Orden social oprobioso

Septiembre 24, 2022 - 11:15 p. m. 2022-09-24 Por: Arquidiócesis de Cali

Por: monseñor Darío de Jesús Monsalve, arzobispo de Cali

Los cuadros sociales que traen las lecturas de Amós y del Evangelio de Lucas este domingo, establecen un grave contraste entre la vida de orgías de las clases pudientes, que ofende a los más pobres y pequeños del pueblo de Israel, sumidos incluso en la mendicidad.

En el Evangelio de Lucas, Jesús hace parábola un cuadro cotidiano en el portal de la casa de un hombre anónimo y rico, conocido por su sobrenombre de ‘el epulón’, y un hombre con nombre religioso, mendigo ulceroso, al que se le niegan las sobras de la mesa y los perros lamen sus llagas.

Son las brechas entre el bienestar excesivo y ofensivo de algunos y la miseria mendigante de muchos, lo que pone al descubierto el desorden e injusticia social en nuestros sistemas económicos, y la cultura del desprecio por el más pobre, la aporofobia, que puede traducirse en odio de clases y en conflictos violentos.

El interés de la palabra de Dios se centra en la disparidad de condiciones en las vidas de dos individuos, uno rico anónimo y otro mendigo, llamado Lázaro, a quienes igualmente les llega la muerte, en donde dicha disparidad empieza a cambiar ante Dios: el mendigo no solo muere, sino que “es llevado por los ángeles al Cielo”. El rico epulón muere y es simplemente enterrado, de seguro con pompas fúnebres.

La disparidad de condiciones empieza a transformarse en una disparidad de destino: la gloria de Dios acoge al que en vida padeció miseria; y el “fuego” infernal de la privación de Dios, consume al rico epulón. Dios hace justicia al pobre y sufrido en vida, y excluye de su gloria a quien le negó compasión.

La disparidad se vuelve un trueque en el que el rico es ahora el mendigo ante Abraham y Lázaro, ante la fe que no escuchó y el prójimo a cuyo clamor cerró su corazón. “Tuve hambre y no me dieron de comer”. La fe no es solo creer en Dios sino reconocer a Jesús en el que sufre, creer en la igual dignidad del pobre.

El mensaje es que solamente aquí, en nuestra vida terrena, tenemos la oportunidad de transformar las realidades de injusticia y de desigual dignidad social. Que es perentorio hacer ese cambio, escuchando a “la ley y los profetas” de Dios. Más aún, dejándonos guiar por un muerto crucificado que resucitó y está entre nosotros como Evangelio de Dios y de su Reino, para que ninguno se pierda, engañado por el espejismo de las riquezas y los excesos humanos.

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