Yo soy un ‘viejennial’

Yo soy un ‘viejennial’

Noviembre 01, 2018 - 11:55 p.m. Por: Diego Martínez Lloreda

Una de las cosas que me ha costado en la vida es definir a qué generación pertenecemos los nacidos a comienzos de la década de los 60.

Somos muy jóvenes para ser ‘babyboomer,’ que son los nacidos después de la Segunda Guerra Mundial. Y muy viejos para considerarnos Millenials.

Pues la sabia Merith Montiel, una especie de Melquiades loriquera, me sacó de esa incertidumbre. Según ella, los que estamos entre los 55 y los 70 años somos ‘viejennials’.

Los que pertenecemos a esta generación estamos en una etapa muy interesante. Todavía nos queda algo del vigor de la juventud, pero ya estamos por encima del bien y del mal. O al menos así lo creemos. Nuestros hijos ya están grandes y tienen vida propia. Por eso sentimos que ya podemos hacer y decir lo que nos plazca.

No es casual que esta sea la etapa de la vida en la que muchos resuelven salir del clóset. Sé de un patricio de la región que enviudó a los 60 y a los seis meses de entrar en esa condición convocó a sus hijos y les espetó: “Yo estuve casado con su mamá 30 años, ustedes ya están criados y quiero ser feliz”.

Y procedió a contarles a sus aterrados vástagos que él era gay y a presentarles al amor de su vida, que por supuesto era un varón probado. Aunque respeto profundamente la decisión de ese patricio, aclaro que no he llegado a esos extremos. Sigo muy conforme con mi condición sexual y, por el momento, no he pensado cambiarla.

Tampoco me ha dado por conseguirme una muchachita de 22 años. Qué pereza, no estoy para aguantar esas revoluciones.

Mi mujer se puede dar por bien servida porque mi capricho ha sido menor: me dio por comprarme una pequeña moto, para recorrer a mi aire las calles de esta congestionada ciudad. Mi esposa, que es muy inteligente, no me ha hecho fiesta pero tampoco me hizo la guerra por este ‘gustico’.

Como buen ‘viejennial’ que soy, a estas alturas de mi vida no me callo nada. Yo siempre he sido pensamiento hablado, como decía mi abuela, pero ahora estoy rematado. Además, a los ‘ ‘viejennials’ no nos importa que se nos caiga nada, ni el pelo, ni la barriga ni... mejor dicho, casi nada.

Pero ser ‘viejennial’ también tiene sus menos. A mí, por ejemplo, se me empezaron a olvidar los nombres de las personas. El otro día, en una reunión no podía recordar el nombre de una señora, muy querida ella, que me entabló conversación. No me quedó de otra que abordar a un amigo común para que me notificara el nombre de la dama.

‘Viejennial’ que se respete ingiere, por lo menos, cuatro pastillas cada noche. Yo me tomo una para la ansiedad —los amigos afirman que de poco ha servido— una para al ácido úrico y una para el azúcar. Mi médica quería mandarme una para el colesterol pero accedió a darme una oportunidad, con mi previo compromiso de suspender la ingesta diaria de huevo.

El mayor problema de los ‘viejennials’ es que, como decía José Vicente Borrero, lo que debíamos tener duro lo tenemos blandito y lo que debíamos tener blandito lo tenemos duro.

Pero más allá de los achaques de salud —una parienta decía que después de los 50 si uno amanece y no le duela nada es porque está muerto— la etapa de la vida en la que estamos los ‘viejennials’ es liberadora, en todo sentido.

Nada nos aterra, nada nos detiene, nada nos calla. Así que si en su casa hay un ‘viejennial’ esté preparado para todo e inocúlese de muuuucha paciencia.

Sigue en Twitter @dimartillo

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