Hernán Toro

Hernán Toro

Diciembre 13, 2018 - 11:45 p.m. Por: Carlos Jiménez

Puedo equivocarme pero creo que es gracias a Hans Robert Jauss, y su teoría de la recepción literaria, que adquiere carta de ciudadanía académica el hecho largamente probado por la misma literatura de que el lector es tan importante como el escritor a la hora de la realización efectiva del libro. Porque un libro es lo que quiere el escritor pero también lo que el lector quiere que sea.

Obviamente esto vale sobre todo para los libros que calificamos de ficción o inclusive de non fiction, como lo hacen los editores norteamericanos cuando quieren distinguirlos de aquellos en los que se supone que la lectura sólo puede ser unívoca, sometida estrictamente a la voluntad del autor e inmune a los desvíos dictados por la fantasía del lector.

Estos apuntes de teoría literaria resultan muy apropiados cuando se refieren al más reciente de los siete libros de Hernán Toro. Se titula Las muertes apócrifas y es un libro escrito por un lector. Una tesis que puede resultar trivial debido a que todos los escritores son lectores -y a menudo lectores ávidos- sino fuera porque el autor de estos textos -que responde el inverosímil nombre de Sacramento Heredero- es un escritor que solo escribe sobre lo que lee.

Me explico. Él es un exitoso “contable experto en asuntos tributarios”, que en “vida nocturna y en fines de semana es un escritor de obituarios”. Especialización que le obliga a documentarse intensamente sobre la vida de los difuntos que son objeto de su interés, tal y como lo demuestra la lectura de las seis elegidas por un improbable editor argentino para ser incluidos en esta obra. Todos son deslumbrantes ejercicios de erudición. Y buena prueba de que a su autor jamás cedió a la tentación de convertir su propia vida o la de quienes conocía en materia prima de su trabajo literario.

Pero no solo por esta razón estamos ante un libro escrito por un lector. También lo es porque Heredero no acepta las versiones escritas de la muerte de los ilustres personajes de los que escribe y decide reinterpretarlas y finalmente refutarlas. Ninguno de ellos murió como o cuando se dice que murieron sino como y cuando él dice que murieron, sometiendo así su voluntad de escritor a la de lector que transforma lo que lee.

Yo por mi parte me introduzco en este laberinto de Escher escribiendo no sobre lo que escribió Heredero y firmó Hernán Toro o viceversa sino sobre lo que he imaginado leyendo a ambos.

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