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Arquitectura del espíritu, la música clásica como dimensión de bienestar en 2026

Escuchar música clásica no es un pasatiempo; es un ejercicio de disciplina y cultivo espiritual; cada frase y cada silencio se convierten en instrumentos de aprendizaje.

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Rodrigo Obonaga Pineda.
Rodrigo Obonaga Pineda. | Foto: El País.

21 de ene de 2026, 07:08 p. m.

Actualizado el 21 de ene de 2026, 07:08 p. m.

En este 2026, la escucha de la música clásica debe comprenderse como un ejercicio académico y espiritual de altísima distinción, elevándose definitivamente sobre el concepto de simple entretenimiento. La música instrumental ofrece hoy un espacio sagrado de concentración, introspección y contemplación, permitiendo que la mente, el corazón y el espíritu se entrenen en la atención plena, la disciplina intelectual y la regulación emocional. Cada obra constituye un universo sonoro: armonía, textura y timbre comunican ideas de manera profunda y estructurada, enseñando a quien escucha a organizar su pensamiento y a reconocer la sutileza del lenguaje artístico.

Este viaje hacia la sensibilidad comienza en la intimidad de los Nocturnos de Chopin, específicamente en el opus. 9 No. 2, una joya de lirismo absoluto cuya melodía es la puerta de entrada a un estado de recogimiento y serenidad profunda. Esta atmósfera se expande en sus dos conciertos para piano: el diálogo entre el solista y la orquesta se manifiesta como la más pura poesía pianística, educando nuestra percepción hacia una sensibilidad estética donde cada nota es una palabra del espíritu.

La búsqueda del equilibrio nos conduce hacia Haydn, el gran maestro del humor y la inteligencia musical; en sus cuartetos, como el célebre ‘La Alondra’, la transparencia de su diálogo nos enseña que la música es, ante todo, una conversación civilizada y luminosa.

Esta claridad se vuelve dulzura suprema en el Cuarteto No. 23 de Mozart, la música canta con una pureza que educa nuestra percepción hacia el optimismo. Es en este punto del Concierto No. 21 de Mozart donde se hace indispensable: su célebre Andante logra sincronizar el alma y el espíritu, actuando como un verdadero impulso vital para el amor y la armonía interior. Por su parte, el Cuarteto No. 1 Opus 18 de Beethoven irradia una energía juguetona que despeja la mente y despierta una renovada energía intelectual.

En la Sonata para violín y piano No. 5 ‘Primavera’ de Beethoven asistimos a una de las manifestaciones más preciosas del genio humano: una conversación llena de frescura, luz y esperanza que florece ante nuestros sentidos, invitando al espíritu a un estado de ensoñación y fantasía. Esta obra posee la virtud única de abrir la mente, permitiendo que el pensamiento fluya hacia paisajes de calma y renovación.

Esta conexión con la naturaleza se profundiza con Vivaldi y sus ‘Cuatro Estaciones’, donde el violín recrea el ciclo eterno de la vida: desde la explosión de vitalidad de la primavera hasta la cristalina quietud del invierno. Vivaldi nos enseña a fluir con los ritmos del tiempo, convirtiendo cada estación en un ejercicio de renovación y atención plena. Esta claridad formal encuentra su plenitud en la Sinfonía No. 6 ‘Pastoral’ de Beethoven, la cual se erige como el modelo de arquitectura sonora ideal para el descanso, la meditación o la lectura profunda.

El rigor y el orden encuentran su cumbre en el contrapunto de Bach y su Concierto Brandeburgués No. 3, un despliegue de precisión matemática, las cuerdas se entrelazan en un modo perfecto de voces independientes, ejercitando nuestra memoria auditiva bajo el imperio de la belleza.

Esta estructura se complementa magistralmente con la Música de Mesa de Telemann, concebida como el convite perfecto para nuestras cenas y encuentros sociales. En este escenario, la música no es un simple fondo, sino un anfitrión invisible que ilumina el ambiente, transformando el acto de compartir la mesa en una lección de proporción, cortesía y armonía. Telemann nos enseña que el sonido puede ser el hilo conductor de una conversación culta, elevando el convite a una experiencia de refinamiento estético y paz interior.

Este camino se completa con la pulcritud absoluta del Adagio del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo; este movimiento es un diálogo conmovedor entre la guitarra y el corno inglés que parece detener el tiempo, invitándonos a una introspección sagrada, la belleza melódica consuela y eleva el alma hacia una paz interior inalcanzable por las palabras. Finalmente, el virtuosismo del concierto No.2 de Rachmaninov y la nobleza del Concierto para violonchelo de Elgar nos abrazan con una profundidad emotiva que enseña a vivir el sonido como un espacio de calma, orden y redención.

Escuchar música clásica en 2026 no es un pasatiempo; es un ejercicio de disciplina y cultivo espiritual, cada frase y cada silencio se convierten en instrumentos de aprendizaje. Al sumergirnos en estas obras maestras, descubrimos que la música académica es el vehículo perfecto para navegar la complejidad de nuestra existencia: nos enseña a habitar la alegría con gratitud, a transformar la tristeza en una melancolía serena y manejable, y a organizar nuestro pensamiento con una claridad renovada.

Quien escucha experimenta el descubrimiento de algo fantástico y luminoso, un camino definitivo hacia una vida más plena y equilibrada. Y ante esta revelación de orden y sentimiento, solo queda una pregunta fundamental: ¿acaso se requiere ser un erudito para percibir la belleza, o basta con abrir el corazón y el espíritu a la sensibilidad que la música nos ofrece?

Docente pedagogo y especialista en Filosofía y Letras, con experiencia en relaciones humanas, ética empresarial y gestión cultural. Divulgador de la música culta, integra rigor académico y sensibilidad artística. Su labor impulsa la formación cultural del país.

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