Selección de 'Los cantos del odio', el poemario de Lucas Montero

Septiembre 24, 2021 - 09:21 a. m. 2021-09-24 Por:
 Lucas Montero, especial para Gaceta
Lucas Montero

Lucas Montero (seudónimo de Walter Montes), es profesor oficial en el municipio de Yumbo, su primer libro de poemas se tituló ‘Las mujeres de Lucas’. Es columnista del medio La Cultura de Yumbo.

Foto: Especial para Gaceta

El poeta vallecaucano Lucas Montero publicó, bajo el sello Ediciones Exilio, el volumen de poemas ‘Los cantos del odio’, donde a partir de la cruenta realidad colombiana y mundial, la voz de un poeta ermitaño, irascible y sentimental, se eleva para decir algunas de las verdades que pocos se atreven a reconocer en la vida cotidiana. Compartimos algunos poemas políticamente incorrectos.

Cantos del odio

'Los cantos del odio', Ediciones Exilio (2021).

Foto: Especial para Gaceta

MÁS DE UN MILLÓN DE ABEJAS FUERON ENVENENADAS

Hoy no he consumido mi dosis personal de odio,
no me siento ni divino ni humano,
ya no soy un pequeño maestro soñador.
No soy capaz de creer en nada, en nadie ya,
ahora miro con desdén, cara a cara la muerte.

En mis ojos no existen más lágrimas,
no esperaré el llanto al final del parto,
reconozco que nunca tuve la ambición de morir
ni la de ser mercader de fe, amor o vida.

Sé que el odio es el último límite de la razón,
y la guerra funcionaría mejor, se acabaría,
si tú fueras el primer vino que se toma antes de morir.

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Ese museo del dolor que llamamos patria...
Un rito sobreviviente a la pobreza,
a la memoria perdida,
y cuando escuchamos su suave presagio,
adviene la destrucción.

Al sonsonete de amor a la patria, ellos dicen:
¡Bella utopía de amor y ensueño!
Pero su memoria es selectiva,
aunque resuene el llanto a las puertas del odio,
repetirán el sonsonete:
Bella utopía...

Naufraga un barco ebrio, lleno de beodos de muerte
que cantan alegres tonadas mientras caen al mar.

Guardamos nuestras uvas fermentadas de cólera
y las disfrutamos en cada nueva tragedia.

Esto que llamamos patria -campo de muerte-,
convierte a la vida en un acto de fe,
y alabo en mi memoria la valentía del manicomio.

A lo lejos escuchamos una diatriba irónica...
Los mochuelos pican granos de maíz, indulgentes,
mientras tanto las hembras lloran y cantan
en las iglesias: ¡Bella utopía de amor y ensueño!

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Un país de cafres, decía don Darío Echandía,
habitamos un lugar donde unos pocos nos joden,
violados y sepultados sin nombre,
luego se sientan a esperar nuestros aplausos,
los cánticos de muertos en vida alabando su poder.

No basta que obedezcamos,
no, en esta patria loca disparan a matar
al más obediente, al mejor de sus hijos,
para impedir un grito blasfemo o silenciarnos.

Aquí los oligarcas sí joden, felices.
Desde siempre buscamos en nuestro propio abismo
un destino heredado, pero en el fondo
solo hay corazones en cenizas,
rotos al amor y secos siempre de ilusiones.

Los mandamases en su idioma de desvergüenza
se reflejan como patriotas probos que nos guían
en la incertidumbre, son demonios
que llevan con un canto de guerra
nuestras almas al infierno.

Este lugar desigual y violento
dominado por mediocres y burócratas
que blanden sombras de temor,
desengaño y desconsuelo.

Habitamos el lugar donde nos joden,
pero lucimos una sonrisa a la miseria,
con cara de gárgola y culo apretado.

Izamos la bandera del tamaño
de una camiseta de fútbol
y creemos que en las canchas se bate la historia,
somos nosotros, esos viejos guerreros muiscas.
Y cada vez que padecemos una derrota
salimos a las calles a matarnos de nuevo
mostrando una sonrisa a la muerte.

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Mis hermanos y yo nos la ingeniamos muchas veces, teníamos la edad de la infancia sin descifrar. Recogíamos de la basura de los patios vecinos cualquier trozo de chatarra; huesos roídos disputados con los perros.

Éramos felices, necesitábamos comer y todo eran excusas para estudiar o no. Éramos seres sacrificados a los antiguos dioses, pero definimos el sentido de la vida como tratar de sobrevivir.

Entonces, la gente no temía a sus vecinos. Ni siquiera al hambre, ni a la mirada del padre que te atrapaba en su libertaria condición. Los niños que un día fuimos… Seguimos charlando hoy, sin la contaminación del odio fratricida, y en cada encuentro de remembranza nos reímos de la única patria que amamos: la infancia.

Aún no se nos borra nuestra cara de muertos de hambre.

CAMINO DEL OLVIDO

Dios no te lavará los ojos de piedra
ni tus lágrimas de poeta ignoto y mal leído,
solo beberá contigo, te invitará a la cantina del ocaso.
Allí, donde la venta es como el ayuno de limosnero.

Él es el dueño de este bar de resacas,
lugar cerrado para el disfrute de las masas;
solo lo gozarán aquellos
que toquen con la piedra zurda,
solo entrará todo aquel que quiera
caminar hacia el olvido.

PLEGARIA

¡Oh, Señor!
Permite que todos oigan
al ruiseñor de mi poema.
Tú eres viento triste de suave brisa,
yo soy el que tiembla
sincero ante tu levedad
en el aura afligida
por un fútil vagar de siglos.

Carezco como tú
de pertenencias y de tiempo,
mas vago en un camino de llanto indolente
incontenible, iracundo y tormentoso,
que elevo en responso perdido al cielo
la oración de un demente, y
me postro ante la amiga santa,
la Virgen del prostíbulo.

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Tenía la mirada de Virgen de prostíbulo,
las desdichas propias de quien vive sola;
a ella no la embargaban —no las piensa—,
la liberación no le agradaba.

Ella cabalgó el caballo de otras potras,
fue quien me atrapó a su brida,
fue un Dios que castiga con la llaga
pero otorga la medicina.

Me mataba por ella cada día,
con ella aún no había falta de deleite
ni cojera de matrimonio, ni la hoguera.

Era ella una mujer aguda de despunte,
que ni por boba desaprovecha el viaje,
no paraba de aprender entre sus brazos;
ella era el alma desolada, desnuda en soledad
el corazón de la barbarie.

Ella, la de mejilla de alquimia del abrazo,
la maga de mi liberación,
la partera de todos mis males.

No alcanzó a expiar los pecados de la sangre,
fue la pariente pobre que como princesita necia
terminó arrullada en los brazos del vicio.
Ella se fue y no quiso convivir con el tedio.

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Qué me importa la muerte
si no me importó la vida,
si soy un Don nadie
un dueño de nada,
me abrazo al pozo profundo del odio.

Mi miedo se tornó en rabia,
la rabia se hizo ganas de luchar,
no soy un hombre,
soy un pueblo en lucha
por derrocar al tirano
que vuela sobre nuestras penas.

Me remonto con las alas rotas del amor
remendadas con el fastidio del odio y de mi ira.
Atrás quedará una patria de humildad
que se bañará en el mar de sangre
para ahogar allí mis penas y culpas.

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