Las emociones reprimidas

Las emociones reprimidas

Mayo 18, 2019 - 11:05 a.m. Por: Carlos E. Climent

Quien cotidianamente evita confrontaciones, se traga los disgustos y evade los asuntos pendientes molestos, ha decidido reprimir sus emociones negativas por miedo, conveniencia o comodidad. Respaldan tan errónea decisión el creer que las emociones negativas son “malas” y el concluir que la tranquilidad a cualquier precio es lo más importante.

La rabia en sí misma, no es ni buena ni mala. Puede ventilarse con vehemencia y si se expresa de manera civilizada, sin causar daño, se convierte en el justo reclamo de un derecho.

Pero cuando la rabia se reprime el problema no se acaba sino que se pospone. La energía negativa, la irritación y la ira impotentes se sepultan. La persona se sumerge en un estado de aparente sumisión, y el conflicto lejos de diluirse se crece. Y se asume que al acabarse la confrontación el asunto quedó arreglado. Pero esa tranquilidad es una simple apariencia pues la rabia que se ha enterrado de esa forma no muere. Se transforma.

Quien oculta sus emociones sufre en silencio, se desgasta, se debilita, entorpece sus relaciones interpersonales y termina enfermo. Los síntomas físicos más dramáticos son muchas veces el resultado de la sumatoria de factores emocionales ocultos que coexisten con los factores orgánicos predisponentes. Esa conjunción de factores hace que se precipite el cuadro clínico. A continuación algunos ejemplos:

*Una crisis gastrointestinal aguda (gastritis, úlceras pépticas, colon irritable, diarrea, cólicos severos) es con frecuencia la consecuencia de un miedo no identificado, una rabia reprimida, un conflicto insoluble o una preocupación inmanejable que la persona está experimentando en ese momento y que no ha hecho consciente, ni ha verbalizado. Pero estas crisis se suelen atribuir al alimento “que cayó pesado”, “al marisco descompuesto”, al exceso de ácido clorhídrico o a los divertículos del colon, ignorando el componente emocional. Que invariablemente juega un papel en la precipitación de los síntomas físicos.

*La aparición de un cuadro infeccioso y sus correspondientes complicaciones está más relacionada a una disminución de las defensas inmunitarias que a los virus que siempre están al acecho. Y esa baja de defensas está estrechamente ligada a un disgusto, una desilusión o a la impotencia para resolver una situación determinada.

*Un espasmo muscular que produce un dolor lacerante es mucho más el resultado de una rabia contenida por largo rato, que de la sobrecarga física que lo precipitó.

*Las crisis cardiovasculares, las afecciones respiratorias agudas, los ataques de asma bronquial, las disfunciones sexuales, entre otros, se mejoran solo cuando se identifican y controlan el estrés o la frustración que son los factores subyacentes que más frecuentemente los alimentan. Si se investiga con cuidado, invariablemente se encontrará que cada una de las crisis siempre estuvo precedida de una situación emocional anómala no expresada de manera abierta por la persona. En consecuencia sus órganos terminan “hablando” a través de los síntomas físico

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