Así es un día con Carolina Rubio, modelo de artes plásticas

Febrero 21, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-21 Por:
Por Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País.
Así es un día con Carolina Rubio, modelo de artes plásticas

Carolina Rubio, modelando en una clase de escultura. La sesión puede tardar dos horas.

El oficio de modelar para artistas puede resultar doloroso, no solo por las poses difíciles sino también por la mirada machista de la sociedad.

Ser modelo de artes plásticas puede resultar  doloroso. Hay poses tan difíciles que a los cinco, diez minutos, el cuerpo comienza a temblar. Y hay que soportarlo durante, digamos, media hora. En no moverse demasiado está, en parte, la diferencia entre un modelo profesional y un principiante o quien se dedique al oficio solo por dinero. 

En esta ocasión, por fortuna para ella,  la pose es sencilla. Carolina Rubio está acostada boca abajo en una mesa de madera a la que le han puesto una sábana blanca. Su pie derecho está apoyado sobre su pantorrilla izquierda. Su mentón lo ubica sobre sus brazos entrecruzados, que le sirven de almohada. Por momentos, cierra los ojos. Como si en vez de posar, meditara.

Cuando llega a ese estado de relajación, a veces le sucede, experimenta una especie de flashback de las miradas de los estudiantes de pintura. Recuerda el movimiento de la cabeza de cada uno, que miran su cuerpo desnudo y enseguida vuelven al caballete, una y otra vez, durante las dos horas que dura una sesión. Como si en vez de artistas aprendices, fueran espectadores de un partido de tenis. 

Se puede llegar a dominar tanto el arte de posar, que te puedes dormir sin que cambies de pose, me había contado ella un miércoles de finales de diciembre, en la cafetería de la Biblioteca Departamental.

Por su seguridad, cuando la contactan desconocidos por redes sociales para ofrecerle un proyecto, posar para una escultura, una pintura, participar en un performance, hacer una sesión de fotos, tiene como regla citarse en lugares públicos. 

Tampoco posa en la casa de nadie, mucho menos en una sala o en una habitación. Siempre lo hace o en salones de clase, en la calle si se trata de una intervención artística urbana, o como en este momento, en el taller de pintura del maestro Polo, ubicado en el barrio San Antonio. Carolina suda.  

Anthony Echeverry, el maestro en artes plásticas que dirige la clase de pintura de este sábado, dice que desde siempre se ha utilizado el modelo en el arte. Cuando se pintaba sobre rocas incluso,  dentro de las cuevas, el hombre necesitó la imagen del cuerpo para reconocerse a sí mismo.

Además, la figura humana es un eje trascendental para el pintor. La expresión del modelo le da la opción de elucubrar alrededor de la obra, interpretar algo nuevo.

El modelo ofrece tonos, formas, emociones, sentimientos, proporciones o desproporciones, situaciones reales del ser humano: felicidad, dolor, sexualidad, miedo, vergüenza. Algo que no logra ofrecer una fotografía o una proyección. Siendo así, el resultado sería muy frío. Un frío que el espectador percibirá inevitablemente. Carolina descansa. 

Se hizo modelo cuando estudiaba arte dramático en el Instituto Popular de Cultura.  En la institución se abrió una vacante, después de que una de las modelos que trabajaba tiempo completo se jubilara. El director le hizo una prueba, que consistió en una sesión de tres horas  de anatomía y figura humana. Probó, sobre todo, su resistencia física, una de las cualidades imprescindibles en un  modelo de artes.  A Carolina todo le resultó tan natural... Casi todo.

Enseguida la contrataron, aunque en sus primeros desnudos sudaba a goterones  por el miedo, la vergüenza de despojarse ante desconocidos. Después se fue preguntando por qué esas tensiones innecesarias, esas tensiones parásitas. Por qué el miedo, el sudor, la vergüenza. Modelar fue una manera de descubrirse.

Comenzó a trabajar con el IPC y también con universidades de la ciudad. A veces, la vida de una modelo de artes plásticas puede parecerse a la de un profesor, de hecho.

Tiene unos horarios establecidos, unas clases a las que debe asistir puntualmente, solo que en vez de dictar una charla sobre, por ejemplo, la historia del arte,  posa desnuda durante dos horas para los artistas. 

Otras veces, sin embargo,  cuando no se está contratado por ninguna institución, la vida de un modelo de artes plásticas puede ser tan incierta coma la del reportero free lance.

La modelo hace una lista de contactos, realiza proyectos por su cuenta, da a conocer su trabajo en las redes sociales, y espera a que suene el teléfono o que entre  un correo electrónico con una propuesta. Pero pueden pasar semanas para que eso suceda. O puede ocurrir que solo diez días después de haber tenido a su hijo, deba posar.

En ese caso no aplica Ley de Maternidad ni nada por el estilo. La libertad laboral implica cierta desprotección. La hija de Carolina se llama Sara Luna. 

Pese a todo, el modelaje de artes plásticas es un oficio que te permite apañártelas para vivir. 

Hilda Ruiz,  una de las actrices de la película ‘La Tierra y la sombra’, ganadora de la Cámara de Oro del Festival de Cannes, es también  modelo de artistas. Trabajó para el Instituto Popular de Cultura. 

Si pudo hacer teatro desde el año 68 fue gracias a lo que ganaba modelando. A sus 78 años lo sigue haciendo porque,  entre otras cosas,  la siguen llamando. Los pintores descubrieron en ella algo que desconocía: pese a su escasa estatura, las proporciones de su cuerpo son perfectas para una obra de arte. Además tiene una gran capacidad de transmitir emociones. Como si en vez de posar, en realidad actuara.

Tal vez por eso  la mayoría de los modelos de artes plásticas tienen experiencia en el teatro. Como el actor con su público, el modelo debe conectarse con el pintor, mostrar la condición humana, desnudar cuerpo y alma,  para ayudarle a solucionar los problemas que le plantea la obra. Así que asuntos como  la belleza estandarizada que vende  la publicidad, o la obligación de ser joven, no interesan en lo más mínimo en este oficio. Carolina tiene 30 años. 

Ahora, sobre la mesa de madera, cambia de pose. De pie, sujeta unas cuerdas de cabuya que cuelgan del techo. Pese a no haber pasado nunca por  un gimnasio o un quirófano para hacerse una cirugía estética, tiene un cuerpo tonificado, esbelto, atlético, natural. Es el cuerpo de quien, como ella, recorre la ciudad a diario en bicicleta. 

Cuando le contó a su familia que quería ser modelo de artes plásticas, tuvo que conversar con sus hermanos durante largo rato sobre el trabajo. No entendían por  qué se tenía que desnudar, ser mirada por otros. 

Lo mismo le sucedió con muchas de sus parejas, que no soportaron lo que ella hacía para ganarse la vida, se fueron.  En una sociedad machista, ser modelo de artes plásticas puede resultar, efectivamente, muy doloroso. 

Cuando en la ciudad  se comenzaron a dar las primeras clases de dibujo con modelos desnudos hubo problemas, incluso.

 El curador Miguel González recuerda  que tuvo que ir el Arzobispo a echar la bendición en la Escuela de Bellas Artes, dar el permiso para las clases con modelos, solo después de que el fundador del Conservatorio,  Antonio María  Valencia, lo convenciera de que esa era una forma de enseñar arte tan antigua como el Renacimiento. 

Carolina convenció a su familia llevando a casa los bocetos que hacían los estudiantes. Les explicó que la desnudez que se expone en un salón de clases no es la misma desnudez de la sensualidad, de la provocación, de cuando se busca un acto sexual. Es una desnudez que va más allá del cuerpo. Es un cuerpo que simboliza  una expresión de luz, de sombra, un objeto de aprendizaje que, en la mayoría de los casos, elimina la mirada lasciva.

Cuando Carolina entra en ese estado de relajación y piensa, como si viera una película, un flashback, en la mirada de los artistas sobre su cuerpo, también las identifica. Si se siente irrespetada por alguien - le ha sucedido en un par de ocasiones - pide que se retire. Porque su misión como modelo es educar la mirada. 

Ella se despoja de sus vestiduras no porque quiera que le vean los senos, las piernas, su torso. Finalmente no hace parte de la industria de los cuerpos utilizados para la provocación. Si se desnuda es para que, además de ayudar a crear una obra, la sociedad aprecie  el cuerpo humano, nos aceptemos como somos, no importa  si somos altos o bajos, gordos o flacos. 

La sociedad, dice Carolina, nos está enseñando a amar un camuflaje, los senos con siliconas, los labios inyectados, los músculos formados con esteroides, y en cambio no nos enseña a apreciar la diversidad de cuerpos, de formas,  tantas maneras de  ser y mirar el mundo. 

Por eso en el modelaje de artes plásticas nadie se maquilla, nadie se opera, sino que se promueve   que la mujer o el hombre descubra su esencia, se acepte sin necesidad de artilugios. 

En el taller todos miramos a Carolina como estudiantes de biología a una planta: un cuerpo en estudio.  

 

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