“El tiempo viejo que lloro...”

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“El tiempo viejo que lloro...”

Septiembre 25, 2019 - 11:40 p.m. Por: Jorge Restrepo Potes

Sostengo que todo tiempo pasado fue mejor, aquel que transcurrió en medio de la paz completa y de la armonía entre los colombianos.

Cuando digo tiempo pasado, no me refiero al de hace un corto lapso. No. Cuando digo eso vuelvo a los años de mi niñez y adolescencia. De chico, cursaba “preparatoria” en la escuelita de Esther Roldán situada a dos cuadras de mi casa en Tuluá. No éramos más de quince alumnos a quienes la maestra enseñaba a juntar letras y a pronunciar con dificultad la más bella de todas las voces del castellano -mamá-, que nos salía como un pujo de la garganta.

Yo era muchacho de familia acomodada pero mis amigos, cuando pasé a la primaria en la Anexa al Gimnasio del Pacífico, eran casi todos de hogares humildes. No había discriminación ni por el color de la piel ni por el balance económico. Aicardo Jiménez, hijo de Rosa Cruz que hacía jabón de tierra, era mi compañero de todas las horas, y ambos teníamos los cinco centavos que valía la boleta para ver a Tarzán en el Teatro Boyacá.

Mis abuelos paternos se repartían el oficio. Don Benjamín manejaba la ganadería en su finca ‘La Esperanza’ y ‘misiá’ Alicia dirigía los cultivos en ‘La Margarita’, lugar en donde el nieto pasaba los fines de semana y las vacaciones. No había ningún peligro, y las rencillas políticas se daban más entre los mismos liberales, que convivían pacíficamente con los conservadores, y jamás pensamos que el color político fuera impedimento para la camaradería de los hijos. Octavio Toro y Carlos Arturo Millán, que aún viven, son testigos de la paz total que se vivía en Tuluá.

La vida en Tuluá era plácida. La gente vivía 55 años en promedio, y cuando la parca llegaba era por un rarísimo episodio de ‘síncope, que hoy se conoce como infarto. Cuando yo estaba en ‘La Margarita’ bajaba al pueblo en bicicleta o a caballo y nunca pasó por la mente que pudiera correr algún peligro. Los paisanos morían de viejos y los mayores de 50 aparecían ante nuestros párvulos ojos como ancianos venerables.

Paseos a los ríos; equipos de fútbol que usaban los vestidos de baño pues no se conocían las pantalonetas; los pies calzaban botines de cuero porque no tenían guayos; y la única que jugaba tenis era Inés Uribe White en los patios encementados del molino de arroz ‘España’, detrás de mi casa, cuando conseguía a alguien que le hiciera cuarto.

Jamás entendí -sigo sin entender- cómo familias que fueron amigas entrañables, por un cambio en el gobierno central, se tornaron adversarias. Caballeros de alcurnia se convirtieron en auspiciadores de grupos armados, y aquel lindo pueblo se trocó en una especie de Lídice tropical, en el que casi todos los días caía asesinado un amigo del mismo partido de mi papá, que tuvo que exiliarse en Ecuador para escapar de la muerte, porque también estaba en la lista.

Todavía hoy me pregunto por qué los amigos gobiernistas que veían ese horror no protestaron por lo que estaba sucediendo, a ciencia y paciencia de las autoridades, desde el presidente de la República hasta el último inspector de policía.

Se acabó la felicidad. De ahí en adelante, hasta hoy -con el corto recreo del Frente Nacional-, impera el crimen. Y no se ven políticos como Alberto Lleras y Laureano Gómez que puedan sentarse a lograr la paz como lo hicieron en 1957.

Por eso digo, como gemía Gardel, que también lloro el tiempo viejo, el que viví antes de La Violencia.

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