¡Que se casen los mari…!

En esos raros casorios a los que uno todavía asiste, suele verse...

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5 de may de 2015, 12:00 a. m.

Actualizado el 19 de abr de 2023, 11:18 p. m.

En esos raros casorios a los que uno todavía asiste, suele verse que a la hora de aparar el ramo y del sorteo de la liga de la novilla, participan damas y caballeros pertenecientes a rancias coyundas, resultando arrejuntados aquellos a quienes todo el mundo daba por matrimoniados. Índice de que ya casi nadie se casa, para perjuicio de la iglesia en sus objetivos morales y, desde luego, económicos.Hace exactamente más de veinte años, cuando comenzó a alborotarse el tema del matrimonio gay, “un grupo de intelectuales encabezado por el expresidente Turbay Ayala y un general de la república” expresaron ante el Senado su estupor y protesta porque pudiera llegar a celebrarse, ante los tribunales humanos y peor aún divinos, el matrimonio entre sarasas. A ese respecto, mandé una columna a otro periódico, que se publicó bajo el título Sodomitas al altar pero que en realidad titulaba Que se casen los maricas, título que cambié ante la amable sugerencia del respetuoso director de la página. Cómo se van cumpliendo, ya no las profecías sino las proyecciones del primer nadaísmo. Vemos cómo se aprueba la marihuana recreativa en gran parte de USA, y así terminará extendiéndose a otros países y otros fármacos, antes de que se descubra que el tráfico criminal de estupefacientes no era más que parte de la política del Imperio para mantenernos agarrados de la cola. Pero volvamos a nuestro tema. Como el matrigay ya es un hecho por consumarse, solicito a El País la venia para reproducir algunas de mis reflexiones de entonces, bajo el título original.“Cuando ya no se casa nadie porque las uniones de facto están protegidas, se necesita ser muy enerve para querer intercambiar anillos... Pero ya es hora de que los homosexuales se casen para que dejen de andar ‘loqueando’. Lo difícil va a ser para los manos quebradas llegar vírgenes al matrimonio, pues condición sine qua non para que cada quien acepte su condición cominera es que le haya quedado gustando la práctica sodomita. El padre de ‘la novia’ –ya sea de traje blanco o estilo sastre- ¿la conducirá del brazo hasta el novio? El embarazo va a ser para el juez o sacerdote al declarar que ya el novio puede besar a la novia, cuando se quede viendo un chispero ante el choque fortuito de los pelos de los bigotes. Y los hoteles de cinco estrellas, ¿ya estarán preparando sus suites matrimoniales tercersexistas, con guapa botella de champaña y doble dosis de vaselina entre los nocheros?Respecto del susto del militar, se comprende, pues si ya las locas están a las puertas de los cuarteles con sus neceseres y maquillajes de fatiga, ¿qué puede esperarle a la institución castrense cuando, digamos, un general se enamore de un teniente y contraigan nupcias? ¿Y si el de los soles es la ‘víctima’ y el oficial menor el ‘verdugo’, como se distinguía en mis tiempos al ahembrado del bujarrón? Y, ¿qué tal si a la pareja le diera por adoptar un recluta?¿La homosexualidad es ya una institución expandida a la que la constitución no le puede seguir mamando gallo… Lo celestial de la aprobación de la ley presentada por Piedad en el Senado, es que al fin los afeminados ricachones van a poder testar a favor de sus apasionados muchachones sus bienes y sus pensiones, que antes pasaban a manos de sus familiares cercanos que toda la vida los estigmatizaron gritándoles ¡maricones!¿El Senado de la República debería establecer, cuando apruebe este debatido matrimonio entre maricuecas que la ergástula sea perpetua, sin la gabela del divorcio. Así, como seres especiales muy de su casa, podrán ganarse el aprecio social, moral, intelectual y hasta electoral. Y así también, tarde o temprano, quién quita, podremos tener, ¡brutas!, un presidente de la república gay, felizmente casado por añadidura.

Miembro fundador del movimiento nadaísta. Ganador de tres premios nacionales de poesía y uno internacional. Fue Secretario de Cultura de Cundinamarca. Recibió la medalla del Congreso en el grado de Comendador. Es columnista de El Tiempo desde 1990 y de El País desde 1998.

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