Nadaísmo y café (1)

Nadaísmo y café (1)

Mayo 27, 2019 - 11:50 p.m. Por: Jotamario Arbeláez

Muchos de ustedes recordarán lo que fue el nadaísmo, fundado por Gonzaloarango en 1958, “el segundo movimiento más importante en la historia de Colombia después de ‘la Violencia’, con 300 mil muertos afiliados”, según dijimos. Tuvo dos sedes principales, Medellín y Cali. Yo soy de Cali. Luego de esa singular coincidencia, las dos ciudades tuvieron similares destinos de bonanza trágica. Los jóvenes nadaístas de la época comenzamos fumando inocentemente un ‘cachito’ para encender los motores de la inspiración, después de los tragos de café mañaneros para buscar los fósforos, y tres quinquenios más tarde esas ciudades eran el imperio de la droga de exportación, y sus siniestros promotores más ultramillonarios que el Sha. Cha-cha-chá. Qué dios nos perdone. Las dos ciudades, cuya rivalidad ancestral consistía en ver cuál llegaba primero al millón de habitantes, fueron superando sus épocas de desasosiego, pero el nadaísmo persiste. Ese movimiento de menores de edad, de clase media baja y de provincias, que se propuso poner el mundo a la vez patas arriba y manos arriba, y no para ‘chalequearlo’ sino para acariciarlo. Porque lo único que necesita este puto mundo es amor. Sin embargo, desde nuestra aparición bajo el azul del cielo y de la bandera de Colombia fuimos considerados lo peorcito, ‘la caca que no tapó el gato’.

Era escandalosa nuestra juventud, nuestra pelamenta, nuestras pintas marcianas, el bochinche que formábamos por donde íbamos pasando, y lo que escribíamos en los cafés que eran nuestras trincheras porque allí tomábamos tinto y trinchábamos, no se parecía a nada de lo que se había escrito antes. No pudieron borrarnos ni desaparecernos a pesar de las detenciones arbitrarias. Al profeta Gonzalo lo embutieron en La Ladera por haber saboteado un congreso de escritores católicos con un manifiesto infernoso y unas cápsulas de asafétida y cloroformo. Escribió unas memorias con su experiencia que muchos años después le publicaron y promovieron los mismos que lo encanaron y se cebaron en su infortunio. Y muchos años más tarde un alcalde visionario y valiente convirtió la tenebrosa prisión en parque biblioteca en homenaje de desagravio al profeta Gonzaloarango por el cruel e inmerecido ‘canazo’. Y fuimos invitados de honor todos los nadaístas a celebrarlo.

Persistimos porque tomamos buen café, a veces endulzado con aguardiente, y fumamos buena ‘maracachafa’. Al profeta le interrogaron los reporteros acerca de esa inusitada costumbre de su generación que implicaba un mal ejemplo para la juventud, que no tardó en seguirlo, y él respondió que él no la fumaba, que a él la inspiración le llegaba a través de las musas y el Nescafé. Pues ello bastó para que al otro día le llegaran de parte de Cicolac cajas del producto y la promesa de que estaría abastecido gratuitamente toda la vida. Los demás, que no éramos muy exigentes, nos aventurábamos por las marcas que fuéramos encontrando, y así pasábamos del Café Sello Rojo al Águila Roja y más tarde al Oma, Juan Valdez y Amor Perfecto, hasta ahora, valga el anuncio, que me hallo embebido en el café La Elba, por cortesía, no sé por cuánto tiempo, de Darío Fernando Patiño.

El café ha sido y sigue siendo el gran aliado en la cocina literaria, artística y filosófica. Primero porque mantiene el intelecto alerta y despierto; segundo porque estimula las visiones de la realidad encantada que escapan al ojo aletargado; y tercero porque irradia en el cuerpo un sabor y un calor que apenas puede comparase con los que genera el amor. Tomar un café a medianoche con una pluma o un pincel en la mano es como tomar una nave para viajar por los territorios insondables de la otra realidad que proyecta la imaginación. Así como muchas veces invitar a tomar un café puede ser el comienzo de un romance o de un negocio con final feliz.

(Palabras pronunciadas en Medellín en el evento ‘Carulla es café’, el pasado 25 de mayo).

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