Poemas de amor

Poemas de amor

Octubre 29, 2018 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Se dice que los poetas son los cantores del amor. Desde el cantar de los cantares hasta los cantares de los juglares, y en los tiempos modernos desde Pablo Neruda hasta Darío Jaramillo Agudelo. Una vez escribió Neruda. “Amo el amor de los marineros / que besan y se van”. A lo que le respondió Allen Ginsberg, que era marica, y como tal respetaba lo que significa un marino: “Odio el amor de los marineros / que besan y se quedan”. Debo decir que en mi caso, me aparté desde hace rato del poema de amor, por razones que explicaré.

Con el poema se mantiene vivo el difunto, el poema sigue dando más testimonios de viaje que la Kodak descontinuada. Kodak se llamaba precisamente el libro de poemas de Blaise Cendrars en su viaje por el Brasil. Comienzo por recoger la canción de Vicente Fernández ‘Aunque mal paguen, ellas’, que por lo general termina con brindis entre mariachis, por las mujeres, aunque mal paguen. Suelen pensar los poetas que amor con amor se paga, como cantaba Jorge Negrete, desvalorizando el esfuerzo de la dama por procurarte un buen sacudón.
Resulta que el mal paganini es uno. Si pretende levantárselas a punta de trovas dejará constancia de que es poco efectivo. El romanticismo tuvo su momento cuando el objetivo era el virgo, ese símbolo de pureza del que se desprendiera el hijo del hombre. Pero una vez perdió su prestigio con la entronización del amor libre como lo logramos desde los 60, sólo puede llamarse romántico a quien toma Kola Román, bebida emblemática de Cartagena de Indias inventada 20 años antes que Coca-Cola.

Hace poco leí que un maniático corresponsal electrónico -quien resultó caníbal- contactaba a sus víctimas con poemas virtuales teñidos con un toque de tantra y esoterismo y las féminas descrestadas terminaban no sólo cayendo en sus garras sino en sus fauces. Y había qué leer los tales poemas. “Ven a mí con tu cuerpo astral y floral”, y desastres por el estilo. Una mujer que caiga con esa lírica merece que se la coman.

Yo mismo tuve una experiencia que nunca olvido. Estaba loco por una mujer a la que tenía que conquistar como fuera, antes de que se acabara el mundo como sucedería si no lo hacía. Y tuve el desatino de pretender hacerlo con un poema. Decía más o menos, “Ven a mí y te daré a conocer unas sensaciones extrañas de las que no podrás después desprenderte” y cosas por el estilo, no muy lejanas de las del caníbal. Pensé que caería ipso facto. Y lo que hizo fue perderse, dejándome no sólo entusado sino preocupado por la infectividad de mi vena lírica, y por consiguiente de su calidad y valor. Volví a encontrármela años después, acompañada de otro bombón aún mejor que ella. Las invité a tomar un drink y en un momento dado le pregunté qué había pasado con mi poema. A lo que me respondió: “Con ese poema me levanté a esta”. En vista de mi cara de asombro y antes de que hiciera algún reclamo por derechos de autor, me dijo complaciente: “En gratitud ahora puedes gozar de las dos”. Agradecí pero decliné. Nunca he sido bueno para el ‘menage-a-trois’. Además me moría del susto de lo que pudieran hacerme.

Por múltiples circunstancias de este tenor resolví cortar con los poemas de amor. Las chicas que con ellos me levantaba, a la hora de partir cobijas lo primero que me devolvían eran los poemas despedazados. Entonces me solazaba en escribir poemas de desamor, que son los que ahora practico y me procuran levantes más efectivos que con la versificación pedigüeña.

Cuántos poetas no se han arrepentido de sus endechas cuando la percanta resultó inferior a sus loas de encumbramiento. Y cuántas amadas cantadas no se burlaron del tenor de los cantos de su cantor. Pero en cambio con los poemas de desamor qué bien despedidas resultan las que se fueron, dejando a sus amantes ad portas del pistoletazo, no tanto por el dolor del brochazo como por la vergüenza de la cantata.

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