Política
Presidenciales 2026: el naufragio del centro y el choque definitivo entre derecha e izquierda
Esta elección terminó reducida a un enfrentamiento entre dos grandes corrientes doctrinales: una visión progresista de izquierda y una de derecha dividida y fragmentada.
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias

26 de may de 2026, 09:37 p. m.
Actualizado el 26 de may de 2026, 09:37 p. m.
Por: Néstor Raúl Quiroz Céspedes, docente e investigador universitario
La política colombiana volvió a demostrar que, al final, las campañas presidenciales no se ganan únicamente con publicidad, discursos o estructuras burocráticas. Se ganan interpretando el miedo colectivo, administrando la indignación social y entendiendo el agotamiento institucional de un país que lleva décadas moviéndose entre promesas de transformación y nostalgias de autoridad.
A unos días de la primera vuelta presidencial, Colombia entra en la etapa más sensible de la contienda electoral. Ya no hay espacio para improvisaciones retóricas ni para estrategias de posicionamiento tardío. Lo que queda es la consolidación emocional del voto, la fidelización de las bases y el intento desesperado de capturar ese porcentaje silencioso de ciudadanos que aún no encuentra representación política real.
Las campañas presidenciales de Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella terminaron convirtiéndose, en esencia, en tres interpretaciones distintas del Estado colombiano contemporáneo. Tres lecturas diferentes sobre el orden, la legitimidad institucional, la seguridad, la economía y el futuro de la democracia.
Iván Cepeda entendió algo que muchos sectores tradicionales siguen sin comprender: una parte importante del electorado colombiano ya no vota únicamente por programas de gobierno, sino por narrativas de reivindicación histórica. Su campaña logró consolidar una estructura discursiva basada en la justicia social, la memoria política, la defensa de sectores históricamente marginados y la continuidad ideológica de un proyecto progresista que, pese al desgaste gubernamental actual, todavía conserva capacidad de movilización.

Sin embargo, la campaña de Cepeda también deja una preocupación evidente. En muchos escenarios, el discurso político terminó reemplazando la capacidad administrativa. Hubo más narrativa ideológica que explicación técnica. Más construcción simbólica que claridad ejecutiva. Y aunque su estrategia logró cohesionar sectores juveniles, sindicales y militantes de izquierda, todavía persiste una enorme incertidumbre sobre la viabilidad fiscal, la gobernabilidad institucional y la estabilidad económica de algunas de sus propuestas.
Por su parte, Paloma Valencia desarrolló probablemente la campaña más estructurada desde el punto de vista doctrinal. Su discurso fue coherente, disciplinado y conceptualmente alineado con una visión de Estado fundamentada en seguridad, legalidad, fortalecimiento institucional y recuperación de autoridad. A diferencia de otros sectores de derecha que terminaron atrapados en el espectáculo político, Valencia intentó sostener una narrativa de profundidad ideológica.
No obstante, la campaña de Paloma Valencia enfrentó una dificultad evidente, la imposibilidad de separarse completamente del desgaste histórico del uribismo. Aunque intentó proyectar renovación técnica y liderazgo propio, parte importante del electorado continúa asociando su candidatura con las cargas políticas acumuladas durante años por el Centro Democrático. Esa tensión entre renovación y continuidad limitó parcialmente su expansión electoral.
Abelardo de la Espriella comprendió mejor que nadie el momento emocional del país. Su campaña no fue académica ni estructuralmente sofisticada. Fue, esencialmente, una campaña de confrontación directa. Interpretó el cansancio ciudadano frente a la inseguridad, la percepción de debilitamiento institucional y la frustración económica de amplios sectores sociales. De la Espriella convirtió la indignación en capital político. Construyó una narrativa basada en autoridad, contundencia y reacción.
Y aunque muchos sectores cuestionan la profundidad programática de sus propuestas, resulta ingenuo desconocer que logró conectar con una ciudadanía agotada de la ambigüedad política.
El problema de fondo es que Colombia terminó entrando nuevamente en una lógica de polarización extrema donde el debate racional fue sustituido por el miedo mutuo. Un sector vota para evitar la izquierda. Otro sector vota para impedir el regreso de la derecha. Y en medio de ambos extremos, el centro político volvió a fracasar en su intento histórico de construir una narrativa emocional suficientemente fuerte.

Eso explica, precisamente, por qué la campaña presidencial terminó reducida a tres candidaturas con opciones reales. Porque en política, especialmente en momentos de crisis institucional, las sociedades no suelen elegir matices, eligen certezas, incluso cuando esas certezas son radicales.
Las encuestas recientes reflejan justamente esa fractura nacional. Iván Cepeda aparece liderando varios escenarios de intención de voto, mientras Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia disputan el electorado de derecha y centroderecha en un escenario cada vez más tensionado. Pero más allá de las cifras, lo verdaderamente importante es entender el fenómeno político de fondo: Colombia dejó de discutir únicamente modelos económicos y empezó a discutir modelos de autoridad.
Hoy, el país debate tres preguntas grandes interrogantes:
- ¿El Estado debe profundizar un modelo de transformación social aun con altos niveles de incertidumbre económica?
- ¿El país necesita una restauración y reingeniería fuerte de seguridad, autoridad institucional y control territorial?
- ¿Aún existe espacio para una derecha técnica, democrática y doctrinal que logre competir sin caer en populismos emocionales?
Ese es el verdadero trasfondo de esta elección, un subterfugio donde importa más cambiar la constitución y la cosmogonía del Estado, que subsanar los miles de vicisitudes que tiene Colombia. Ahora bien, existe un elemento profundamente preocupante dentro del actual panorama electoral, la proliferación de candidaturas presidenciales sin capacidad real de representación nacional. Muchas de esas campañas jamás tuvieron estructura territorial, posibilidad matemática de victoria ni construcción política seria. Algunas fueron simples plataformas de visibilidad personal. Otras buscaron asegurar financiación futura mediante reposición de votos. Algunas más demostraron una preocupante improvisación conceptual, evidenciando un desconocimiento absoluto sobre funcionamiento del Estado, gobernabilidad, política pública y geopolítica contemporánea. Y aun así persistieron en:
- Persistieron en fragmentar sectores ideológicos similares.
- Persistieron en debilitar posibles alianzas estratégicas.
- Persistieron en alimentar egos políticos en vez de construir proyectos nacionales.

El resultado fue una atomización innecesaria del debate público, y una excusa más para llevar a la irracionalidad y el irrespeto la contienda política.
Desde una óptica realista, esta elección presidencial siempre terminó reducida a un enfrentamiento entre dos grandes corrientes doctrinales, una visión progresista de izquierda representada por Iván Cepeda y una visión de derecha dividida y fragmentada entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella.
Si los sectores ideológicamente cercanos hubieran actuado con mayor madurez política, probablemente Colombia habría llegado a esta recta final con un escenario mucho más claro, más transparente, más prospectivo y menos contaminado por candidaturas testimoniales.
En Colombia todavía prevalece una cultura política individualista donde demasiados dirigentes prefieren perder solos antes que construir colectivamente, y ese fenómeno explica buena parte de la crisis institucional actual. La política dejó de entenderse como construcción estratégica de poder y empezó a funcionar como escenario permanente de vanidades personales. En síntesis, la campaña presidencial de 2026 deja varias conclusiones inevitables:
La primera: Colombia continúa profundamente dividida ideológicamente.
La segunda: el voto emocional terminó desplazando nuevamente al voto racional.
La tercera: la seguridad, la economía y la autoridad institucional regresaron al centro del debate político nacional.
La cuarta, quizás la más importante: el país sigue sin resolver su incapacidad histórica para construir consensos mínimos entre sectores antagónicos.
La próxima elección no definirá únicamente un presidente, definirá también qué interpretación del Estado colombiano logra imponerse sobre las demás. Si gana la izquierda, Colombia avanzará hacia una profundización del modelo de transformación social impulsado desde los sectores progresistas, un partido de gobierno en caos que ha pasado más tiempo apagando incendios que dando solución a temas de Estado. Si gana la derecha, el país entrará en una etapa de restauración institucional fundamentada en seguridad, autoridad y recuperación del control estatal.
Independientemente del resultado, existe una verdad que ya nadie puede ocultar, Colombia llegó al límite de la polarización discursiva y disruptiva del entorno político donde lo verdaderamente peligroso no es que existan diferencias ideológicas, lo peligroso es que el país empiece a perder la capacidad democrática de debatirlas racionalmente. Como escribí en días pasados, en el 2030 sin importar quien gane hoy, Colombia estará igual o peor.
6024455000







