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“La vida es cruel, pero es bella”: el retrato de la soledad y la redención en la película Volar
En entrevista, la reconocida actriz Adriana Barraza y el director Jeiver Pinto Vargas revelan los secretos detrás de una producción que confronta el olvido social con la fuerza del acompañamiento humano.
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10 de jun de 2026, 06:07 p. m.
Actualizado el 10 de jun de 2026, 06:07 p. m.
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La crudeza de la ciudad y la belleza de las conexiones humanas más improbables se encuentran en ‘Volar’, un largometraje que se adentra en las realidades de los sectores más invisibles de la sociedad. A través de un diálogo íntimo, su protagonista, la nominada al Óscar por la película Babel, Adriana Barraza, y su director, Jeiver Pinto Vargas, compartieron cómo se construyó este relato que transforma el caos de la urbe en un desierto de contemplación y supervivencia.
La historia sigue el cruce de caminos entre Alicia (Adriana Barraza), una mujer de 70 años de clase alta atrapada en una silla de ruedas y sumida en la soledad, y Alirio (Erik Agray), un niño en situación de vulnerabilidad.
“Contar la historia de este encuentro de estas dos almas con las mismas necesidades, y que de pronto puedan desaparecer las clases sociales, de dónde vienen o cuántos años tienen, es simplemente reflejar a dos seres humanos que necesitan estar juntos”, afirma Barraza.
Para la actriz mexicana, el guion —desarrollado inicialmente junto a Harold Trompetero— toca una fibra universal: la invisibilidad de la niñez callejera y el abandono de la vejez. “A los niños en situación de calle uno dice a propósito ‘no los quiero ver’, y de los ancianos ni siquiera te acuerdas de verlos. Pasan a ser parte del olvido de la sociedad”, reflexionó la intérprete.
El director Jeiver Pinto Vargas explicó que la génesis del proyecto se inspiró libremente en la premisa de El Principito. Originalmente concebida para transcurrir en la inmensidad de un desierto físico, la producción decidió dar un giro radical: traer ese desierto a la hostilidad de la urbe.
“La necesidad era un reflejo social. ¿Cómo hacíamos una película donde los seres estén mentalmente a nivel de ritmo en el desierto o en la selva, en un mundo intimista, mientras están en medio del caos de la ciudad? Para ellos no importa dónde están parados, sino lo que su alma refleja: la necesidad de acompañarse”, detalló Pinto.
Filmada justo antes de la pandemia, la película se anticipó al actual debate global sobre la salud mental y el aislamiento. El realizador enfatiza que la obra defiende una tesis minimalista del ser humano: “La vida es tan básica que el cuerpo solo está determinado a necesitar agua, comida y un ser humano que te acompañe. Por eso manifiesto que no es una película para ver en soledad, sino en compañía”.
Uno de los retos actorales más grandes para Adriana Barraza fue la evolución de Alicia, transitando por roles complejos sin caer en el estereotipo de la víctima desvalida. “Alicia no se está haciendo la víctima nunca. Es un ser humano que creo que ya ni ella misma se ve como tal; se siente dejada de lado por ella misma y se conforma. Su redención llega al sentirse útil de nuevo al enseñarle a escribir al niño y compartir un afecto que creía extinto".
Esta transformación se sintetiza en una de las escenas más potentes de la producción, donde, teniendo de frente un basurero y zopilotes (gallinazos), Alicia sonríe al viento y pronuncia una frase que define el espíritu de la obra: “La vida es cruel, pero es bella”.
Con un elenco enriquecido por el talento infantil y personajes secundarios que retratan la cotidianidad de los inquilinatos y las dinámicas comunitarias de la calle, ‘Volar’ se perfila como un espejo necesario y conmovedor sobre la condición humana actual.
Para Pinto, el verdadero desafío comenzó una vez asegurada la participación de Barraza. La transición del texto literario al lenguaje audiovisual exigía un entorno que respirara una honestidad inquebrantable. Fue entonces cuando inició la compleja búsqueda de los niños que acompañarían a la actriz mexicana en este viaje.

El realizador confiesa que la búsqueda inicial en las escuelas de actuación tradicionales y entre niños con experiencia previa en cine o televisión resultó infructuosa. “No llegábamos porque yo estaba muy obsesionado con el tema de que fuera verdad”, explica Pinto.
La respuesta no estaba en los sets de grabación, sino en las calles del centro de Bogotá. Gracias a la recomendación de la esposa del utilero de la película, quien dictaba clases en el tradicional barrio Las Cruces, el director conoció a un grupo de menores de la zona oriental de la capital. El flechazo con los protagonistas fue inmediato: “Yo los veo de lejos a ellos dos y le digo a mi asistente: ‘Esos niños son’. Tienen el alma, tienen ángel, tienen carisma; lo otro se los vamos a dar”, recuerda con emoción.
Antes de encender las cámaras o repasar las líneas del libreto, Jeiver Pinto diseñó un método de inmersión poco convencional para los pequeños. Tras reunirse con ellos en un salón para conocer sus vidas, los citó un fin de semana en un semáforo real de Bogotá.
El ejercicio consistió en un juego de improvisación: limpiar vidrios a los autos en plena calle. El propio director dio el primer paso para generar confianza y romper el hielo. Al mediodía, tras constatar la chispa y resiliencia de los niños en el entorno urbano real, les reveló la verdadera propuesta: “Amigos, lo que tengo es una película que quiero hacer con ustedes. Nos tenemos que preparar porque va a venir una tremenda actriz y nos tenemos que poner al nivel”.
Un universo de contrastes y realismo absoluto
La llegada de Adriana Barraza al país facilitó la compenetración con los menores, pero el universo de Volar requería más capas de autenticidad. El director optó por rodear a este núcleo naturalizado con actores profesionales de gran trayectoria que blindaran la estructura dramática.
Entre ellos destaca la participación de Ana María Sánchez, con un personaje de enorme impacto, y del actor argentino Arnaldo Pipke, en el rol del encargado del depósito de reciclaje. El director decidió mantener el acento nativo de este para tejer un sutil lazo multicultural latinoamericano dentro de la marginalidad de la historia. El reparto se complementó con Mauricio Goyeneche y David Noreña, quienes interpretaron a la pareja de policías.
La estocada final de realismo la dio el personal de apoyo. Pinto insistió ante la producción en que los extras no fueran actores maquillados, sino “habitantes de calle reales. Si no, nos va a quedar mentiroso y falso”. Esta audaz decisión logística y humana terminó de configurar la atmósfera de Volar, una producción donde la crudeza del entorno bogotano no se disfraza, sino que se convierte en el escenario vivo de una redención inesperada.
Este realismo se potenció al transformar a Bogotá en el escenario central del rodaje, una decisión que, en palabras de Adriana Barraza, otorgó una dimensión orgánica imposible de replicar en un estudio. Ella evocó con especial nitidez el impacto visual de las locaciones bogotanas, comparando sus imponentes avenidas con el Periférico de la Ciudad de México: “Ver a ese niño con esa señora caminando por ahí... y después el gran trabajo que hacen en la película los diseñadores de arte, el maquillaje y el vestuario. De verdad, grandes realizadores”.
La actriz destacó la destreza del equipo para recrear la atmósfera del antiguo sector del Bronx de Bogotá, utilizando como escenario el barrio San Bernardo. “Haber recreado ese espacio tan feérico, como de un sueño gigantesco... la cámara nos va dando esa extrañeza del lugar. Es un espacio absolutamente desconocido para esta mujer y puedes verlo en sus ojos, decir ‘¿qué es esto?’. Muchos espectadores también dirán ‘Dios mío, ¿dónde es eso?’. Lograr esas atmósferas con esa maestría fue la maravilla y el plus que necesitaba una historia tan verdadera como Volar”.
Jeiver Pinto confesó que la materialización de estos entornos respondió a una serie de exigencias muy estrictas que pusieron a prueba a su jefa de locaciones, Pilar Lara. El cineasta estructuró la narrativa visual de la película sobre tres obsesiones espaciales y conceptuales muy claras:
- Invisibilidad social: el refugio donde los niños construían su hogar debía ubicarse en un caño con tuberías reales, pero con una condición geográfica particular. “Tenían que estar los edificios cerca. Teníamos que tener a la sociedad cerca mirándolos para que fueran invisibles a esa sociedad, con unos edificios además bonitos, potentes y modernos”, explicó el realizador.
- La influencia del cine iraní: el director exigió la existencia de una montaña de basura real dentro de la composición visual. Esta elección estética buscaba emular la poética y el tratamiento de la marginalidad característicos del cine de directores de Irán.
- La energía del entorno: para las secuencias que recreaban el Bronx, Pinto rechazó la idea de un decorado netamente artificial y buscó un sector que albergara la misma carga social. La producción optó por rodar en el barrio San Bernardo, una zona de la capital que con los años ha asimilado dinámicas complejas de habitabilidad de calle.
Finalmente, el director señaló que otra de las directrices fundamentales para el equipo de arte y fotografía fue despojar a la película de marcas temporales evidentes. “Yo quería que la película, además, no fuera temporal, no tuviera un tiempo en el que tú digas ‘ah, es que esta película es de los 70, 80, 90 o 2000’, no, sino que fuera anacrónica”, concluyó Pinto.
A esta búsqueda de atemporalidad se sumó un estricto diseño de producción enfocado en la mimetización urbana. Para evitar que la dinámica propia de la capital se rompiera, el equipo de rodaje adoptó un esquema técnico sumamente portátil. “Teníamos que meternos en medio de la ciudad y en medio del caos y hacernos invisibles como los personajes para que la ciudad siguiera andando”, revela Pinto. El objetivo era que nadie identificara que se trataba de una filmación, permitiendo que el alma de los protagonistas fluyera de forma orgánica en un entorno hostil que operaba como una selva o un desierto asfáltico.
El silencio y el encierro corporal de Adriana Barraza
Para la experimentada actriz mexicana, quien acumula más de cinco décadas de trayectoria y una nominación al premio Óscar por Babel, Volar representó un desafío inédito dentro de su carrera. El reto principal se concentró en la severa limitación física de Alicia, un personaje cuyo cuerpo se encuentra atrapado en una dolorosa rigidez. Con la asistencia de un minucioso trabajo de prótesis en sus manos, Barraza debió articular la interpretación casi en su totalidad desde la gestualidad y la mirada.
“Poder tener la posibilidad de hacer esta mujer que realmente lo que tiene libre es su mente... Todo lo demás, todo su cuerpo, está ya encerrado en una cárcel de dolor físico muy duro. Hacer un personaje con esas características siempre es un reto en este entorno, llegar a tratar de hacer el personaje sin texto, sino más bien lo que ella estaba queriendo transmitir a través de su gestualidad, sus ojos. Ella no habla, y yo creo que también porque ya no quiere hablar, ya no tiene ganas. ¿Qué le va a decir al hijo?, ¿qué le va a decir a la que la cuida?, ¿qué le va a decir al niño que le roba? No hay nadie que la oiga”, expresa la actriz.
Esta desconexión total con el entorno llevó a la producción a explorar con delicadeza la compleja naturaleza del vínculo entre Alicia y el pequeño Alirio. Según Barraza, la trama muestra cómo ambos seres humanos se despojan de los conceptos preconcebidos para encontrarse a través de una necesidad mutua de afecto, comunidad y supervivencia.
La construcción sonora: del caos al minimalismo
La misma obsesión por el detalle que guió la selección de locaciones y el trabajo actoral se extendió a la postproducción de audio. El proceso de diseño sonoro tomó un periodo inusual de ocho meses bajo la dirección de Juan Pablo Martínez. Pinto detalla que la construcción musical atravesó un riguroso ejercicio de depuración: primero saturaron la cinta de elementos acústicos para luego despojarla paulatinamente de sonidos y música, buscando el pulso exacto que requería el largometraje.
Durante la etapa de montaje, la banda sonora utilizó como referencia temporal la atmósfera melancólica de Cucurrucucú Paloma en la versión de Caetano Veloso. Para consolidar una identidad propia, Martínez compuso una letra original, iniciando una exhaustiva búsqueda de la voz idónea. Aunque inicialmente el director buscó el timbre de un hombre anciano que evocara la vejez de Alirio, la búsqueda artística dio un giro definitivo gracias a la intervención de Daisy Marroquín, productora de la cinta.
Marroquín, mánager de la actriz y cantante colombiana Majida Issa (reconocida por su protagónico en La Ronca de Oro y por su interpretación teatral de Chavela Vargas), facilitó el acercamiento de la artista al proyecto. El estudio de grabación se convirtió en un espacio de experimentación donde construyeron la pieza desde la perspectiva de un personaje: la voz de Alicia rememorando su propia experiencia desde el pasado. “Llegamos al sentimiento de la canción y de la música y esto me llevó a los sonidos y a todos los detalles”, señala el realizador.
Ante el estreno nacional de la película, el pasado 4 de junio, tanto el director como la protagonista coinciden en que el propósito fundamental de Volar es suscitar un diálogo honesto y confrontar al espectador con realidades frecuentemente ignoradas por la sociedad.
Para Adriana Barraza, la obra plantea un cuestionamiento directo sobre la empatía hacia las poblaciones vulnerables: “¿Dónde estoy parado yo con respecto a estas dos masas de personas que son las personas vulnerables de la calle y los mayores de edad? ¿Qué hago por ellos? Ojalá que después de cuestionarse eso haya alguna acción... una comunicación, cualquier comunicación. Ojalá que eso pueda ser un botoncito que se abra para que florezca algo: la conmiseración, la empatía hacia estos dos grupos tan grandes de seres humanos olvidados”.
Pinto concluye reafirmando el carácter provocador de su ópera prima, concibiéndola como una pieza cinematográfica que renuncia a la autocomplacencia. “Para mí lo primero es que hablen lo que quieran, pero que hablen. Siento que esta película es una película que va a incomodar. Es una película que incomoda”, finaliza el realizador, entregando al público una producción donde el silencio, la crudeza y el afecto se entrelazan de manera indisoluble.
Sinopsis
Tres historias paralelas unidas por la soledad y el abandono en una sociedad que avanza sin sentirlos: Alirio (13) y Claudia (12) son habitantes de calle y compañeros inseparables que recorren las calles de la ciudad en el reciclaje y son invisibles al mundo. Mientras Alicia (70), una mujer de clase social alta, pasa sus días en una silla de ruedas en un parque esperando que pase el tiempo y la vida. Después de la desaparición forzosa de Claudia, Alirio para no hundirse en su soledad, secuestra a Alicia para vivir una aventura única en el Bronx de Bogotá. A pesar del peligro, Alirio logra sentir lo que es tener una mamá y Alicia a estar acompañada en su vida.
Isabel Peláez. Escribo, luego existo. Relatora de historias, sueños y personajes. Editora de cultura, entretenimiento y edición de contenidos digitales.
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