Escuchar este artículo

El parque de las razas y las etnias

Octubre 11, 2020 - 11:50 p. m. Por: Antonio de Roux

Gustavo Arboleda refiere en su Historia de Cali las circunstancias que rodearon la fundación de la ciudad. Su recuento se basa en testimonios de la época como el de Pedro Cieza de León, autor de la famosa crónica sobre la conquista del Perú.

Al acceder al territorio caleño los españoles que venían desde el sur debieron vérselas con un ejército de más de diez mil nativos comandados por el cacique Jamundí. También tuvieron que enfrentar al jefe Pete o Petecuy, quien como casi todos los pobladores originales practicaba la antropofagia. Según se cuenta aquel caudillo “tenía en su vivienda más de cuatrocientos cueros de indios colgados, llenos de ceniza, cuya carne había sido manjar en la corte del cacique”.

Los peninsulares que trataban de avanzar entres selvas, fieras acechantes, enfermedades endémicas, poderosas tempestades y el agua a las rodillas, no se quedaban atrás en materia de violencia. Eran hombres rudos, brutales si se quiere. Exponentes de una cultura que solo reconocía racionalidad y alma a los blancos europeos. Tenían claro eso sí, que conquistar un mundo y fundar ciudades en territorio hostil no podía ser tarea de espíritus compasivos. Siendo ese el paisaje humano de entonces sería torpe censurar a indígenas o españoles por haber actuado conforme a su civilización, sus leyes y sus costumbres.

Las ordenanzas de Burgos expedidas en 1512 prohibieron esclavizar a los pueblos raizales, y aunque su explotación continuó a través de prácticas atroces como la encomienda, la mita y el tributo, comenzaron a importar esclavos africanos de raza negra en la idea de reemplazar la mano de obra nativa.

En nuestra región el número de negros subyugados creció continuamente, una situación propiciada por el modelo económico basado en explotación de haciendas y minería. Tanto fue así que según refiere Don Belisario Palacios en sus Apuntaciones de la Provincia de Cali, en el censo de 1793 la población total de la ciudad marcó 6548 habitantes de los cuales 1106, casi el 17%, eran afrodescendientes esclavizados. No resulta extraño que años después, en la gesta por la independencia del Sur, el aporte de los afros resultara determinante, destacándose las heroínas María Josefa Costa, Juana Cancio y María Antonia Ruiz.

Es la mezcla de estas tres etnias repetida en el tiempo la que da pie al surgimiento de la población caleña diversa, abierta, marcada por la empatía. Sin embargo como sociedad cometimos un error al limitar la narrativa local al aporte de los blancos criollos y los inmigrantes europeos, dejando en la sombra la contribución efectuada por otros grupos humanos. Para reparar esa falencia necesitamos reconocer la historia íntegra, y evitar la práctica perversa de borrarle pedazos o protagonistas. Por eso es inaceptable que se pretenda defenestrar a Belalcázar por cuenta de su talante implacable, o al cacique Petecuy por su gastronomía caníbal.

Esta disposición al reconocimiento y la integración colectiva debería comenzar con expresiones materiales concretas. Dejemos a Don Sebastián apuntando hacia el mar del futuro y más bien solicitémosle al Alcalde que dedique uno de los nuevos parques a exaltar las distintas etnias y sus mejores exponentes. Las cosmovisiones de afros e indígenas así visibilizadas, ayudarán a que nuestro progreso sea sostenible y fluya con armonía.

Sigue en Twitter @antoderoux

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS