Mario Mendoza y su resistencia civil a través de la escritura

Mario Mendoza y su resistencia civil a través de la escritura

Septiembre 25, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos / Periodista de Gaceta
Mario Mendoza y su resistencia civil a través de la escritura

Escritor Mario Mendoza.

En los días del fin de la guerra, Mario Mendoza le recuerda al país un nuevo reto: mezclarse. Que los estratos viajen, circulen, se conozcan entre ellos para formar una colectividad más potente. "El problema ahora no es la guerrilla. Somos nosotros", dice.

I ESPEJO

Mario Mendoza comenzó a sufrir por algo que parece simple pero que en realidad  puede ser toda una tragedia: no conseguir ropa. Entrar a los almacenes y no encontrar la talla adecuada. Mario irremediablemente nunca va a ser flaco. Si lo intentara, si quisiera ser delgado, sería como ir en contra de sí mismo, de su propia genética. Eso no significa que él crea que ser obeso es una maravilla, por supuesto,  o que haya que andar por ahí descuidado. Pero es un hecho que nunca tendrá los abdominales marcados y el cuerpo que patrocinan los últimos maniquíes.

- Tengo que buscar ropa acorde a mi cuerpo y tengo el derecho a encontrarla. Es democracia. Y resulta que no: no la encuentro.

Lo que encuentra es la mirada de los vendedores en los almacenes que sin decírselo le dicen: este lugar no es para usted. 

Y además, frente al espejo, Mario descubrió que envejecía. Y envejecer significa hacer una especie de disociación esquizofrénica: verse  y pensar que ese cuerpo no corresponde. No corresponden las canas, las arrugas, las ojeras, la flacidez,  con lo que se lleva adentro: un espíritu sin achaques.

Porque Mario sigue mamando gallo, sigue leyendo, escribiendo, viajando. Por dentro se siente intacto, potente. Afuera no. Una  gripa lo puede retener en casa 15 días.

Mario de alguna manera pasó a sentir lo que siente el personaje de una de sus novelas, ‘Lady Masacre’, una chica trans: tener la sensación de que se vive en un cuerpo ajeno. Un cuerpo que a los 52 años, como es su caso, comienza a deformarse.  

Mario pensaba en ello y recordó a un amigo suyo que era  deforme,  jorobado, enano, excluido  del estereotipo, y del que tenía algunas anotaciones. Entonces comenzó a escribir su más reciente novela: ‘La melancolía de los feos’.

II ESCRITORIO

En su escritorio, Mario tenía a la mano la biografía de Joseph Carey Merrick, ‘El Hombre Elefante’, un inglés que se hizo famoso debido a las malformaciones que padeció desde niño.  Merrick tenía el Síndrome de Proteus, una enfermedad llamada así por Proteo, el dios griego que podía cambiar de forma. 

La mano derecha de Merrick era gigantesca, y en su cara, dorso y espalda tenía tantos tumores que lo condenaron a ganarse la vida como rareza de circo. Merrick quiso entonces vivir en un asilo para ciegos; que nadie lo pudiera ver.  

También, en el escritorio, Mario tenía la historia del poeta mexicano Jorge Cuesta, quien tuvo una obsesión: convertirse en mujer. Incluso se castró. Se quitó de tajo el pene y los testículos.

A un costado de la mesa de trabajo Mario ubicó  la foto de Mohamed Bouazizi, un vendedor de frutas  tunecino que se inmoló en 2010 después de que le confiscaran su  puesto de ventas. Ese gesto, quemarse para resistir, despertó a la gente, activó una revolución: la protesta masiva que provocó la huida del dictador Zine El Abidine Ben. Llevaba 23 años en el poder. Bouazizi es llamado el padre de la Revolución tunecina.

En el escritorio  estaba también  la  semblanza  de  los hermanos Collyer, dos estadounidenses millonarios, 

famosos por convertir su mansión en un gran basurero. Acumuladores compulsivos, llegaron tener 200 toneladas de objetos que no servían para nada, sobre todo periódicos.  Cuando los encontraron muertos, los cuerpos tenían mordeduras de ratas.

Mario tenía la intención de construir un personaje, Alfonso, que viviera al borde de la sociedad, un excluido, un ‘outsider’: los que permanecen en la periferia de las normas, como todos los anteriores. Y sin embargo, en la ficción y a veces en la vida real, los ‘outsiders’  redimen al mundo. 

Todo ello atravesado por la melancolía, que es un estado, dice Mario citando a Jung, para bajar a los infiernos y purificarnos.

Aunque quizá el libro más importante que tenía en su mesa de trabajo fue uno que a Mario le cambió por completo la perspectiva de esta época: ‘La sociedad del cansancio’,  del filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

[[nid:579354;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/09/p8gacetasep25-16n2photo03.jpg;left;{El libro 'La melancolía de los feos' del escritor Mario Mendoza. Especial para GACETA}]]- Yo me di cuenta de que todo eso de no encajar, de no estar satisfechos con el cuerpo, tiene que ver también con una melancolía que se extiende a nivel general por el cansancio. Es decir: primero nos vendieron la sociedad del rendimiento; los gimnasios, la delgadez, tú puedes, esfuérzate, autoayuda, éxito, triunfo, belleza. Y ahora estamos en lo que nos dejó eso: la sociedad de la fatiga. Ya no nos podemos levantar de la cama. Apenas tenemos una mañana libre nos quedamos haciendo zapping, felices. No queremos contestar el teléfono, dormimos, nos despertamos, nos volvemos a dormir, no queremos salir a la calle, ni siquiera nos bañamos. Y yo creo que de alguna manera todos estamos así. Entonces me pregunté: ¿Qué significa una sociedad melancólica por fatiga? ¿Qué significa ser un ‘outsider’, corporal y espiritual, en medio de esta locura? Y allí entró Alfonso, el protagonista de la novela, en toda su fuerza.

III LA CÁMARA

Mario pensó al principio que sería médico. Incluso vio algunas clases con su padre, un hombre de ciencia que siempre contaba feliz que había rajado a su hijo en la materia. Mario sonríe cuando lo recuerda. Su padre era el bastión, su imagen sagrada. Un hombre tan grande y tan fuerte que parecía eterno. Sin embargo, a los pocos meses de que le llegara a Mario su gran reconocimiento como escritor, el premio Seix Barral por  su novela ‘Satanás’, su padre enfermó y murió. Mario tenía 38. Entró en depresión.  Le costó  años  salir de ahí.

El ego que pudo haberle generado el premio lo doblegó el dolor. Es imposible ser un ególatra y estar deprimido al mismo tiempo. Así que Mario forjó su carácter a golpes, dominó el ego a golpes. No somos nada, finalmente. Y del ego también habla la novela.

El eje de todo el capitalismo es el ego, dice Mario. De ahí tantos cursos de liderazgo: vamos a enseñarles a los jóvenes a ser líderes, a ser exitosos, ganadores. Y eso es peligroso. Se le empieza a introducir  al otro una idea terrible: tú no eres como los demás. Tú estás para grandes cosas. Tú tienes que dar ordenes, alcanzar grandes escaños. Es una trampa muy eficaz en la que todos caemos. También, de paso, nos obligan a ser bellos, a vestirnos mejor, a tener lo último. Así se sostiene el capitalismo. 

El problema es que poco a poco la vida nos  pone en nuestro lugar, en nuestra  justa posición. Y ahí la depresión es terrible. La depresión es la enfermedad de nuestro tiempo: tiene que ver con la desilusión del ego, de las expectativas que yo mismo puse en mí y que al final no se cumplieron.

Para los bellos, las bellas, o para quienes hacen apología de la belleza, todo es aún peor. Porque primero se mantiene la belleza con cirugías, cremas, ropa costosa, el gimnasio, las dietas. Primero se está prisionero de esa cárcel. Después llega la depresión. El paso del tiempo es inexorable. No perdona a nadie, se pierde esa belleza de la que se está perdidamente enamorado. Debe ser una angustia terrible el envejecimiento de los que aman ser bellos en esta, la era de las selfies, que son  el alimento del ego.

En los tiempos en los que Mario era un adolescente a nadie se le ocurría voltear la cámara para tomarse una foto a sí mismo. Era absurdo. La mirada estaba puesta al contrario: en el otro, en los demás, el resto del mundo. El girar la cámara hacia nosotros mismos  muestra el eje de todo el capitalismo. 

 -Ojalá no entráramos en ese ego.  Entender desde el principio que no soy nadie, no soy nada. Si tuviera que dar cursos, daría cursos de antiliderazgo. De: fresco, relájese, usted es una persona común y corriente. Haga la fila como todo el mundo. No se angustie por figurar ni sobresalir, no busque   cambiar el mundo, ni a la humanidad, ni nada.  Lo que necesitamos es más gente que sepa trabajar en equipo. Cooperativismo. Pero eso se logra cuando nadie llega a dar ordenes, a que el otro se adapte a él, no, sino que entre todos nos escuchemos y definamos para dónde agarramos. Gente que sepa trabajar en equipo es gente que tiene el ego controlado, que sabe avanzar colectivamente, sin imponerse. A mí me parece que ese es el camino correcto pensando en este nuevo país que se nos va a venir, tras el acuerdo con la guerrilla. Si algo necesitamos es trabajo en equipo, que es un antivalor del capitalismo.

[[nid:579355;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/270x/2016/09/p8gacetasep25-16n2photo01.jpg;left;{Mario en una de su visitas a Biblioghetto, la biblioteca ambulante en el barrio Petecuy.Especial para GACETA}]]En la última página de ‘La melancolía de los feos’,  Mario escribió: “Escribir es resistir”. Es también lo que hace con su blog: Proyecto Frankenstein. A Mario le pareció preciosa la metáfora de Víctor Frankenstein: recoger cuerpos, pedazos de cuerpos que están botados por ahí, y unirlos para crear vida. Mario sentía que él mismo, y quizás sus lectores, eran  esos miembros esparcidos que no significában mayor cosa para la sociedad,  que estaban botados como cadáveres en un rincón, o deprimidos, o solos, o pobres, o feos, o lo que sea. Mario y sus lectores  tienen un costado de ‘outsiders’ y él se propuso recoger a  cada cuerpo, cada pedazo, hasta armar un transformer potente: la metáfora de la resistencia civil.

“Ese trabajo solitario que hace Gustavo Andrés Gutiérrez con Biblioghetto en Petecuy, fomentar la literatura en las calle, es lo que debería hacer Cali. Debería ser un proyecto de ciudad”.
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