El silencio de los invisibles
Parodiando de cierta manera el Film El Silencio de los inocentes, ¿qué...
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15 de jun de 2012, 12:00 a. m.
Actualizado el 23 de abr de 2023, 06:32 a. m.
Parodiando de cierta manera el Film El Silencio de los inocentes, ¿qué es lo que hay que hacer para desenredar el nudo de nuestra violencia? ¿Conocemos cuántos colombianos están hoy secuestrados? O, generalizando, ¿cuántos hombres y mujeres están desaparecidos? Ante la liberación del francés Roméo Langlois, una madre preocupada desde hace 15 años por la desaparición de su hija, observa en las noticias de la televisión, en el show de la liberación del periodista, que allí entre los guerrilleros está su hija, la psicóloga Beatriz, a quien un día se llevaron.El sargento Carlos José Duarte, en el programa La Noche de RCN, entre sus muchas reflexiones dice: Lo más duro que recuerdo es ver cómo se mueren los compañeros o cómo los matan, porque uno piensa, después puedo ser yo, lo decía aludiendo a la experiencia que vivió en 13 años de secuestro y al observar que nadie tiene la valentía o el coraje para decir la verdad de lo ocurrido a quienes esperaban, sabiendo que estaba muerto el soldado y sus familiares le llamaban.Cuántos niños se han llevado de sus hogares, engañados por las necesidades y prefieren una solución, sin importar cual sea, y terminan engrosando la insurgencia, porque no hay un medio para educarse que les libere no sólo de la ignorancia sino del hambre. Sería aludiendo a esta realidad a lo que se refería Roméo Langlois cuando, minimizando el problema insurgente, afirmaba que era una lucha de pobres contra pobres.Pero en otro video, visto también en estos últimos tiempos, aparece el Mono Jojoy dirigiéndose a su tropa con estas palabras: Dicen que nosotros somos malos, pero nosotros estamos acá porque ellos nos obligaron, no nos dejaron otra salida, nosotros somos el pueblo y estamos luchando por la paz.Así como Rosa Elvira Cely alcanzó a tener fuerzas para comunicarse con la Policía e informar su situación, y sólo después de varios llamados se le empezó a buscar y por no tener aseguramiento en la salud fue después de cuatro horas que se le inició su atención, son muchos los colombianos invisibles, no los conocemos, que han desaparecido, y después de años nos enteramos que están en la guerrilla o han muerto y se empiezan a descubrir las fosas comunes en donde quizás estén algunos de ellos. A estos hay que agregar a esas familias que abandonaron sus parcelas y llenan el cordón de miseria de las grandes ciudades, ahí están en las esquinas, en los semáforos, y cuántas mujeres mueren por la violencia de toda clase y sólo alcanzan visibilidad las de grandes centros urbanos, o aquellas que entraron a las redes informáticas y obligan a los medios a visibilizarlas; o también los ciudadanos que mueren en una EPS, buscando una cita para que les traten sus dolencias. En fin, son muchos los que sufren, están secuestrados, mueren pero son invisibles. ¿No debiéramos reaccionar con indignación ante tantos seres humanos que pasan invisibles ante la indiferencia nuestra, del Estado, y decidirnos a dejar el silencio que es tan peligroso y hace tanto daño y más que la violencia de esos pocos, o la deshonestidad de los inescrupulosos, el engaño de los políticos, que termina destruyendo la esperanza de los pueblos y somete a una esclavitud de indiferencia y de autismo al ser humano? Es el momento de gritar con indignación: basta, ya no más, arriesguémonos a comprometernos. Es nuestro momento.

Sacerdote, párroco en María Madre de la Iglesia en Vipasa y Prados del norte, fue director del Centro de Investigaciones de la Arquidiócesis de Cali, profesor de Teología en el Seminario Mayor San José de Panamá, y párroco en Buga y en Cúcuta. Escribe para El País desde 1999
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