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Evidencias de un fracaso

El recurso del catastrofismo, las pretendidas reformas mediante decretos y la intimidación a quienes no sean sus partidarios, no le fueron suficientes a la izquierda para que ganaran las elecciones una vez más.

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Helena Palacios
Helena Palacios | Foto: El País

2 de jul de 2026, 01:14 a. m.

Actualizado el 2 de jul de 2026, 01:14 a. m.

El movimiento político de la izquierda se empeñó en promesas mesiánicas y en la insidia de un líder autoritario y alocado, válido de absurdos y mentiras seductoras, para culpar a medio mundo de los males habidos y por haber. A punto de finalizar su gobierno, se han conocido sus reales intenciones desde el inicio con resultados tan graves, que por sí mismos constituyen la real derrota de su proyecto.

Las revelaciones de hechos y cifras ciertas, gracias a investigaciones y análisis de fuentes serias al alcance de quienes deseen informarse, son un golpe de realidad para el Pacto Histórico y una pérdida de credibilidad en el mismo. Sus seguidores se resisten a reconocerlo, porque no están preparados para analizar las evidencias, ni para leer a sus líderes en contexto, sin sesgo de confirmación. Les resulta más fácil creer en sus narrativas y dar rienda suelta a su predisposición a la anarquía y a la desobediencia civil, para empezar con la que ya amenaza Iván Cepeda, justo él, comprometido en los perjuicios causados al país por sus ideas desastrosas en la llamada paz total.

El recurso del catastrofismo, las pretendidas reformas mediante decretos y la intimidación a quienes no sean sus partidarios, no le fueron suficientes a la izquierda para que ganaran las elecciones una vez más. En lugar de ello se comprobó su incapacidad para administrar una Nación y el gran rechazo a Petro, pero además se profundizó la desconfianza en ella a partir de la publicación de sus soterradas componendas con grupos armados ilegales y delincuentes.

Si se mira el paso del actual presidente desde su campaña presidencial 2022, se descubre una intención oculta y maliciosa en ese entonces hasta el presente, así como conductas de funcionarios que las autoridades deberán juzgar. En hechos cuestionables se enlazan datos y se ve la secuencia que explica su estrategia para alcanzar el poder sin importar los medios, más allá de un solo período de gobierno.

Para algo la ética se removió, se apoyaron actores violentos de la primera línea, hubo el pacto de la Picota como preámbulo para la paz total; miembros del M-19 fueron nombrados en organismos de investigación e información financiera (DNI y UIAF), además se levantaron órdenes de captura de criminales, uno de los cuales fue responsable del asesinato del precandidato Miguel Uribe, hasta obtener resultados electorales superiores al 92 % a favor del candidato en lugares con predominio de grupos armados ilegales.

Estremecen los audios de un comisionado de paz jugando a los congelados con el Clan del Golfo, que significó cese de operaciones de defensa y una merma a la integridad e inteligencia del Ejército Nacional de Colombia, facilitando así la expansión de aquel grupo y de economías ilegales. Con dichas evidencias, no es difícil inferir que hubo un designio perverso al involucrar y mover hilos de fuerzas oscuras para llegar y permanecer en el poder, antes y después.

Incluso, con el desbordado endeudamiento y el manejo irresponsable del presupuesto, el poder ejecutivo intenta asfixiar la capacidad del próximo gobierno para atender necesidades sociales, y así motivar protestas y promesas para el subsiguiente período. Pero fracasarán si los electores comprenden que, “quien tiene el poder de hacerte creer absurdos, también tiene el poder de hacerte cometer injusticias”, según el filósofo francés de la Ilustración, Voltaire.

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