Cuestión de grado

Cuestión de grado

Enero 19, 2015 - 12:00 a.m. Por: José Félix Escobar

Los graves sucesos ocurridos en Francia a partir del 7 de enero son el resultado de una colisión que se veía venir: libertad de expresión contra amplitud de su contenido. En cuanto a la libertad de expresión, no se piensa con acierto cuando se describen los asesinatos de periodistas en París como un suceso aislado, extremo, desmesurado. El derecho a expresar los pensamientos es y ha sido objeto de incontables persecuciones en nuestro tiempo, muchas de ellas ocurridas en suelo americano. Vistas así las cosas, la barbarie de París es cuestión de grado.El camino que lleva a hecatombes como la de Charlie Hebdo lo comienzan a andar los gobiernos que repudian la libre crítica. Si algo detestan los tiranos es la existencia de voces que disientan, pues la estupidez de los dictadores solo es superada por su vanidad. Es el caso de Venezuela. Mediocres espectaculares como Chávez e ineptos de exposición como Maduro se creen principio y fin de todas las cosas. Solo entienden de alabanzas y sumisiones. A quienes cuestionaban las verdades oficiales se les colocaron censores o se les expulsó de los medios; a los medios críticos se les cancelaron las licencias oficiales; a los diarios independientes se les prohibió acceder al papel de impresión.¿Ven hoy las interminables colas de los venezolanos en procura de la canasta familiar básica? Más de tres lustros ocultando la ineptitud y la corrupción generalizadas han llevado a la actual crisis. Por similares caminos de coacción a la prensa han transitado el ecuatoriano Correa, la argentina Fernández y el boliviano Morales. En estos tres países la crisis no es del tamaño de la venezolana, pero en el nuevo escenario mundial de caída de precios del petróleo llegar al agravamiento máximo puede ser cuestión de grado.Los asesinos de Al Qaeda colisionaron en París con los defensores a ultranza de la libertad de expresión. Es cierto: un lápiz no mata como un Kaláshnikov. Pero manifestar, como lo hacen algunos franceses, que existe un derecho a la blasfemia es poco más o menos que una blasfemia contra el derecho. La existencia de derechos ilimitados es propia de la época inmediatamente posterior a la Revolución Francesa, cuando la orgía libertaria llevó al cadalso a miles de ciudadanos. Hoy no cabe duda: los derechos tienen limitaciones.La serena pero firme voz del Papa Francisco ha tratado de poner las cosas en su lugar: hay que respetar a las religiones y a quienes las profesan. La perdición de los fanáticos es que concitan en su contra voluntades que antes del crimen no les eran adversas. Otra vez podemos decir que es cuestión de grado: confrontar a quienes blasfeman no puede llevar a la supresión violenta de sus vidas. De hecho, antes del 7 de enero se vendían unos 140.000 ejemplares de Charlie Hebdo. Después de la masacre, los tirajes han llegado a varios millones de copias.La locura asesina de los hermanos Kouachi no puede servir para decretar de manera definitiva el odio a los musulmanes. Hace un par de meses Europa comentaba con admiración el último proceso electoral en Túnez, donde ganaron los partidos laicos y moderados. Es posible un Islam sin excesos, porque el fundamentalismo no es esencial en el mundo musulmán. Vale la pena, entonces, enfilar baterías no contra el Islam sino contra el extremismo, de la mano de Norberto Bobbio: “Detesto a los fanáticos con toda mi alma”.

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