Columnista
La Rabia en los Huesos
El que más insulte merece los titulares de las primeras páginas internacionales, empezando por Trump, que suelta babaza, arruga su boca de túnel y cierra los ojos de la ira...
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20 de ene de 2026, 02:32 a. m.
Actualizado el 20 de ene de 2026, 02:32 a. m.
La última vez que vi al escritor y poeta José Bergamín ya estaba muy viejo, casi como yo ahora (él un poco más). Su figura, como lo describe Ida Vitale: “Llevaba su esqueleto casi al aire, dobladito sobre su cuerpo enorme”. Flaco, piel apenas cubriendo sus huesos, parecía caminar de perfil. Sus ojos despedían chispas de humor y de inteligencia; me regaló su trilogía ‘La Risa en los huesos’, afirmando que si la hubiese escrito en la vejez, la habría titulado ‘El frío en los huesos’.
Vivía en un ático al que se llegaba trepando una escalera inverosímil. Desde allí divisaba el Palacio de Oriente, espiando a que El Caudillo muriese para lanzarse en un bejuco como Tarzán y pisotear su cadáver.
Su antifranquismo desbordado le costó varios exilios; escapó de que lo fusilaran en el Centro Nacional de Seguridad de Milagro, pero no se salvó de la tortura. Francia, México, Venezuela y Uruguay fueron sus patrias adoptivas. Logró regresar a España en 1970 y se instaló en su ático hasta la muerte del personaje en cuestión.
Lo saco a colación porque, si estuviera vivo con seguridad su trilogía se llamaría ‘La Rabia en los Huesos’.
Una epidemia de rabia recorre el mundo y no deja títere con cabeza. El que más insulte merece los titulares de las primeras páginas internacionales, empezando por Trump, que suelta babaza, arruga su boca de túnel y cierra los ojos de la ira… cuando no hace pistola con la mano o musita ‘Fuck you’ cuando le da la gana. Putin no musita, pero parece perro con bozal, solo verlo en esas fotos siempre hierático y apretando la boca da pánico.
La rabia ha contaminado todos los estatus sociales, económicos y étnicos. La vieja que le grita al mensajero, el motociclista que se atraviesa y lanza un hijueputazo.
Matador, que, además de pegarle a su mujer, insulta a nuestra Paloma por gorda. Benedetti, cuyos ojos los diseñó el diablo en un momento de ira, y los dientes le crujen. Él, que se cuela en la cola con mirada de pocos amigos y ¡ay! de que alguien le diga algo. Los ayatolás y sus asesinatos a mansalva; esa ira contra las mujeres que tienen que caminar con burkas y, me imagino, serán violadas por sus respectivos machos sin derecho a la queja.
No quiero imaginar lo que sucede tras las puertas de las casas o de apartamentos; esa violencia intrafamiliar: puñetazos, insultos, ojos morados y niños debajo de la cama aterrorizados.
Cuando salgo y saludo, doy las gracias, soy amable; me miran como debió mirar la niña de Piendamó a la virgen cuando se le apareció, una especie de marciana mayor que sonríe… demora en que me encierren en el zoológico como animal en vía de extinción.
Si escribiera los insultos que me llegan cuando escribo de toros, toreros y corridas, podría publicar un libro: Premio Nobel a los insultos más estrambóticos del universo, desde vieja alcohólica sedienta de sangre; ojalá la agarre un toro y le meta el cuerno y la arrastre hasta desangrarla (hay peores).
Posdata: Si viviéramos solo por hoy, seríamos amables y el mundo cambiaría. Los invito a esta práctica, así se den autopuñetazos al llegar a la casa.

Periodista. Directora de Colcultura y autora de dos libros. Escribe para El País desde 1964 no sólo como columnista, también es colaboradora esporádica con reportajes, crónicas.
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