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¿Mi mamá tuvo la culpa? Una pregunta que nos toca a todos
El comunicador y coach de bienestar Krish Benvenuti y también actor, reflexiona sobre el libro de la actriz y presentadora Ana María Hoyos ‘¿Mi mamá tuvo la culpa?’.
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30 de sept de 2026, 02:13 p. m.
Actualizado el 30 de sept de 2026, 02:13 p. m.
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Por Krish Benvenuti, especial para El País
Hay títulos que provocan. Otros que incomodan. Y hay algunos que, con solo leerlos, nos obligan a mirar hacia adentro. “¿Mi mamá tuvo la culpa?”, el libro de Ana María Hoyos (publicado por Vergara, sello editorial de Penguin Random House Grupo Editorial) pertenece finitivamente a esta última categoría.
Tuve la oportunidad de acompañar a Ana María, que conocí hace tiempo en Cali, en la presentación de su libro y, más allá del encuentro literario, sentí que estábamos frente a una conversación mucho más profunda: la de nuestra propia historia.
Ana María Hoyos es conocida por muchos por su pasado como actriz y presentadora. Sin embargo, hace años decidió alejarse de la vida pública para dedicarse a su familia y emprender un camino de formación y desarrollo humano. En ese proceso estudió la filosofía espiritual de Gerardo Schmedling, psicología y Constelaciones Familiares, entre otras disciplinas que han acompañado su búsqueda personal y espiritual.
Y hay algo que hace todavía más significativo este momento. Precisamente en estos días, la mamá de Ana María dejó su cuerpo físico. Por eso, la presentación de un libro que habla justamente de la relación con la madre adquiere una dimensión que va mucho más allá de lo literario. Hay momentos en la vida en los que las palabras de un libro dejan de ser simplemente palabras y comienzan a dialogar con la propia realidad.

El título puede hacernos pensar inmediatamente en una acusación. ¿Mi mamá tuvo la culpa? ¿De mis inseguridades? ¿De mis heridas? ¿De aquello que todavía me cuesta perdonar? Pero la propuesta de Ana María va precisamente en otra dirección.
La pregunta no parece buscar un culpable. Busca comprensión. Porque nuestras madres, como nosotros, son seres humanos. Llegaron a la maternidad con su propia historia, sus propias heridas, sus miedos, sus limitaciones y las herramientas que tenían en cada momento. Eso no significa negar aquello que pudo habernos dolido. Tampoco significa justificarlo todo. Significa aprender a mirar nuestra historia desde otro lugar.
Y quizás la reciente partida física de su madre coloca a Ana María frente a una de las grandes verdades de la existencia: hay conversaciones que creemos que tendremos para siempre y que, de pronto, ya no podemos tener de la misma manera.
Cuando alguien que forma parte esencial de nuestra historia deja el mundo físico, algunas preguntas cambian. Algunas respuestas ya no pueden venir del otro. Entonces comienza un diálogo diferente: el que mantenemos con nosotros mismos.
La presentación, además, estuvo moderada de una manera muy especial por Iván Lalinde, quien, con su profesionalismo y sensibilidad, supo acompañar una conversación que por momentos trascendió el libro para convertirse en un espacio de reflexión sobre la vida, los vínculos y las emociones. Y hubo un momento final particularmente hermoso. Carlos Vargas, quien, al igual que Ana María, ha estudiado Constelaciones y se ha acercado a caminos relacionados con el bienestar, el crecimiento personal y la espiritualidad, condujo una meditación dedicada a la mamá de Ana María. Fue un cierre profundamente simbólico.

Carlos convirtió aquel momento en una invitación colectiva al silencio, a la presencia y al reconocimiento. Por unos minutos, el escenario dejó de ser simplemente el lugar de presentación de un libro y se transformó en un espacio íntimo de homenaje.
Durante la presentación pensé también en algo que trasciende la relación entre madres e hijas. Todos tenemos una historia familiar. Todos venimos de alguien. Y, en mayor o menor medida, cargamos recuerdos, frases, silencios, expectativas y formas de relacionarnos que aprendimos mucho antes de tener conciencia de que las estábamos aprendiendo.
Por eso, aunque el libro se centra particularmente en el vínculo madre-hija, su pregunta puede resonar mucho más allá.

¿Quién tuvo la culpa?
Quizás, en algún momento de nuestra vida, esa pregunta sea necesaria. Pero quizá llega un día en que necesitamos formular otra:
¿Qué voy a hacer yo con aquello que viví?
Ahí comienza, tal vez, una forma diferente de libertad.
Acompañar a Ana María en la presentación de “¿Mi mamá tuvo la culpa?” fue también recordar que sanar no significa borrar el pasado, ni idealizar a quienes nos hicieron daño. A veces sanar significa poder mirar hacia atrás con compasión, reconocer lo que fue y dejar de vivir atrapados allí.
Y hoy, cuando su propia madre acaba de emprender ese último viaje, las palabras de Ana María adquieren inevitablemente otra resonancia.
Quizás porque, cuando alguien deja su cuerpo físico, ya no podemos cambiar nuestra historia con esa persona.
Pero sí podemos cambiar la manera en que la llevamos dentro de nosotros.
Nuestra historia explica muchas cosas. Pero no tiene por qué determinar el resto de nuestra vida.
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