El cuento de Rosita (2)

El cuento de Rosita (2)

Septiembre 27, 2016 - 12:00 a.m. Por: Jotamario Arbeláez

Un lunes que fue de asueto, si no me equivoco la fiesta de San José, abrí el ojo desahuciado de caricias y lanza en ristre, lo que significaría que me fue mal de levantes, cosa a todas luces inaceptable, dada mi labia byroniana y el bolsillo dorado. Di vueltas por el pequeño departamento que conservo desde mis tiempos de hippie, en busca de un poco de hielo para aplicar en compresas a mi objeto sexual, el implacable e inaplacable, pues que de ello me precio, y en esa volteadera encontré sobre la mesa de plancha un papelito prometedor con un nombre y un número telefónico: Rosita, 3212223. Rosita, quién será ésta, puede que olvide rostros pero nunca un culo ni una caligrafía.La letra era más bien patoja, pero aplicándole la pizca de grafología de que dispongo era también prometedora, pues denotaba cierta carencia de pecunia, dada la rusticidad de la tinta del bolígrafo y el papelito trozado. Flagelé la memoria pero no di con ella. Debió haber pasado por la estancia, deduje, en una de mis célebres desmemorias, refocilándose con mi piloto automático, quien en estas ocasiones suele sacar la cara por mí. Para colmo de oprobio, había dejado en la oficina mi agenda de teléfonos plena de ‘numeritos’, esas niñas modelo siempre dispuestas a prestarme sus primeros auxilios sexuales. Los cuerpos cavernosos llenos aullaban. Tocaba contactar a Rosita de inmediato y con todo tacto.Apuré un vodka largo y marqué. Le hablaría pausadamente y a medida que avanzara la parla discreta iría descubriendo por su voz y su tono y las inducciones el quién era y cómo y por qué y por dónde. Luego de una reiterada timbradera me contestó una voz de ogresa y le pregunté por Rosita. Se oía como el ruido de una quebrada. Oí que le gritaban al aire libre. Al rato llegó al parecer extenuada. Aló, ¿con quién hablo? ¿Rosita? Pues claro, ¿quién más va a ser? Aparentaba por lo menos cuarenta y cuatro, y poco de sutilezas. Ni el tono ni el timbre me hicieron referencia a ninguna de mis frecuentadas recientes. Era distinta, algo rústica, lo cual me ponía más rijoso. Insistí buscando más pistas.Rosita, estaba pensando en usted, le habla el poeta Jotaeme, como me oye, y es que quiero decirle que desde que estuvo en mi casa he estado por llamarla, no sé, se me ha hecho usted indispensable.Gracias, lo que allí hago lo hago con mucho gusto, como lo hago en todas las casas.Mierda, me resultó prostituta confesa. Pero ya metida la pata decidí meter las dos.No puedo vivir sin usted Rosita, este departamento sin usted no tiene sentido. Desde que despierto la busco con la esperanza de que no se haya ido. Le tengo que decir que la necesito.Tan amable, señor Jota, pero sus palabras me confunden. ¿No será que el confundido es usted? Yo soy Rosita Gachancipá, la señora que le plancha las camisas.Mierda de nuevo. Pero a pesar del chasco descubierto no podía echar para atrás, no sería consecuente con mi estirpe de Casanova del barrio Obrero.Rosita, por supuesto, por eso le digo, si no fuera por usted yo no sería yo. Me va bien por el mundo, en el trabajo y con las chicas, gracias a cómo me deja las camisas impecables. La llamaba para decirle que le tengo una buena propina. Y no quiero dejarla para mañana.Ay, qué emoción, muchas gracias, don Jotaeme, pero en este momento no puedo ir porque estoy en la quebrada juagando una pila de ropa que tengo que entregar esta noche… Pero espere, le voy a decir a mi hija que vaya, tiene 18 años y se llama Jazmín. Yo creo que puede llegar a las 6 p.m., ¿la espera?Claro que la espero, Rosita. De mil amores.Y me serví un vaso entero de vodka con jugo de mandarina.

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