cultura
El hombre que perseguía dragones y encontró refugio en la música infantil
Jairo Ojeda, nacido en Mercaderes, Cauca, y residenciado en Cali, está considerado como el ‘Padre de la Canción Infantil Colombiana’. Sus temas son clásicos que han formado a generaciones durante más de cinco décadas. La Filbo le rinde homenaje.
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1 de may de 2026, 05:23 p. m.
Actualizado el 1 de may de 2026, 05:25 p. m.
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Diego León Giraldo, especial para El País
Jairo Ojeda, de 9 años, estuvo tres días sentado en un andén del mercado Cisneros, en Medellín, casi sin parpadear, sin comer, pasmado por la incertidumbre de no saber por dónde comenzar a buscar a las princesas que los ogros y dragones tenían secuestradas, según los cuentos que su hermano Eudoro le había regalado.
Allí lo había dejado el camión cargado con maíz que llegó de Mercaderes, Cauca, en el que, escondido, había viajado dos días para ir tras la aventura y tal vez, liberando a las princesas, volver a su pueblo con los 100 burros cargados de oro que le permitirían sacar de la pobreza a su mamá, Diomisiana, y a sus hermanos.
Ojeda tiene hoy 78 años, está considerado como el ‘Padre de la Canción Infantil Colombiana’ y es uno de los protagonistas de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo), donde se le rinde un homenaje en reconocimiento a su legado. Allí, además, lanzará su quinto libro: El elefante del circo prefiere soñar, una colección de 11 poemas que incluye QR con las partituras para musicalizarlos.
Con temas como Chontaduro maduro, Gotica de lluvia, La cocodrílica, Juguemos a la sombra y El granito de maíz, que están en sus álbumes entre los que se destacan los dos volúmenes de Todos podemos cantar, el músico está instalado en los más entrañables recuerdos de muchas generaciones.

La fabularia mayor
Jairo creció en una casa de techo de paja y piso de tierra, frente al caserón de su abuelo materno, Evaristo, que muerto de ira había desheredado a Diomisiana cuando a los 13 años se casó con tal de liberarse de la esclavitud a la que la tenía sometida, impidiéndole estudiar pues la obligaba a atender a los peones de las siete fincas que tenía. Como en el más intenso melodrama, el esposo falleció a los cinco años por tuberculosis y ella aprendió panadería para sostener a la muchachada.
Para evadir la realidad, Diomisiana -la fabularia mayor, como él la llama-, con las pocas herramientas intelectuales que tenía, usaba la fantasía para crearle a Jairo universos en los que mezclaba la imaginería campesina con relatos religiosos y cuentos tradicionales: “Me contaba que en el patio de la casa del abuelo, colindando con los maizales, nacía la luna. También, que en la vereda San Juanito, que queda en las montañas que se ven desde Mercaderes y donde vivían mis tíos, las casas eran tan altas que tocaban las nubes”.

Una de las entretenciones era aprenderse y recitar las oraciones y versículos que había en novenarios y estampitas. Diomisiana, como en un juego de naipes, lo hacía memorizar las figuritas y oraciones, recitarlas, ir descifrando la grafía y poco a poco entender los sonidos que producía el unir una letra con otra. Así aprendió a leer y también de matemáticas. “Fui privilegiado. Creo que era el único niño de Mercaderes con acceso a una biblioteca, pues mi tío Gerardo era el profesor del pueblo”, cuenta refiriéndose a su otro mentor y guía.
Su hermano Eudoro, que vivía en Popayán, le comenzó a enviar cuentos tradicionales de los Hermanos Grimm, donde todas las princesas eran rubias y lloraban desesperadas esperando ser rescatadas de torres custodiadas por monstruos de todo tipo. Fue entonces que, con esa imaginación desbordada, pensó que la manera de llenar los platos, siempre semivacíos a la hora de las comidas en su casa, era acabar con los malevos, salvar a las protagonistas de los cuentos y regresar con 100 burros cargados de oro.
La gran decepción
En el mercado de Cisneros, un viejo vendedor de frutas, intrigado tras verlo tres días sin moverse del mismo sitio, le ofreció un café con pan y le preguntó su historia. El niño Jairo se volvió indispensable para todos los comerciantes, cuidando puestos, atendiendo clientela, haciendo mandados.
Meses después, un vendedor intermunicipal de trastes lo convidó a irse a recorrer el país como su ayudante. Llegaron a Pereira y supo de las fincas recolectoras de café, donde supuestamente por un trabajo que no era tan agotador podría ganar un poco más. Mientras los demás llenaban varios sacos del grano, sus manitas apenas si lograban medio bulto en un largo día.
“Usted no sirve pa’ esto. Pero me dijeron que sabe leer y escribir”, le dijo el dueño de la finca en la vereda Esparta. Así se convirtió en el maestro de los tres hijos, incluso mayores que él, ante la ausencia de la profe que se había marchado asustada con la violencia bipartidista que asolaba la región. Al poco tiempo, el improvisado salón de clases estaba lleno con niños y jóvenes de fincas vecinas.
Ya habían pasado tres años cuando en un atardecer vio una silueta delgada de mujer que se acercaba y gritaba su nombre. Jairo corrió juagado en lágrimas al reconocer la voz de su mamá. El abrazo eterno, las palabras dulces sin reclamos de “está muy flaco mijo, camine pa’ la casa” y una alegría que se tiñó de decepción: “Fue el día más feliz pero el de mi mayor fracaso. Volvía a la casa, pero sin los 100 burros cargados de oro”, cuenta.
Ya en Mercaderes, lo mandaron a un internado en Tunía, donde un compañero tenía una guitarra que nunca accedió a prestarle. Por las noches, a escondidas, Jairo se iba a rasgar las cuerdas en el patio del colegio. Salieron sus primeros versos, historias sencillas de maizales, duendes y patasolas. Siempre fue el mejor estudiante, tanto que en una visita del Gobernador del Cauca, impresionado por su liderazgo, le ofreció una beca para estudiar lo que quisiera. “No haga caso de promesas de políticos, usted lo que tiene es que trabajar”, le dijo Diomisiana.
De vuelta a donde el Gobernador, rechazó la beca y le pidió trabajo. Lo mandaron de profesor a Coconucos, donde una comunidad indígena. Fueron los días más felices, aprendiendo de sus cosmogonías, respetando aún más la naturaleza y gozando de la vida sencilla.
A los 18 se fue para Bogotá. Allí terminó los dos años de secundaria que le faltaban y supo que eso que tanto le gustaba tenía que ver con la antropología. En la Universidad Nacional, mientras estudiaba y seguía escribiendo versos, también se contagió de los ímpetus revolucionarios de comienzos de los 70: “Yo tenía todas las condiciones para entender el sentido de esa lucha”.
A la par, consiguió trabajo como profesor de tercero de primaria. Con permiso del director, dictaba clases en el parque frente al colegio. “Me di cuenta de que la precariedad del lenguaje de los niños era la mayor causa de las dificultades de aprendizaje. Me propuse enriquecerlos lingüísticamente”. En sus clases recolectaba historias vivas, en charlas a las que invitaba a sus alumnos con la tendera, el vendedor ambulante, el lechero, el carnicero, la peluquera, el barrendero. Luego los niños creaban relatos, que fueron la semilla de las primeras verdaderas canciones de Ojeda.

El actor Jaime Barbini, papá de uno de sus alumnos, lo quiso conocer: “He visto mucho progreso en mi hijo y además llega con unas canciones muy bonitas y que no conocía. Le gustaría grabarlas”. Como no era conocido y nadie quiso prestar su voz, el primer álbum titulado Todos podemos cantar fue cantado por Hitayosara, su primogénita, en 1976. El éxito fue instantáneo, al poco tiempo nació el segundo volumen con nuevos temas y el tercer disco se hizo financiado por la Unicef.
Actualmente, el cantautor vive en el sur de Cali, en el barrio Pampalinda, tiene cinco hijos, tres nietos, una compañera y muchos temas que son parte de la formación de decenas de generaciones que aprendieron a ver el mundo con la magia del arte. Además, en Santander de Quilichao, Cauca, tiene una imprenta manual, en la que imprime textos que salen de las vivencias de los niños de primera infancia, con sus maneras de hablar, preguntas, sueños y necesidades.
El concepto, original del pedagogo francés Célestin Freinet, en los 80, propuso transformar a los alumnos en creadores activos de conocimiento. Jairo armó su imprenta, con herramientas básicas y moldes de letras hechos en madera.
“El país que queremos se construye fundamentalmente en la primera infancia -dice-. Ahí se marca el rumbo de cualquier persona. Priorizar la formación en esa etapa es la mejor inversión que puede hacer una sociedad”.
Además del reconocimiento en la Filbo, ha recibido homenajes en Brasil, Uruguay y otros países latinoamericanos. Jairo sonríe al recordar sus aventuras para concluir que después de tanto recorrer y buscar princesas rubias, se dio cuenta de que en su pueblo, en el Macizo Colombiano, estaba rodeado de princesas, heroínas como su mamá, pero de pelos negros y ojos oscuros.
¿Qué piensa de esa tendencia de muchos padres de deshacerse de los niños y dejárselos a Internet?
Eso demuestra que no se acepta al niño como es realmente. Esa negación hace mucho daño, pues la condición humana es frágil y sensible. A veces, por la miseria y la incultura en la concepción de lo que es un niño, se le niega su naturaleza, carácter y personalidad. En esa etapa se forma el yo, para tener una visión crítica de la vida.
¿Cómo acercarse a los niños sin tratarlos como personas con deficiencias?
Depende de la concepción del niño y de individuo social que se tenga. Cada etapa es fundamental y debe ser bien tratada. Hay que escuchar.
¿Para qué sirve una canción?
Una canción es estructura rítmica, melódica, con un contenido intencional en su letra, motivaciones y acciones. Eso lo acerca al texto literario. Para un niño tan pequeño, que generalmente no es tan buen lector, significa la palabra encantada envuelta en papel de regalo. Generalmente se usa solo de manera recreativa, pero hay que aprovecharla pues sus mensajes motivan.
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