Colombianos en Nueva Zelanda narran cómo ese país le ganó la batalla al coronavirus

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Colombianos en Nueva Zelanda narran cómo ese país le ganó la batalla al coronavirus

Mayo 02, 2020 - 12:25 a. m. Por:
Redacción de El País

Lina María González es una barranquillera que vive en Nueva Zelanda y sostiene que una estricta cuarentena junto con el civismo fueron claves para eliminar el Covid-19.

Especial para El País

Colgar osos de peluche en las puertas de Auckland, Nueva Zelanda, era una idea que convenció muy poco a Lina María González. Al menos los primeros días. Ese juego -de que el ganador era la persona que más osos de peluche lograra contar- no tardó en perforar sus dudas. Lina, madre colombiana de tres pequeños a los cuales sacaba a pasear a la calle al menos una o dos veces por semana, terminó por apreciar ese gesto de pequeña resiliencia en medio de un país que dio por “eliminada” la pandemia del coronavirus.

El anuncio fue hecho esta semana. “No hay grandes contagios locales en Nueva Zelanda. Hemos ganado la batalla”, aseguró la primera ministra, Jacinda Ardern. Las cifras: 1472 infectados y 19 muertos; tan solo un contagiado por Covid-19 desde el 1 de abril; y el hecho de que por cada 100 pruebas realizadas en el país oceánico, solo una arrojaba positivo.

Los analistas no solo atribuían el éxito de los resultados a lo que eran “las restricciones más estrictas impuestas a los neozelandeses en la historia moderna”, según denominó Ardern, sino también a la ventaja que de contar con una baja densidad poblacional del país: 18 habitantes por kilómetro cuadrado. Lina, por su lado, piensa que gran parte del logro es atribuible a la misma comunidad.

“Hay un grupo conocido como ‘Student Volunteer Army’ (Ejército de Estudiantes Voluntarios) que ha ganado mucha fuerza a la hora ayudar a la población que lo requiere, por ejemplo, en articularse con farmacias para entregar medicamentos a quienes lo requieren o en la distribución de mercados”, destaca la mujer, que es oriunda de Barranquilla.

En diciembre fue madre por segunda vez. Tuvo mellizos en una época en la que el coronavirus era una noticia exclusiva de China, una época muy anterior a finales de marzo, cuando el gobierno neozelandés declaró el nivel cuatro de alerta, que entre sus órdenes a la población es que las embarazadas que hubiesen dado a luz durante ese mes no podían ser visitadas por familiares o amigos con el fin evitar un contagio en la criatura.

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Salvo por los cortos paseos que daba con sus hijos, las únicas veces en las que Lina salía a la calle era para hacer ejercicio en su mismo barrio y comprar los víveres que fueran necesarios en el supermercado. Ahora, tras la “eliminación” del virus (pero con una mínima posibilidad de que aparezcan nuevos casos), Nueva Zelanda flexibilizó las medidas al pasar al nivel tres de alerta, que permite que la mayoría de las empresas abran, entre ellos los restaurantes con domicilios.

Pero hay restricciones que no expirarán por ahora: las reuniones masivas, la apertura de centros comerciales, el cierre de las fronteras y las clases presenciales. El confinamiento, el adherirse a la “burbuja”, como le llaman los nativos de ese país últimamente, todavía es una orden vigente. Al menos hasta el 11 de mayo, cuando el gobierno evaluará si puede ir un paso más allá en la flexibilización.

“En un país que depende bastante del turismo, que recibe cerca de 23 billones de dólares cada año por ese sector de la economía. En mi caso, que soy directora de una agencia de migración y estudios llamada Sea International, solo somos otra industria que se ha visto afectada por esta coyuntura”, dice.

Juan C. Cortés vive con su esposa Isabel Cristina Patiño en Nueva Zelanda.

Especial para El País

La incertidumbre entre el 23 y 24 de marzo, fechas en las que se anunciaron el confinamiento más exigente, fue abrumadora. Muchos temían la quiebra o el desempleo, Juan Carlos Cortés, un vallecaucano nacido en el municipio de Argelia, sintió un ligero alivio cuando se enteró que el gobierno subsidiaría a la mayoría de las empresas para que estas cumplieran con el pago de los salarios de sus empleados por un lapso de tres meses.

Juan Carlos vive en la misma ciudad de Lina, en Auckland. Comparte habitación con su esposa Isabel Cristina Patiño, quien es de Medellín; ambos viven en Nueva Zelanda desde hace un año y medio, cuando su objetivo era estudiar inglés. Hoy en día, ya han levantado los primeros pinos de su nueva vida en dicha isla de 268.021 kilómetros cuadrados: Isabel, en el área de atención al cliente de una empresa de renta de vehículos, y a Cortés lo contratan para elaborar la estructura de los cielos rasos.

La única oportunidad en la que la pareja salía a la calle era para mercar. La primera vez lo hicieron tras dos semanas de implementada la alerta cuatro.

“Uno debía enviar un mensaje de texto al número del supermercado y una vez recibiera la confirmación, ya podía hacer la fila en la entrada. Es como una especie de ‘check-in’. Y una vez dentro del lugar y terminadas todas las compras, uno se dirigía al cajero, que está separado de ti por un vidrio, y hacías el pago”, narra Isabel.

Agrega que tan pronto todos los productos terminaran de ser facturados, el cliente debía empacarlos fuera del supermercado: “las restricciones más estrictas impuestas a los neozelandeses en la historia moderna” penetraba por completo en los aspectos más nimios de la vida diaria. Afuera del lugar, cerca de la entrada principal, Juan Carlos (o Isabel, dependiendo a quien le tocara) estaba pendiente del regreso de su esposa dentro del vehículo.

El regreso a lo largo de calles deshabitadas les hacía recordar las charlas que sostenían por esos días con algunos amigos que debían hacer las compras a pie, en una ciudad en donde las zonas residenciales se encuentran, por lo general, a casi una hora de distancia de los supermercados. Pensar en la extensa caminata de ida y vuelta era una imagen que de repente provocaba un irritante cansancio, a no ser que la persona lograra abordar el transporte público, ya de por sí bastante limitado.

“Esto de estar encerrado en casa no es el ‘acabose’, como muchas personas llegaron a creer. Pienso que es un momento para reflexionar, para rescatar el tiempo en familia, en el que un abrazo, una caricia o un beso con quienes compartas tu espacio es más valioso que cualquier salida fuera de casa”, opina Juan Carlos.

Para Juan Carlos, otro de los motivos por los que se pudo contener el coronavirus dentro del país fue la constante comunicación entre las autoridades y la ciudadanía: todos los días la Primera Ministra realizaba anuncios de las novedades de la pandemia, incluso, con videos tipo Facebook Live desde su casa mientras guardaba cuarentena.

Afirma que no solo la resiliencia sirvió como receta durante un mes completo de confinamiento.

“Detrás del hecho de que la gente acató las normas, encontramos una consciencia ciudadana de que no solo soy yo, mi mundo, el que puede verse afectado por la pandemia, sino el de mi vecino, el de todos mis semejantes. Era empatía”, expresa.

Lo que realmente llama la atención de la cuarentena, y que de hecho adquiere cierto tinte de universalidad en casi cualquier parte del mundo en estas fechas, es que salir poco o nada de esas cuatro paredes se traduce -a veces- en una actitud de introspección”, dice Juan Carlos quien sostiene que esta pandemia “es un momento para encontrarse a sí mismo”.

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