Alberto Anzola

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Alberto Anzola

Abril 21, 2021 - 11:40 p. m. Por: Jorge Restrepo Potes

No fueron más de diez años los que la vida me permitió ser amigo de Alberto Anzola Jiménez, y ello se dio gracias a que un miembro de la Mesa Liberal que se reúne los martes en el Club Colombia propuso que lo admitiéramos en ese ágape semanal de copartidarios sin votos, pero de inmenso amor por el trapo rojo.

Desde luego, yo estaba enterado de las ejecutorias de Anzola como destacado líder empresarial pues ocupó, con lujo de competencia, la presidencia de Manuelita, una de las factorías azucareras más grandes de Colombia, y participó activamente en el desarrollo en Perú del ingenio que esa compañía adquirió en el vecino país.

En ese convite hebdomadario surgió entre Alberto y yo una gran camaradería pues aparte la común afiliación partidista, ambos competíamos en la fidelidad por el equipo de fútbol América, del que fue presidente en las bellas épocas del rentado colombiano. Dedicamos muchas de nuestras charlas a recordar a los cracks de entonces, las victorias sublimes cuando le asestábamos goles de triunfo al rival de patio. Como él y yo teníamos memoria privilegiada, podíamos recitar las alineaciones y los autores de las anotaciones, como si tuviéramos el ‘replay’ en las cabezas.

Pero lo que yo no sabía, y al saberlo quedé impresionado, era la amplia cultura de Alberto, que paseaba por la literatura, el cine, la música, la pintura, con la propiedad de un académico de alta escuela. Tenía, particularmente, vastos conocimientos de economía, y estaba al tanto de lo último que aparecía en ese campo. Gozaba obsequiándome libros sobre el tema, y el último que puso en mis manos fue el de Guillermo Perry ‘Decidí contarlo’, que es un texto magnífico de este ilustre compatriota ya fallecido.

Tenía Alberto profundo amor por el Valle del Cauca y le mortificaba el abandono del centralismo por el Departamento. Le obsesionaba el atraso de la carretera Buga-Loboguerrero, hoy paralizada, y vivía pendiente de que se iniciara la de Mulaló a Buenaventura. Tocaba todas las puertas oficiales, escribía mensajes a los funcionarios, buscaba que lo recibieran para tratar del asunto, y desesperaba al hallar cerradas esas puertas. Si algún día podemos llegar por esas dos vías al “bello puerto de mar”, una de ellas debería de llevar el nombre de su más obcecado promotor: Alberto Anzola Jiménez.

Alberto había sobrepasado el promedio vital de los colombianos. Si bien su agilidad estaba mermada, su mente era lúcida y brillante, y su prodigiosa memoria estaba intacta.

La muerte de Alberto ha sido para mí un duro golpe pues él convocaba toda mi capacidad afectiva: contertulio ameno, maestro y ejemplo, porque él hacía suyo el principio de que cada acto de su vida pudiera tomarse como norma de conducta universal. Alberto ejerció a cabalidad la profesión de hombre, y como pocos la rara especialidad de amigo.

Gracias, querido Alberto, por haberme permitido compartir contigo tantas horas felices, que siempre llevaré en el recuerdo. Tu recia fidelidad a los principios de nuestro viejo y amado Partido Liberal, tan diferente a lo que es hoy, la lealtad sin sombras con tus amigos, y tu devoción por el país vallecaucano quedarán grabadas en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de conocerte.

A su familia, que fue la razón de su vida, le hago llegar la sentida expresión de mi consternación y de mi duelo.

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