Columnistas
El odio electoral
La intolerancia y el dogmatismo político son formas tempranas de violencia que no son exclusivas de una sola tendencia política.
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15 de jun de 2026, 12:39 a. m.
Actualizado el 15 de jun de 2026, 12:39 a. m.
Sin necesidad de tomar partido en el debate político actual, hay algo que preocupa y es el daño que dejará en nuestra sociedad esta espiral de polarización e intolerancia a la que hemos llegado. Hace poco, Juan Daniel Oviedo contaba en una entrevista con María Jimena Duzán que en el último mes de su campaña había recibido innumerables mensajes homofóbicos por las redes sociales y también en las calles.
Eso me parece triste. Cualquiera que sea la tendencia política de cada quien, no podemos permitirnos echar por la borda lo que hemos ganado desde el punto de vista del respeto por la diversidad, el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de expresión.
Siempre he pensado que el derecho a escoger pareja sentimental es un derecho íntimo y sagrado, propio del ámbito personalísimo, sin que pueda interferir el Estado, la sociedad o la familia misma. La diversidad sexual hace parte del núcleo esencial del libre desarrollo de la personalidad, la intimidad y la dignidad humana. A Oviedo, como a cualquier político, se le puede controvertir por sus ideas políticas, pero nunca por sus preferencias sexuales.
La intolerancia y el dogmatismo político son formas tempranas de violencia que no son exclusivas de una sola tendencia política. Se puede ser enfática y legítimamente de derecha, de izquierda o de centro, sin perder la capacidad de respetar a los demás y ser empáticos y tolerantes frente a quienes piensan diferente a nosotros mismos.
Y cuando la espiral de odio y el sectarismo provienen de las propias campañas políticas, se corre el riesgo de que ese modo perverso de aproximarse a las posiciones de los rivales acabe de instalarse en la Casa de Nariño y se convierta en política de Estado.
En la historia hay muchos episodios que dejan ver cómo la ‘cultura’ del odio toma una dinámica que desborda a la sociedad y se incrusta en el Estado mismo, al punto que se usa el imperio de la ley para condenar a alguien por pensar diferente, por decir la verdad o por amar a alguien del mismo sexo.
Galileo fue obligado a retractarse de defender el heliocentrismo; Alan Turing fue cruelmente perseguido por su homosexualidad ante la indiferencia gubernamental. Harvey Milk, activista estadounidense de la libertad sexual y los derechos civiles, fue asesinado y su asesino condenado a una sentencia leve, lo que desató una ola de protestas sociales.
Oscar Wilde, uno de los escritores más brillantes que ha habido, en uno de los procesos judiciales más infames de la historia, fue condenado por el Estado a dos años de prisión por encontrar probado que el escritor mantenía relaciones con una persona de su mismo sexo.
¿Cómo pudo la estupidez humana llegar al extremo de condenar a alguien sólo por haber amado? La cárcel y la brutal estigmatización social a que fue sometido por la alta sociedad europea, incidieron sin duda alguna en su temprano deterioro físico y mental, y en su muerte a los 46 años de edad.
No hay que esperar a que pasen las elecciones para recoger lo que quede y partir de allí. Hay que actuar desde ya para exigirles -con respeto pero con determinación- a todas las campañas y a sus seguidores que bajen el tono y propicien un ambiente de plena inclusión, tolerancia y respeto por las ideas ajenas.
Vale decir que todo sería muy diferente si los políticos supieran hacer la política desde el ofrecimiento de propuestas positivas para mejorar la sociedad, y no como si fueran remedios extremos para curar una enfermedad del otro lado del tablero. Tal vez ahí está el germen de todo el problema.
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