Lea el cuento breve 'Crónica de un suspiro', del escritor Juan H. Ramírez
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Lea el cuento breve 'Crónica de un suspiro', del escritor Juan H. Ramírez

Junio 08, 2021 - 07:00 p. m. 2021-06-08 Por:
 Juan H. Ramírez, especial para Gaceta
Mujer frente a un espejo roto

Una mujer observa su propia desaparición frente a un espejo, la vejez parece un sueño que acaba con la muerte. Narrativa breve.

Foto: 123RF / Gaceta

Aún no había terminado de lavarse las manos cuando vio por primera vez su piel marchita reflejada en el espejo. Nunca antes había sido consciente del pasar de los años y de la vanidad latente que trae consigo todo lo vivido. Con su piel aun mojada y sin espacio para secarse, sintió en su corazón que desde ese instante empezaría a tejer su historia de forma paralela a la muerte. Ya no sería más la rubia danzante que recorrió pausadamente las calles del barrio, ni mucho menos la férrea mujer que duraba largas noches en vigilia. Observaba sus dedos con vacilación y sintió la fragilidad de los huesos al cerrar el grifo. Todas las mañanas se miraba al espejo antes de empezar el día, pero nunca lo había hecho como en aquel instante: sigilosa y pausadamente. Jamás le había aterrorizado su mirada, nunca había deseado no verse más. Anheló detener sin premeditación el tiempo y borrar de su mirada aquella imagen decrépita que le había robado todas las fuerzas. Envejecía, sí, pero solo hasta ese momento logró darse cuenta de ello. ¿No es el saber acaso el único culpable de nuestras desgracias? Se interrogaba de este modo como tratando de encontrar alguna justificación para ese instante. ¡Y si tan solo hubiese muerto sin darse cuenta!

Dio tres lentos pasos hacia atrás como intentado alejarse de sí misma. Se encontraba en el baño de la casa que había heredado de sus padres, una vivienda que compraron en la ciudad, pero que nunca llegaron a habitar. Un lugar ni modesto ni ostentoso, aunque un poco lúgubre. Ella era la última persona que aún vivía de su familia, no contaba ya con amigos ni amantes, solo se tenía a sí misma y eso era lo que menos soportaba. El día de su muerte finalizaría para siempre la existencia de toda una generación. ¿Quién los recordaría? Nadie, absolutamente nadie. Su familia había sido granjera y solo por los azares de la cotidianidad llegó a tener contacto con las personas de la ciudad. Fue la única que alguna vez llegó a asistir a la universidad y, sin embargo, todos sus compañeros habían muerto. Empezaba a darse cuenta de que su cuerpo se encontraba contraído hasta las médulas, en aquel espacio estrecho y grisáceo, en el que la única luz que relucía era la que rebotaba en el espejo bajo una bombilla a tres metros de altura. Con aquel dolor que brotaba de su fuero interno, intentó recordar las vicisitudes donde desgastó su piel: sexo, bares, callejones llenos de historia y pasillos estrechos donde luego de noches de exceso hizo el amor bajo la luz de las estrellas y el aullido de los perros.

Buscó entre sus senos ajados un cigarrillo Marlboro para empezar a fumar. Ya no le quedaba más que la angustia, esa pesadumbre que se agiliza con el tiempo y que solo acaba en el atardecer de la vida. Deteniendo sus manos allí, en ese pecho que tantos hombres besaron, se permitió por unos segundos escuchar el lento palpitar de un corazón que insistía en dejar de latir. Ya no pulsaba el amor, solo la culpa. Esos años y acontecimientos de los que tanto huyó, llegaban y se unían todos en aquel suspiro que aún no había terminado de exhalar desde el momento en que contempló su rostro cuando empezó a lavarse las manos. Esta vez se miraba de verdad y de forma contundente. ¿Qué era lo que se negaba a aceptar en sí? Se pensará que la vejez, aunque hay muchas otras cosas que carcomen más que la senectud. Su dolor era no haber vivido, esa soledad que llevaba a cuestas y que había comenzado a entender. ¿Cómo se justifica el hecho de que la vida se pase en un gemido? Nada le amparaba ya, ni siquiera sus piernas delgadas ocultas bajo un vestido que colgaba de sus hombros.

Mirándose nuevamente al espejo, y llegado a ese punto en el que no quedan más que los reclamos, empezó a interrogar sin clemencia a aquella mujer que se encontraba en aquel estado indolente no impedido a tiempo. Sus manos, más de ceniza que de mujer, empezaron a deslizarse por el ronco muro que sostenía el baño, deshaciendo uno a uno sus dedos y acelerando la descomposición de un cuerpo que ya no le quedaba tiempo para resistirse al olvido. Sus labios pálidos ya no servían ni para evocar una plegaria y la ausencia de sonidos le daba la impresión de que también había perdido la capacidad auditiva. Sin sentidos y solo con la memoria, destiló aquellas verdades de las cuales huimos a diario. La verdad propia, por ejemplo, aquella de la que menos queremos saber. O de que el amor siempre tiende al fracaso.

Sin llanto, pero con dolor, se dio cuenta que sus lágrimas se habían esfumado. Era tal vez la señal de que su espíritu se había extinguido. Un alma cansada de las ambivalencias cotidianas y en las que ni un abril ni un diciembre bridaron tan siquiera las alegrías fugaces que entonan el rostro de los niños. Lo ratificó: no había segundas oportunidades, había pasado ya la hora de los demonios del medio día, sin armonía ni canto. Como una ola devastadora que se llevaba las colecciones de lo que en vida supo domesticar: el trabajo, el amor, la montaña, el sexo, los objetos y todas esas artimañas que guardamos en medio de la nada.

Se dejó caer, y sin poder reconocer el semblante de quien seguía mirándola en el espejo y donde paradójicamente había desaparecido ese juego mimético. Aquel rostro que habitaba en el espejo ya no realizaba los mismos movimientos que ella, como si hubiese cobrado independencia y no fuera más la débil imagen que repite sin vacilación el escenario de la existencia. Quieta y firme, la mujer del espejo dijo sin temor: -partamos de aquí-.

Con su pelo enmarañado y desnudándose por última vez, aquella mujer que estaba en el baño, se abandonó a los presagios de una muerte tranquila que no supo disimular, ya no quedaba ni siquiera la luz que se refleja en las paredes en medio de la oscuridad, era el instante de éxtasis de un cuerpo y un alma muerta que se apagaba bajo esa invención que llamamos vida. Al cerrar los ojos e inclinada hacia adelante empezó a contemplar en sus recuerdos la existencia que se alejaba. Era tan solo una mancha en el espacio que se difuminaba como el crepúsculo que cae luego del atardecer: sin darnos cuenta. Al terminar de exhalar, un hálito de color ocre se desprendió por todo el lugar. Había quedado envuelta para siempre en aquel sueño marchito que ella misma había acabado de trazar.

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