Fabio Martínez

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Fabio Martínez

Julio 12, 2018 - 11:45 p. m. Por: Carlos Jiménez

Si algún día realizo el proyecto de reunir en una antología los mejores comienzos de novela, estoy seguro de que incluiré en la misma el de Marea de sombras, la más reciente criatura literaria de Fabio Martínez. Reza así: “Con Julia estoy en el cementerio central despidiendo la pierna de una mujer”. Les aseguro que no se puede empezar de una mejor manera una novela que, aunque centrada en las desventuras del poeta Felipe Gardenia, es simultáneamente una crónica del horror vivido en los últimos años de nuestra guerra por Buenaventura, la ciudad a la que Martínez llama en su narración Bahía de Ziuz.

El poeta y su legítima esposa entierran una sola pierna porque es lo único que han logrado recuperar del cuerpo de la bella mulata Karen Knudson, apasionada amante de Gardenia, descuartizada por una banda de paramilitares. Pero ella no es la única víctima de esta atrocidad a la que esta narración concede un lugar.

En sus páginas también aparecen muchos otros descuartizados: el hijo de Sócrates y hermano de Beethoven -personaje de una novela anterior de Martínez-. Andrea Ocoró, cuya madre Esperanza fue muerta por la guerrilla. Manuel Acebedo, el carnicero. Juan Madriñán, el dueño del aserrío de Puerto Merizalde. Roberto Castañeda, dueño de un restaurante, a quien despedazaron después de haber asesinado a su hijo. Lenin Preciado, el líder comunal. El desprevenido novio de Lucy. Harold, el marica. El voyerista que en su móvil grabó su propia muerte y se supone la del resto de los incluidos en esta lista fatídica. En esta marea de sombras que claman justicia.

Cierto. Estos son personajes literarios a los que se les puede aplicar la fórmula de que “cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”. Pero a mí me caben pocas dudas de que si están en esta novela es porque son los álter egos literarios de quienes fueron víctimas de las bandas que en Buenaventura utilizaron el terror para imponer su voluntad y satisfacer los intereses de quienes las armaron y azuzaron.

Que son probablemente los mismos que ahora están tan asustados con el horrible monstruo engendrado por su codicia, que quisieran la venida de algo tan devastador como un tsunami capaz de arrasarlo y de borrarlo todo, hasta el mismísimo pasado, para devolverles la inocencia. Ese estado idílico previo al demonio, al pecado original y la culpa, que quisieran recuperar sin pedir perdón, asumir las culpas y pagar por ellas.

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