Déficit de verde

Déficit de verde

Junio 20, 2019 - 11:40 p.m. Por: Carlina Toledo Patterson

Todos vamos llegando a un momento en la vida en que cada chequeo médico nuevo trae consigo nuevas ‘deficiencias’ en el cuerpo que necesitamos empezar a tratar. Yo sí sabía que estaba como una rana platanera de lo blanca, pero no tenía idea que la falta de exposición al sol podía llegar a causarme deficiencia de vitamina D, la cual tiene sus complejidades. Lo increíble del cerebro es que en vez de exponerme al sol 15 minutos diarios -porque me he metido en la cabeza que no tengo tiempo- a lo que he recurrido es a tomar una pepita diaria para suplementar la bendita vitamina esa.

Lo que los médicos en sus chequeos no llegan a diagnosticar por más exámenes y aparatos que tengan, es una deficiencia adicional que yo misma me descubrí esta semana y que me dejó un poco sorprendida. En el 2005 Richard Louv escribió un libro que se llama Last Child in the Woods (Último niño en el bosque) y en el cual habla de cómo la urbanización y la tecnología han apartado a los niños de la naturaleza y a raíz de ello ha surgido lo que según él se llama Nature Deficit Disorder, o desorden de déficit de naturaleza.

De hecho escribí acerca del tema hace unos años, impresionada por el libro y algo asustada por el efecto que el exceso de pantallas y el encierro podía tener sobre la salud, el comportamiento y el desarrollo físico de los más jóvenes.

Pues ahora resulta que soy yo quien tengo desorden de déficit de naturaleza y acabo de darme cuenta de ello porque por cosas afortunadas de la vida me encuentro inmersa en ella, rodeada de montañas nevadas, cabalgando por caminos de pinos, bajando por rápidos en ríos helados, escalando hasta encontrar cascadas cristalinas y por poquito no me permito apreciar todo y sentir el efecto positivo que todo eso genera.

Fueron cerca de dos días en que el cerebro estaba con un ligero bloqueo, pensando en todos los pendientes: las mil cosas por hacer, las cuentas por pagar, los documentos que tramitar, los viajes por planear, las cosas por empacar, lo que tengo, lo que no tengo… y en eso se le pueden ir a unos fácilmente los días de presunto descanso. Y debo decir que no es que viva precisamente en un encierro, de hecho en las mañanas puedo caminar en el pasto húmedo, en las tardes y hasta bien entrada la noche puedo oír el canto de mis amigas las ranas, puedo cortar del jardín flores para los floreros, pero nada de eso estaba penetrando la corteza cerebral, eran tareas completamente mecánicas, tan mecánicas como decir también a principios de esta semana “qué bonita luna”.

No sé si fue el olor a boñiga que me recibió al abrir la puerta del carro, o si fue la rama de algún pino que arranqué, o si fue el volver a tener la sincronía con un caballo (para mí el mejor animal del mundo), pero el clic cerebral fue tan fuerte que se lo dije a mis hijos quienes cabalgaban conmigo. Claramente hubo celebración, fue algo así como: ¡Mamá volvió!

Debo decir que celebro la urbanización, la tecnología, el desarrollo, el que tengamos trabajos que nos apasionan y también la responsabilidad extrema de querer cumplir con deberes. Lo que no celebro es que los adultos no nos estemos dando los espacios necesarios para aterrizar en la simpleza y apreciar la grandeza de la Vitamina N. Porque esas pausas cerebrales de segundos, minutos o días son las que dan un respiro, recargan, expanden horizontes y con toda seguridad nos devuelven la creatividad y el ingenio que necesitamos para seguir produciendo.

Sigue en Twitter @CarlinaToledoP

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