Un señor panadero

Un señor panadero

Febrero 01, 2019 - 11:45 p.m. Por: Eduardo José Victoria Ruiz

Cada vez que en un viaje mojaba en aceite de oliva una hogaza de buen pan con corteza dura, me preguntaba por qué estábamos limitados a los tradicionales panes de nuestras tiendas o a los industrializados de los supermercados.

Este panorama afortunadamente cambió y se lo debemos a cultores del bíblico alimento, a apasionados de encontrar fórmulas ancestrales que combinadas con nuevas técnicas nos llevaran a tener el pan en la mesa como un manjar, asequible a todos.

Para mí, regalar un buen pan cuando visito a alguien conlleva el deseo que siempre haya alimento en su familia, es la bendición de los padres distribuyendo el pan entre los suyos, es traer la historia a manteles.

Seguramente por eso siento admiración por los buenos panaderos. Miro con interés al Italiano, a Baraka, a Castillo en La Flora. Este último me encanta porque veo en esa pareja a aquellos que realizan sueños de adolescentes rebeldes, y enamorados deciden romper el molde de las tradiciones económicas y sociales.

Juan Manuel, hijo de Florencio, el primer alguacilillo de Cañaveralejo y precursor de los paelleros de Cali y de Estela Arango, bella y cálida, le apostó a la cocina. Se fue a estudiar a Estados Unidos, después Burdeos, donde vivió y trabajó varios años en casa de famosos pasteleros. Después una década en España para regresar a Cali a cumplir su sueño: en un pequeño garaje lograr magnífico pan y pastelería de vanguardia.

Trabajando duro, con pasión y creatividad, manejaron las harinas, la humedad, la masa madre, las temperaturas adecuadas, todo para producir pan con honestidad, con valores, que el cliente pudiera tener la confianza y el deleite para regresar. Sin duda lo lograron y allí están siempre él y Margarita, su cómplice, en su garaje, vendiendo felicidad.

Si algo admiro en estas nuevas generaciones es la decisión de buscar su realización personal a través de profesiones diferentes. Herreros, artesanos del cuero, cocineros, músicos, todos ellos con señorío y pasión le devolvieron la dignidad a antiguos oficios, a sus clientes el placer, y a la sociedad, la lección que en este exceso de doctores y fanfarrones nos hacen falta. Señores que con su trabajo enaltecen sus apasionantes carreras.

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