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Ay, nada me duele (2)

Septiembre 21, 2020 - 11:50 p. m. Por: Jotamario Arbeláez

La psiquiatra era de exposición. La conocí en una de Álvaro Barrios en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, centrada en los amores de Lois Lane con el hombre de acero en sus dos presentaciones. Vestía un traje de Balenciaga pegado a las posaderas y un escote que producía sobresalto a primera vista. Me la presentó Poncho Rentería ponderándome como el orate más divertido del mundo. No le dijo que era poeta para no demeritarme sino publicista para exaltarme. Que era autor del famoso eslogan ‘Conozca el mundo antes de que se acabe. Avianca lo lleva… y lo trae’. Y me dijo de ella que así como los hombres se desquiciaban con sólo mirarla, ella los volvía a la cordura poniéndoles el freno de mano. Se mantenía soltera en sus 35 porque como había estudiado a fondo la mente del hombre, se sentía incapaz de perder la cabeza por ningún prospecto. A cada uno le faltaba algo. Había hecho recobrar el juicio a esquizofrénicos, paranoicos y psicópatas renombrados. Besé los tres dedos centrales de su diestra en alarde de cortesía. Yo andaba por los radiantes 50.

Viendo que le había caído bien, a la hora del cierre de la exposición y viendo que aún estaba temprano la invité a una última copa en la cafetería del Hotel Tequendama. Ante un guiño celestino de Poncho para mi sorpresa aceptó, pues allí tenía guardado el coche. Una vez instalados sugerí que nos pasáramos del whisky coctelero a unos rones de Guatemala. Muy bien, pero sólo uno. Mesero, dos.

-Conque publicista, de esos que hacen comprar a la gente con el dinero que no tiene cosas que no necesita.

-No doctora, le hago caer en la cuenta a la gente que existen más cosas que las básicas para su satisfacción personal. Un colega mío escribió que se podía vivir sin Chivas Regal Royal Salute pero ¿qué tan bien?

-¿Y se puede saber qué lee, si es que lee?

-Comencé a leer el Ulises de Joyce, los Trópicos de Miller, el Amante de Lawrence, la Lolita de Nabokov, la Historia del ojo de Bataille, porque eran libros acusados de pornografía, prohibidos y perseguidos, y aunque ninguno me indujo a la masturbación si logré adquirir un estilo de vanguardia para progresar en mis conquistas sobre seguro.

-Aparte de literatura ¿Frecuenta otro tema?

-Desde luego, los textos místicos de todas las épocas y religiones desembocando en El secreto de la flor de oro de Jung y Psicoanálisis y religión de Erich Fromm. Y tratados como Sadismo y masoquismo de Stekel.

-Debe llevar una vida sexual muy rica.

-Eso me dicen mis amantes. Que no son muchas, pero algunas muy ricas.
El secreto de mi relativo éxito cortesano es que vivo solo. Y que yo mismo tiendo mi cama, de una manera más abstracta que figurativa.

-Y no ha sentido problemas con su ego acrecido. Los complejos de superioridad suelen desembocar en grandes porrazos.

-No tengo complejo de superioridad, simplemente soy superior. Usted, que conoce la mente humana, en especial la de los supuestos galanes, fíjese en el promedio.

-Entiendo que sea publicista porque se hace muy bien la publicidad, pero algo me hace sospechar que es también escritor. Y que merodea por el área filosofal.

-Comencé siendo estoico, lo que llevó a una imperturbabilidad o ataraxia, a conformarme con lo que iba llegando. Ni siquiera me interesaba el dolor humano, renegué de lujos y comodidades en la época de los hippies. Pero una vez se me hubieron acabado las túnicas, las sandalias y la cannabis y me llamaron de la sociedad anónima me convertí en hedonista. Aprendí, no solo que el placer era bueno, sino que era lo equivalente de bueno. Adiós a las privaciones y a la misma moral si se convertía en impedimento. En la búsqueda y en la consecución del placer lo que se espera es, a la vez, extirpar el dolor. Y he aquí, mi querida doctora, que lo logré. La satisfacción sensual me desborda. Pero ahora, ay, nada me duele.

Me concedió una cita mañana mismo, pero no en su consultorio sino en su casa, donde tenía su instrumental de torturas.

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