Laura Mora

Septiembre 29, 2022 - 11:45 p. m. 2022-09-29 Por: Carlos Jiménez

Me ha alegrado mucho la noticia de que la película Los reyes del mundo ha ganado la Concha de Oro en el Festival de Cine Internacional de San Sebastián. Y me ha alegrado antes siquiera de verla porque Laura Mora, su directora, ha dado con antelación suficientes muestras de su talento y solvencia profesional.

Ella es también la directora de Matar a Jesús, un filme cuya calidad sobrepasa de lejos a El olvido que seremos por la milagrosa alquimia con la transmutó el asesinato de su padre en una historia fascinante en la que la tragedia se entremezcla fluidamente con el drama, del mismo modo que el amor lo hace con el odio.

Eso para no hablar del sutil juego de ambigüedades que desencadena llamando al protagonista con el mismo nombre de aquel Jesús que, acusado de un imperdonable crimen político, fue castigado por los romanos con una crucifixión que sus fieles seguidores interpretaron y siguen interpretando como un sacrificio divino capaz de redimir a la humanidad pecadora.

Esta película -premiada igualmente en San Sebastián- fue una culminación del duradero interés de su autora por temas íntimamente vinculados a la sangrienta historia de la ‘guerra contra el narcotráfico’ y a las devastadoras secuelas de descomposición moral y social de la misma.

No hay que olvidar que Laura Mora dirigió varios capítulos de la serie Pablo Escobar, patrón del mal, producida por Caracol Televisión. Ha sido así mismo directora del largo metraje El robo del siglo, una película que, al igual que la serie dedicada a Pablo Escobar, cumplió a cabalidad con lo que desde siempre se espera de los productos de la serie negra, que ofrezca una imagen de la sociedad más verosímil de la que suelen ofrecer los discursos oficiales y las narrativas mediáticas.

Los reyes del mundo recala de nuevo en este conflicto universo, según las sinopsis facilitadas a la prensa. Es una road movie protagonizada por tramposas narrativas mediáticas. Cinco jóvenes de las comunas de Medellín que emprenden un largo viaje no a la Tierra prometida sino a la casa de campo que la abuela de uno de ellos recibió como compensación por su desplazamiento forzado.

Las reseñas que he leído hablan de un lirismo que contrastaría con fuerza tanto con la violencia evocada en esta la historia como con la crudeza sin atenuantes con la que Víctor Gaviria narró la vida de esos adolescentes convertidos en implacables sicarios en No nacimos pa semilla.

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