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Colombia gira a Occidente ¿Con doctrina o por reflejo?

Un país que no define sus intereses termina aceptando los que otros le asignan.

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Mario Carvajal Cabal

30 de sept de 2026, 01:09 a. m.

Actualizado el 30 de sept de 2026, 01:09 a. m.

El 24 de septiembre, la Cancillería anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán. Las razones expuestas fueron de seguridad nacional y hemisférica: los presuntos vínculos del régimen con grupos terroristas internacionales y redes narcoterroristas que amenazan al país, sus constantes violaciones de derechos humanos, el bloqueo del estrecho de Ormuz y la obstrucción a las verificaciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (Oiea) sobre su programa nuclear. En la misma decisión, el Gobierno declaró a la Guardia Revolucionaria Islámica como organización terrorista.

La decisión está justificada. El 8 de enero de 2026, el régimen iraní cortó el acceso a internet para ocultar la magnitud de la represión contra su propia población. Amnistía Internacional documentó, con videos verificados y testimonios, el uso ilegal de armas de fuego y escopetas de perdigones contra manifestantes, con disparos dirigidos con frecuencia a la cabeza y el torso desde calles, techos, mezquitas y estaciones de policía. La evidencia señala a la Guardia Revolucionaria, a sus batallones Basij, a la policía conocida como Faraja y a agentes vestidos de civil. Según funcionarios de salud citados por Time, solo el 8 y el 9 de enero pudieron morir más de 30.000 personas. La cifra desbordó la capacidad del Estado para disponer de los cuerpos: se agotaron las bolsas mortuorias y camiones de carga reemplazaron a las ambulancias. Esta crisis humanitaria basta para justificar la ruptura.

Leída de forma aislada, sin embargo, la noticia parece menor. Irán es un socio marginal para Colombia y las relaciones consulares se mantienen. Su importancia está en lo que revela. En menos de dos meses, el gobierno de Abelardo de la Espriella firmó con Marco Rubio memorandos sobre minerales críticos y cooperación nuclear civil, ofreció a Washington cooperación para la estabilización de Venezuela y, según Nate Morris, embajador nominado de Estados Unidos en Colombia, comunicó que uno de los objetivos de Washington es que Colombia se retire del proyecto global de China de la Franja y la Ruta, a la que el gobierno Petro adhirió en mayo de 2025. La ruptura con Teherán, que celebro, es la pieza más visible de un reordenamiento de Colombia hacia el bloque occidental que lidera Washington.

Ese giro ocurre en un tablero que cambió en diciembre de 2025, cuando Estados Unidos incorporó el corolario Trump a la Doctrina Monroe en su Estrategia de Seguridad Nacional. Washington declaró el hemisferio occidental zona prioritaria de su interés y se propuso negar espacio a potencias extrahemisféricas. Pekín respondió con su tercer documento de política hacia América Latina y el Caribe, con una apuesta explícita por ampliar su presencia comercial, tecnológica y financiera en la región. América Latina volvió a ser una arena donde Estados Unidos y China compiten por influencia. Morris lo planteó sin matices ante el Senado estadounidense: los países de la región deberán decidir si quieren hacer negocios con China o con Estados Unidos.

Esa exigencia contrasta con lo que hacen las propias potencias. La misma semana en que Colombia rompía con Irán, Xi Jinping visitó Washington por primera vez en más de una década. La cumbre produjo poco: una prórroga de la tregua arancelaria hasta enero de 2027 y algunas exenciones. Pero confirmó una lógica conocida. Las grandes potencias compiten en la periferia y negocian entre ellas en el centro. Cuando lo hacen, las regiones periféricas no están en la mesa; están en el menú.

Por eso Colombia no debe aceptar una lógica binaria. Lo que necesita es autonomía estratégica: decidir en qué ámbitos se alinea con Washington y en cuáles mantiene una relación pragmática con Pekín. Como señala John Lewis Gaddis en On Grand Strategy, una gran estrategia es la relación entre aspiraciones potencialmente ilimitadas y capacidades necesariamente limitadas. Un giro sin fines explícitos es un gesto, no una estrategia.

Los números obligan a esa precisión. Estados Unidos y China concentraron en 2025 cerca de la mitad del comercio exterior colombiano. El déficit con China supera los 14.000 millones de dólares, y el metro de Bogotá lo construye un consorcio chino. Romper con Irán cuesta poco; manejar mal la relación con China costaría mucho.

La ruptura con Irán, la salida de la Franja y la Ruta y la cooperación en Venezuela son concesiones que Washington valora. Pero estas deben ir atadas a contrapartidas verificables: inversión en la cadena de minerales críticos, acceso preferente en la relocalización de manufactura y financiamiento para la infraestructura estratégica que hoy llega de Pekín. Sin esa condicionalidad, el alineamiento es una renta que se entrega gratis, y cuyo costo se paga en la relación con China.

El giro a Occidente puede ser la decisión correcta. Los intereses de seguridad del país, su democracia y su principal mercado apuntan en esa dirección. Pero alinearse no es lo mismo que tener influencia, y la historia de la región muestra que los aliados que no ponen condiciones terminan tratados como territorio, no como socios.

Colombia necesita una estrategia de política exterior que distinga tres planos: alineamiento con Occidente en seguridad y valores, que es donde la ruptura con Irán tiene sentido; pragmatismo comercial con China, sin dependencias en infraestructura crítica, telecomunicaciones, tecnología, entre otras esferas; y una agenda propia en el hemisferio, empezando por Venezuela, donde Colombia tiene más en juego que cualquier otro actor. Un país que no define sus intereses termina aceptando los que otros le asignan. La ruptura con Irán es una buena señal. Falta saber si es el primer paso de una estrategia o el último de una reacción.

Internacionalista de la Universidad Javeriana, magíster en Estudios Latinoamericanos de la University of Oxford y magíster en Economía Política Internacional del London School of Economics, donde se graduó con Mérito. Analista de política internacional y geopolítica.

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