¿Quién es mi prójimo?

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¿Quién es mi prójimo?

Julio 14, 2019 - 11:10 p.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Monseñor Édgar de Jesús García Gil, obispo de Palmira

Varias diócesis de Colombia hemos abierto casas para migrantes venezolanos porque nos duele la situación de tantas familias jóvenes que han salido de su país buscando mejores modos de vida. Lo hacemos por una parte como ayuda humanitaria, pero sobre todo como un deber moral de caridad por el hermano que sufre. Esta situación se ve iluminada por el evangelio de este domingo.

Un abogado de la época le preguntó a Jesús: ¿Quién es mi prójimo?, tratando de justificar su conocimiento de la ley sobre el amor a Dios y al prójimo como lo manda la escritura. Pero Jesús no le contestó con argumentos legalistas sino con una parábola preciosa sobre la relación de amor de tres personajes relevantes de la cultura judía (sacerdote, levita y samaritano) con relación a un judío que fue asaltado y molido por sus atracadores hasta dejarlo medio muerto mientras bajaba por el camino de Jerusalén a Jericó. Lucas 10, 25-37.

Tanto el sacerdote como el levita judíos vieron el herido, dieron un rodeo y pasaron de largo. No querían contaminarse o comprometerse con este hombre herido. “Pero un samaritano, supuestamente enemigo de los judíos, que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y acercándose vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: “Cuida de él y si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva”. “¿Quién de estos tres, preguntó Jesús, te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores? y Él dijo: “El que practicó la misericordia con él”. Díjole Jesús: “Vete y haz tú lo mismo”.

Acercarse, detenerse y atender al hermano que sufre significa ser prójimo, mejor próximo al que está necesitado. Y esta actitud de caridad cristiana lo hacemos porque en cada persona, sea la que sea, vemos la imagen y semejanza de Dios. Dicho de otra manera, Dios ha colocado en cada uno de nosotros su amor trinitario, el sello de su Espíritu, que nos hace personas en comunión o en relación con los demás. Y es aquí donde reside la grandeza de la dignidad humana, fundamento de los derechos y deberes de cada persona humana.

A propósito, el papa Francisco nos exhorta: “Nosotros también, en el contexto actual, estamos llamados a vivir el camino de iluminación espiritual que nos presentaba el profeta Isaías (58,7-8) cuando se preguntaba qué es lo que agrada a Dios: “Partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora”. G.E. 103.

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