Jerry González, el genio de la trompeta que visitará Ajazzgo

Jerry González, el genio de la trompeta que visitará Ajazzgo

Septiembre 07, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Richard Yory | Especial para GACETA
Jerry González, el genio de la trompeta que visitará Ajazzgo

Nacido en Nueva York, a sus 65 años Jerry González está radicado hoy en día en España, donde comparte su vida y su música junto a su pequeña bebé de un mes de nacida.

Justo cuando cumple 50 años de vida artística, Jerry González regresa a Cali con su banda El Comando de la Clave. Richard Yory, su mejor amigo colombiano, que compartió junto al músico en Nueva York, lo retrata en estas líneas.

Sería por allá, en el año 82, cuando comenzó todo esto. Una familia vecina a la mía, en Palmira, hacía sonar casi todos los días los discos de una agrupación desconocida hasta entonces para mí, un pelado de no más de 12 años, que había crecido arrullado por la colección de música clásica y óperas de mi padre, el piano vertical de María Torres, mi mamá; los clásicos de La Sonora Matancera que escuchábamos en casa de mi amigo John Solarte, la guitarra rebelde de mi hermano Carlos, que interpretaba ‘Samba pa’ ti’, de Santana, y los casetes con pachangas de Joe Quijano que hacía sonar Gloria, una enfermera amorosa que cuidaba de mi abuelo ciego. Era el Conjunto Libre, me explicaron. Y había sido fundada en los 70 por el genial percusionista estadounidense Manny Oquendo, el timbalero más bravo de todo Nueva York, entre otros junto a dos hermanos blancos de apellido González, neuyorquinos y de ojos claros, toda una novedad en una música dominada por negros: Andy, el menor, en el bajo, y Jerry, algunas veces en las congas y muchas más en la trompeta.Sonaban distinto a todo lo que se escuchaba por entonces. Luego lo entendí: músicos como ellos hacían fuerte resistencia a la hegemonía impuesta por Jerry Masucci con el sello Fania Records en la industria de la música latina. Era como la otra salsa, la que no estaba manipulada. Desde esa revelación, Manny, Jerry y Andy fueron convirtiéndose en una especie de héroes para mí. Imagínese: hacerle resistencia, y con música de la buena, a un tipo que quiso apoderarse de toda la industria, pues además de Fania, hizo todo lo que estuvo al alcance de sus dólares para comprar los sellos disqueros que le hacían competencia como Inca y Alegre. Todos sabían que Masucci tenía el poder de decidir qué podía sonar y qué no. Se decía que los músicos que no trabajaban para él no podrían brillar. Pero el Conjunto Libre lo hizo y su música, pese a lo difícil que resultaba conseguirla, fue haciéndose de culto entre jóvenes como yo que nos la ingeniábamos para atesorarla, preguntando aquí o allá. Lo mismo habían logrado los hermanos Palmieri. Junto a ellos habían trabajado también los hermanos González. De ese momento conservo un disco de Charlie Palmieri, ‘Sentido’, en el que Jerry graba las congas y el hermano, su inseparable bajo. Manny en el bongó. ¡Una locura!También habían tocado para Ray Barreto y Tito Puente. Lo sabíamos quienes teníamos esa liturgia especial de comprar un vinilo para entonces fijarnos, en la contraportada, en la lista de músicos que hacían parte de las grabaciones. Cuando conocí al Conjunto Libre pasó exactamente eso. Atrapado por esa sonoridad tan distinta, me asomé a los discos para saber quiénes la interpretaban. Y descubrí, para mi sorpresa, que no era ninguno de los que había escuchado hasta entonces. Se llamaba Conjunto Libre justamente por la libertad que se permitían esos músicos para interpretar. A su modo: cada canción podía durar hasta 8 minutos. Era improvisación sabrosa. Era como jazz, pero en tiempo de salsa.Fue con esos discos que aprendí a reconocer el estilo Jerry González. Porque cuando sos un melómano y te tomás el trabajo de estudiar los estilos, aprendés a reconocer los toques de los músicos, sobre todo los que son de tu devoción. Y el de Jerry se me fue haciendo inconfundible.Con los hermanos González me seducía el hecho de escuchar a unos hippies blancos, rubios, altos, que hacían música de negros. Siempre me inquietó por qué no eran como los otros, los de los barrios duros y pobres. Ellos habían nacido en Nueva York, hijos de esos primeros inmigrantes que llegaron a Estados Unidos, en los años 30, desde Puerto Rico buscando tiempos mejores. Eran gringos, sí, pero llevaban consigo la esencia latina. La clave. La sabrosura. La bomba y la plena de Alto Trujillo, la tierra de sus padres. Sonaban tal como en ese primer disco que me regaló mi madre, comprado en Estados Unidos en el 82, ‘On Broadway’, el álbum perfecto de Tito Puente, que se quedó con un Grammy ese año. Yo ya había caído rendido ante tipos como Cal Tjader, un vibrafonista excepcional, y como Mongo Santamaría. Era un adolescente para entonces y ya estaba enfermo de salsa y de latin jazz. Fue así como Gary Domínguez me recibió en su Taberna Latina cuando yo solo tenía 15 años. Allí trabajé tres. Después lo hice en otros sitios, siempre de discómano, hasta que, como canta el Gran Combo, quise irme a vivir un verano en Nueva York. Fue allá, justamente, en 1991, que vi por primera vez en vivo y en directo un toque de Jerry y de su hermano. Jerry se me hizo imponente, deslumbrante. Los dos sonaban muy afro. Sobre esa tarima y con ellos toda esa tradición que conocen de sobra: la historia de la música latina en Estados Unidos, los orígenes de la música puertorriqueña folclórica y la música cubana de los 30. Tocaban y mostraban un conocimiento increíble de todo eso. Ese sonido se me antojó igual de poderoso al que estaba prensado en los vinilos que tanto había escuchado en la juventud. A ver si me explico: es como si fueras un cinéfilo consumado y de repente te encontraras con Sean Connery o Marlon Brando, algo así. Es que aquellos no eran los tiempos de YouTube, donde los artistas te aparecen en la pantalla de un computador con solo dar su nombre en un buscador. Por esos días te enamorabas de la música y de quienes la hacían solo con lo que sonaba en esos vinilos. No había otra forma. Un año más tarde, partí desde Cali rumbo a Bogotá para ver The Fort Apache, la mítica banda de Jerry, en el Teatro Libre de Chapinero en el marco del Festival de Jazz de Bogotá. Se presentaron dos días seguidos y yo fui a ambas presentaciones.Aquellas noches me sentí derrotado por el pudor y no me atreví a acercarme para saludarlo. Temía quedar como un impertinente. Pero, de regreso a Cali, en el aeropuerto El Dorado, alcancé a ver a los dos hermanos con su agrupación. Jerry a lo lejos, Andy comiéndose un helado. Me acerqué a este último, me presenté y le enseñé la camiseta del Conjunto Libre con la que me había vestido. El tipo sonrió, me regaló un libro autografiado por él y la promesa de una amistad.Desde entonces, no solo me hice amigo de los hermanos González, sino que comencé a acariciar el sueño de traerlos a Cali, que ya para entonces, en este nuevo siglo, había comenzado a cultivar un fino gusto por el jazz. La cita fue en el año 2002, con la complicidad de Payán y Diego Pombo y la Asociación Jazz Libre. Poco tiempo antes, el director español Fernando Trueba nos había regalado a los enamorados del jazz latino su documental ‘Calle 54’, que había redescubierto a músicos como Jerry González para el gran público. La gente en Cali no lo podía creer. Pero allí estuvo Jerry, con su trompeta, con sus congas, en el Teatro Municipal. Y arrancó su concierto como debía: con ‘Earth dance’, la misma melodía que interpretó ante las cámaras de Trueba.Jerry quiso quedarse cinco días más. Probó la comida caleña, le maravilló la acidez deliciosa del lulo y el cholado del Parque Panamericano, se enamoró del clima y comprobó el temperamento salsero de esta ciudad. Era el mismo Jerry González de ‘Ya yo me curé’, su primer álbum en solitario, un verdadero experimento, grabado en 1979, y que nos mostró a un músico solvente en eso de mezclar ‘be bop’ con rumba cubana y algunas dosis de John Coltrane. El mismo, también, con el que yo había compartido tantos días en Nueva York, allá en su apartamento pequeño del Village, en la 231 Thompson St, del bajo Manhattan. Verdaderos días de delirio. Una vez, sin posibilidades de seguirme hospedando en el apartamento que me había recibido en esa ciudad, llamé a Jerry y él me ofreció un sofá de su apartamento. Desde ahí, muchas noches, lo escuchaba largas horas tocar su trompeta hasta la madrugada. Sin parar. Con desenfreno. Tal cual es él. Otras veces me atrevía a prender mi videograbadora delante suyo para preguntarle, por ejemplo, cómo había ocurrido aquello de que el genial Dizzy Gilliespie, en persona, hubiese ido a buscarlo a su casa para pedirle que grabara junto a él pues estaba interesado en explorar el jazz latino. Y él hablaba por ratos. Y por ratos también tocaba. Y contaba que sí, que el mismísimo Dizzy había ido a su puerta en compañía de Teddy Rick, un productor del sello Saboy. Jerry, que no tendría más de 20 años, y su hermano dijeron sí y se quedaron con Dizzy y su gente por un año: Jerry en las congas y Andy, claro, en el bajo.Porque el bautizo musical de Jerry fue con Dizzy. Su maestro fue Manny Oquendo y dice haber aprendido también de Palmieri, aunque al final saliera corriendo pues, aún hoy, me dice que el pianista y compositor era casi un “explotador”. Fueron largas noches en las que Jerry también me habló de Puente, otro de sus grandes mentores; de Justo Betancourt, de la Orquesta Flaboyam, de Barreto y de eso que se llamó Grupo Folclórico Experimental Nuevayorquino, donde bebieron de todo el folclor del Caribe para hacerlo sonar en las noches de la Gran Manzana. A la par se daría lo del Conjunto Libre. Año 74. Ya en el 79, con ‘Yo ya me curé’, él y su hermano eran verdaderas figuras.Le pregunté por qué el nombre de Fort Apache. Y él, entre risas, decía que lo había tomado del nombre mismo del sector del Bronx donde ensayaba con músicos como Milton Cardona, Nicky Marrero, Hilton Ruiz, Franky Rodríguez, Papo Vásquez, Jorge Dalto, Steve Turre y Vincent George, y que la Policía de Nueva York había bautizado de esa manera por lo peligroso de sus calles. Le pregunté por El comando de la Clave, el grupo con el que se presentará este año en Ajazzgo, por ‘Retrato de Jenny’, el álbum que grabara junto a Dizzy. Le hablé de cómo ‘On Broadway’, ese álbum donde él participó junto a Puente, había sido tan definitivo en mi vida. Hablamos de ‘Impulso’, de Charlie Palmieri, de lo que grabó con Bobby Pauneto. De cómo él había conseguido salvarse de Vietnam tras recordar el pasaje de una biografía de Malcom X en el que este narra que se hizo pasar por loco y tomó por el cuello al médico que hacía el examen físico de todos los jóvenes convocados para la guerra. Esas grabaciones aún existen. Comenzaban en la noche y la luz del día se va dibujando sobre Jerry porque el amanecer nos sorprendía conversando. Recordando.Hoy sigo creyendo que quizás algo de esa locura era cierta. Jerry, a sus 65 años, y con Julia, su pequeña bebé de meses de nacida, es como un pequeño niño genio de la música. Un pequeño niño genio que este año, justamente, cumple medio siglo de latin jazz, de salsa, de ‘be bop’. Lo hice caer en cuenta de eso hace poco. ¡Cómo ha pasado el tiempo!, dijo. No ha pasado, creo. Allí, por mucho tiempo, seguirá Jerry Gonzalez, ese loco genial, encorvado sobre su trompeta “hasta hacerla llorar”, como bien entendió el guitarrista flamenco Niño Josele.

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