Un paso al costado

Abril 29, 2021 - 11:35 p. m. 2021-04-29 Por: Beatriz López

Son las 9 de la mañana, oigo ruido de tambores y vuvuzelas. Desde el balcón observo una multitud heterogénea y abigarrada que desfila por la Calle 4ª. Es el inicio del anunciado paro de miércoles.

Muy temprano la etnia de los Musak (guambianos) derribó la estatua emblemática de Cali de Sebastián de Belalcázar, tal como lo hicieron con la de Popayán el año pasado. Hubo refriegas con la Policía, presagio de lo que ocurriría después.

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En la manifestación que iba por el Centro no vi encapuchados, los hombres lucían camisas amarillas de la Selección Nacional y todos iban con tapabocas, las pancartas contra la Reforma Tributaria y demás peticiones al gobierno eran portadas por sindicatos, artistas, estudiantes y profesores de la Univalle y de los colegios Santa Librada y Camacho Perea, indígenas, comunidades negras, amas de casa, en fin.

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El ruido se hizo cada vez más ensordecedor a medida que se acercaban a la Plaza de Cayzedo. Eran más o menos tres mil personas. Se dirigían al CAM y la tranquilidad inicial fue tornándose agresiva. Crecían las consignas de la ira sorda enquistada que aplazó la pandemia.

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Mientras, llegan videos en las redes sociales de los enfrentamientos en la Universidad del Valle con el Esmad y el saqueo en el Éxito de la 70, donde vándalos salían con televisores gigantes. El ambiente se fue calentando, hasta que empezó la destrucción de las oficinas sede de la Alcaldía en el CAM, en tres bancos del Centro y en la Dian. Estalló una bomba y una columna de humo opacó la tarde soleada. El Esmad persiguió no solo a los vándalos sino a los que cumplían con la consigna de protestar pacíficamente. Ojalá que Duque se haya dado cuenta de la profunda inconformidad de los colombianos con su gestión y cancele la malhadada Reforma Tributaria.

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PD: Creo que ha llegado el momento de dar un paso al costado. Durante la pandemia he llegado a la conclusión de que es el tiempo de mi retiro como columnista de este querido diario. Hace dos meses cuando le envié al respecto una carta a María Elvira Domínguez, me pidió que no lo hiciera. “El día que yo me vaya de la Dirección, te irás, mientras tanto no lo hagas”.

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Es difícil para una periodista que ha manejado durante 50 años el día a día de la noticia, esperar 15 o más días para comentar lo que sucede en un país caótico como el nuestro, pues los temas se acumulan y pierden vigencia.

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Claro que hay una razón más de fondo. Mi sobrino Álvaro José Vallejo, de 49 años, enfrenta desde hace 5 años un cáncer terminal, tratado con todo el profesionalismo y dedicación por el cuerpo médico de Imbanaco. Ha sido sometido a más de 18 intervenciones, en medio del dolor de sus dos niñas Sarita y Susana, de su esposa Catalina, y de sus padres Francisco y Mary Stella, mi hermana, y de Juan Fernando y Felipe Vallejo.

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Me dedicaré a escribir un libro sobre este Titán de la vida, que se aferra al amor de sus hijas, conserva la alegría, el sentido del humor y una fe inquebrantable. Gracias a María Elvira y a la familia Lloreda por el respeto y el cariño que me han demostrado siempre y a los lectores que me detienen en la calle para preguntarme por qué he dejado de escribir.

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