Columnistas
Brillo o grandeza
La humildad, la humanidad, la decencia, la cultura y el servicio no adornan el liderazgo, sino que lo legitiman.
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31 de mar de 2026, 02:23 a. m.
Actualizado el 31 de mar de 2026, 02:23 a. m.
Hay signos de deterioro social que no aparecen en las estadísticas económicas ni en los indicadores de crecimiento, pero que son igual o más decisivos para el futuro de un país. Se perciben en la manera en que hablamos, en cómo discrepamos, en cómo tratamos a quienes nos sirven. Se perciben, en últimas, en la pérdida de virtudes que antes se entendían como básicas.
La humildad, la humanidad, la decencia, la cultura y el servicio no adornan el liderazgo, sino que lo legitiman. Un líder puede ser brillante, un empresario puede ser exitoso y un padre o una madre pueden ser admirados; pero si detrás de todo eso no hay respeto por los demás, capacidad de escuchar y vocación de servicio, lo que existe no es grandeza, sino poder. Y el poder, cuando no está contenido por la decencia, casi siempre termina degradando a quien lo ejerce y dañando a quienes lo rodean.
El problema de nuestro tiempo es que con frecuencia hemos confundido valor con visibilidad, autoridad con dureza, ambición con codicia y éxito con superioridad. Hemos empezado a admirar demasiado a quien acumula, impone o sobresale, y a subestimar a quien sirve, construye o actúa con prudencia. Pero las sociedades no se sostienen sobre el ego. Se sostienen sobre personas confiables. Sobre gente que cumple su palabra, que trata bien a otros incluso cuando no están ahí, que sabe ganar sin humillar y perder sin destruirse. Ahí está la verdadera estatura moral de una persona.
¿Cómo promover entonces esos valores en la comunidad, en los líderes y en los hijos? Primero, dejando de premiar lo contrario. Es muy difícil pedir humildad en una sociedad que celebra la arrogancia, exigir decencia en ambientes que toleran el abuso, o enseñar servicio en hogares donde todo gira alrededor del interés propio. Los valores no se consolidan con discursos, sino con ejemplos y consecuencias. Una comunidad sana honra a las personas buenas, no solo a las personas exitosas. Reconoce al que sirve, no únicamente al que manda. Y corrige con firmeza al que atropella, aunque tenga poder, dinero o prestigio.
Segundo, entendiendo que los niños no aprenden principalmente de lo que se les dice, sino de lo que ven. Si queremos hijos respetuosos, deben ver respeto. Si queremos hijos humildes, deben convivir con adultos capaces de pedir perdón. Si queremos hijos decentes, deben ver que en casa no todo se justifica por conveniencia.
Tercero, exigiendo más a nuestros líderes. No solo resultados, sino maneras. No solo crecimiento, sino integridad. Un líder verdaderamente admirable no es aquel que llega más alto a cualquier costo, sino aquel que, mientras asciende, eleva a otros, no se embriaga de sí mismo y conserva intacta la dignidad en el trato. Podemos avanzar en tecnología, infraestructura, finanzas o conocimiento, pero si retrocedemos en modestia, compasión, respeto y servicio, ese progreso será incompleto y frágil.
No solo debemos recuperar esos valores, sino volver a darles prestigio. Que la humildad deje de parecer debilidad. Que la decencia deje de sonar ingenua. Que el servicio vuelva a ser visto como una forma superior de grandeza. Una comunidad termina pareciéndose a lo que admira. Y cuando empieza a admirar más el brillo que la integridad, más la visibilidad que el valor, empieza también a perder su centro.
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