospeckel

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