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Escribir en casa

Septiembre 30, 2020 - 11:35 p. m. Por: Benjamin Barney Caldas

Aparte de las manías de muchos escritores al escribir, como Dalton Trumbo en una tina, Vladimir Nabokov en un carro, Maya Angelou en un hotel, Truman Capote acostado en un sofá, George Bernard Shaw en una especie de casa de muñecas, Ernest Hemingway siempre de pie, Walter Scott en un destartalado autobús, Dylan Thomas en su cabaña llamada ‘Londres’ como se puede leer en ‘Escribir es un tic’, 2008, de Francesco Piccolo; o Gabriel García Márquez encerrado en su casa de Ciudad de México junto a Mercedes Barcha, y El Nombre de la rosa, 1980, de Umberto Eco lo fue a pasos en un monasterio imaginario. ¿Escribiría Miguel de Cervantes El Quijote en una cárcel?

Ahora muchos de los que escriben (escritores, ensayistas, investigadores, columnistas, periodistas, abogados, funcionarios, enamorados, profesores y estudiantes universitarios) que no son tantos, lo hacen con un portátil, muchas veces incluso viajando en un tren o en un avión o hasta en un barco pero probablemente rara vez en un carro ya que se mueven mucho inclusive en una autopista. Pero la mayoría de los que escriben las más de las veces lo harán usando un computador puesto en un escritorio o en una mesa cualquiera, ya sea en una oficina o una cafetería o, muchos, casi siempre en casa ‘escondidos’ en su cuarto para que no los distraigan los demás, los que nunca escriben ni leen.

Pero hacerlo en casa demanda un sitio tranquilo como suelen ser los amplios corredores de las casas de antes, o los balcones, terrazas y estaderos, pero tan escasos hoy, o mucho mejor en un estudio propio; procurando que sean espacios desde los que se puedan apreciar y oír los patios, jardines y solares ojalá estos últimos con vergeles, y a los que se pueda salir para descansar y pensar en lo que se está escribiendo recostado en una hamaca mirando el cielo y los pájaros que pasan dejando caer frases y palabras inspiradoras, y escuchando los lejanos ecos de la ciudad si es que el ruido ajeno no los perturba y les toque hacerlo a la madrugada antes de salir a la ciudad a sus otros compromisos.

Sobre las ciudades desde luego hay muchos libros acerca de sus características, su urbanismo y arquitectura, sus monumentos y su historia, que la gran mayoría de sus habitantes lamentablemente desconocen (incluyendo a tantos arquitectos profesionales que no leen ni escriben ni viajan para aprender el oficio, y que por eso proyectan mal casas y edificios en los que no se puede leer ni escribir no apenas con confort sino con emoción, y que fatalmente conforman malas ciudades) pero afortunadamente no son pocas las buenas novelas y cuentos que en diferentes épocas se ambientan claramente en ellas incluso, por supuesto, Las ciudades invisibles, 1972, de Italo Calvino.

Las novelas pasan en ciudades, regiones o países: Las lágrimas de Isis (2019) de Antonio Cabanas en el antiguo Egipto; Don Quijote (1605) de Cervantes, en La Mancha; Cuentos de La Alhambra (1832) de Washington Irving, allá; María, 1867, de Jorge Isaacs y El alférez Real, 1886, de Eustaquio Palacios, en el valle alto del río Cauca; La Mansión (2020) de Anne Jacobs, en la RDA; Quijote (2019) de Salman Rushdie, en el interior de Estados Unidos, Nueva York, Londres y Bombay; 1793 (2020) de Niklas Natt och Dag, en Estocolmo. O las inspiran arquitectos: Frank Lloyd Wright a Ayn Rand en El manantial, 1943, o Sinan a Elif Shafak en El arquitecto del universo, 2013.

Sigue en Twitter @BarneyCaldas

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