Nadaísmo y café (2)

Nadaísmo y café (2)

Junio 03, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Quién iba a pensar que el nadaísmo fuera a durar más que la tela de los hilos perfectos, que iba a ser tan eterno como la primavera de Medellín. Nuestro instrumento de combate contra las instituciones, el estado, la academia, la religión, la familia, el trabajo -lo que era considerado anatema-, no fue la metralleta sino la poesía de repetición. La disparamos entre todos y a pesar de que la mayoría ha ido abandonando su errancia por este mundo y se han trasteado a tomar café con los ángeles, aún tenemos abundancia de proyectiles. Y dónde tomábamos ese café, pues en el Metropol, donde practicábamos a Pitágoras jugando billar y a Capablanca jugando ajedrez. O en el Ástor, donde entrábamos los hombres con nuestras melenas y camisas rojas desafiando que nos gritaran maricas, mientras las nadaístas ingresaban vestidas de existencialistas francesas en bares como Los Angelitos, donde las únicas mujeres que tenían asiento eran las meseras. O en Versalles, que se volvió nuestro cuartel general y es ahora nuestro museo por cortesía de su dueño el inolvidable Leonardo Nieto. Y qué parrandas nos pegábamos después del café que nos mantenía más despiertos que las socorridas bencedrinas. Hacíamos las fiestas nadaístas donde nos caían señoronas burguesas irredentas en un sitio que por entonces se llamaba El Pedregal, a iniciarse en los pecados capitales que se nos iban ocurriendo. Pero también nos perseguían muchachos del Opus Dei que nos gritaban en cada esquina nadaístas hachepés y trataban de golpearnos con cadenas de bicicletas, pero nos defendían las mujeres como Dina Merlini a botellazo limpio.

Se preguntarán a son de qué se invita a un poeta nadaísta, y peor aún de Cali, a perorar en este convite cafetero. Pues porque el nadaísmo ha estado metido en todo lo que haya tenido qué ver con la suerte de Colombia, en sus gracias y sus desgracias. En mi caso particular, para empezar, cuando en 1980 gané el premio nacional de poesía de la editorial la Oveja Negra, de García Márquez, me llamaron de la publicidad para pagarme cada mes lo que había merecido por la poesía de toda la vida. Y el primer cliente que me correspondió en Propaganda Sancho fue la Federación de Cafeteros. Y calentarle la lengua colándole las erratas al profesor Yarumo. De modo que me tocó promover la tomadera nacional de tinto para hacernos amigos, a ver si acabábamos con la roya de la violencia. Y para que no jodan que la acabamos, cuando un nadaísta, Humberto de la Calle, logró concretar la paz con la guerrilla que por medio siglo nos tenía desangrados. Y ojalá sigamos tomando tinto para evitar que la paz devuelva la garrotera.

Y otro detalle mágico es que un nadaísta de Cali durante los iniciales años 60, pintor y estampador y aficionado al teatro de Enrique Buenaventura, como su novia nadaísta de entonces Nelly Delgado, fue durante 37 años, con su pinta bigotuda, su sombrero, poncho y carriel, más la compañía de su mula Conchita, la imagen deslumbrante del café colombiano en todos los tablados del mundo. Carlos Sánchez como Juan Valdez. Este personaje natural de Fredonia y el personaje encarnado que son el mismo, fue el ícono publicitario mundial más importante en Estados Unidos, según fue consagrado en el año 2005 durante la Semana de la Publicidad. Al año siguiente dejaría el personaje y sería reemplazado por un tocayo del autor de ‘Las enseñanzas de Don Juan’, un libro de alta magia entre los indios yaquis de Norteamérica. Nuestro Carlos Castañeda sería, además, oriundo de Andes, Antioquia, “ese pueblo que se hará famoso por mi nacimiento hace 30 años y muchos días”, como escribiera en sus memorias Gonzalo Arango. Carlos Sánchez murió en Medellín a finales de diciembre pasado. Con estas evocaciones le rendimos homenaje, a la vez, sus representados caficultores y tomadores de tinto, y sus compañeros nadaístas tomadores de carajillo. ¡Y qué vivan el café y la poesía, carajo!

(Palabras pronunciadas en Medellín en el evento ‘Carulla es café’, el pasado 25 de mayo).

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