La poesía transgresora de Aníbal Arias

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Así es la poesía transgresora de Aníbal Arias

Noviembre 10, 2019 - 07:00 a. m. Por:
L. C. Bermeo Gamboa, especial para Gaceta
Poeta Aníbal Arias

El poeta de origen nariñense, radicado en Cali hace 50 años, presentó su más reciente antología poética 'Oh vida', un libro publicado por el Programa Editorial de la Universidad del Valle.

Foto: Especial para El País

La poesía de Aníbal Arias (Barbacoas, 1948), constituye el único, aunque fallido, atentado directo contra la tradición poética colombiana. Su breve obra, seis poemarios entre 1977 y 2004, así como poemas dispersos desde 1970 en revistas y antologías, prueban que hubo un disidente alejado de toda impostura pública quien acometió una obra transgresora que socava, desde dentro, los cimientos conservadores y solemnes mantenidos en la historia de nuestra poesía. Por su actitud de conspirador profesional, solitario como dijo Borges: “para que lo supieran sin cómplices”, logró desarrollar una “metafísica del provocador” que articulada con un lenguaje vilipendioso rompió la dicción del verso débil, hostigando la decadencia de su medio literario y la bajeza humana por igual. Su poesía ha tenido eso que Baudelaire llamó la: “gloria en no ser comprendidos”, por lo cual se ha mantenido hasta hoy como uno de los poetas más vigentes y, desde luego, menos leídos.

La mejor crítica a su obra, y la más profética, sigue siendo la que en 1976, cuando fue incluido en la antología de Diez poetas colombianos, le hiciera Fernando Garavito: “Arias es un innovador, que no le teme a nada. Y cuando se sobrepasa el temor, cuando el temor que agobia a toda la poesía colombiana, la de hoy y la de ayer (y la de mañana) encuentra alguien que no le teme, valga la redundancia, ese alguien, o esa poesía, puede salvarse”. Su profecía fue cierta, porque el crimen de Aníbal Arias falló a la perfección, como le sucedió al policía protagonista de El hombre que fue jueves, este poeta descubrió que su obra era una ruptura necesaria para la renovación de la poesía, que su destrucción permitía abrir espacio para otra tradición, su caos prometía otro orden.

Pero, esto no lo hizo Aníbal Arias, ese hombre del pacífico nariñense radicado en Cali y vinculado por más de 30 años a la biblioteca de la Universidad Santiago de Cali; para comprender su poesía no debemos confundir a ese Aníbal Arias con “ese alguien” de sus poemas: un daimón o demonio creador sin límites, por lo que en este caso la obra hizo al poeta y no al contrario.

Arias escribió una obra para concebir un poeta anarquista y forajido “que no le teme a nada”, un poeta cuyo precedente más cercano podría ser Luis Vargas Tejada (1802 – 1829), el conspirador de Bolívar que en su momento, al mejor estilo de Jonathan Swift, hacía estas recomendaciones para lograr la paz:

“Si a Bolívar la letra con que empieza
y aquella con que acaba le quitamos,
oliva de la paz símbolo hallamos.
Esto quiere decir que la cabeza
al tirano y los pies cortar debemos,
si es que una paz durable apetecemos”.

Junto a Vargas Tejada, José Asunción Silva, Clímaco Soto Borda, Luis Carlos López, Porfirio Barba Jacob, León de Greiff, Luis Vidales, serían algunos de los exponentes propios que encontramos de la poesía satírica colombiana, siempre necesitada de un Arquíloco sin pudor para mostrar sus cobardías, un Marcial implacable con las falsas pretensiones, un Catulo rencoroso y ofensivo con sus amantes, un François Villon que amara los vicios y el bajo mundo para cantarlos con esa vulgar autenticidad.

Por cada una de estas características, manifiestas en su obra, podemos ubicar dentro de esta genealogía literaria, poco transitada al menos en Colombia, la poesía de Aníbal Arias. Desde 1974, aún sin publicar su primer libro (Datos, 1977), cuando sus poemas aparecen en la Revista ECO dirigida por el crítico Juan Gustavo Cobo Borda, muestra ya los gestos claros de esa personalidad poética, como en la serie titulada Policías, donde deja estas recomendaciones cívicas:

en la cocina
señora ama de casa
tenga veneno
y cuando lleguen hasta ahí
que de pronto llegan
bajo cualquier pretexto
sea amable
ofrézcales
tinto
o un refresco
para que se lleven un trago amargo

***

si de pronto escucha
cuando usted habla por teléfono
un runruneo
no lo dude les han interceptado la llamada
a lo mejor no escuchará
y téngalo bien presente
les están grabando
resuélvase hablar del perro
a lo máximo del último film
y póngales un sonido estridente
que les rompa los oídos

No es nada raro que este poeta desconfíe de la autoridad y no crea en la patria: “dan ganas de irse lejos/ de fugarse/ que nadie venga con el cuentito aquel/ hoy es veinte de julio”.

Poemas de Aníbal Arias

El libro 'Oh vida', antología poética de Aníbal Arias fue presentado en la pasada Feria del Libro de Cali, hace parte de la colección Las ofrendas del Programa Editorial de la Universidad del Valle.

Foto: Especial para El País

Este poeta no tardará mucho en disparar contra todos, Dios incluido, desde la humilde condición de un vendedor de frutas, con el infalible poema H. M. de su libro Sucesos aún no registrados (1987), poema traducido al inglés y francés, y donde nos ataca con un ritmo epigramático similar al de algunos poemas de Catulo, poeta latino, del que Aníbal Arias obtuvo el prosaísmo agresivo de su tono.

Un poeta que no teme a las consecuencias, sobre todo no ha temido nunca al rechazo del lector, y será por este permanente enfrentamiento que en reiteradas ocasiones su poesía no será bien asimilada. Esto debido al efecto tan contundente que produce su poesía en la sensibilidad del lector común, del lector de poesía acostumbrado a un lenguaje suave (que no hiere) y que tiene una respuesta predecible para todo tipo de poemas: amorosos, sociales, humorísticos, y que, a pesar de ello, no lo han preparado para la poesía de Aníbal Arias:

si es porque se cree
de tal o cual forma
se gana tranquilidad
no se dirá nada
de cómo brinco en tu espalda
y sobre el suelo
te pateo la cara
(Motivo ajenos a la voluntad, 1979).

Lo que tenemos aquí es una amenaza, violencia pura, pero ha sido dicha en un poema, y de esto debe estar consciente el lector, puesto que el primer logro del poeta ha sido hacerle olvidar el poema, con su contundencia bloqueó la interpretación crítica y sólo quedamos ante la reacción humana que rechaza este lenguaje, sintiéndonos vulnerados en nuestra integridad —alguien nos amenaza ¿el poeta?—, esto significa que leer un poema como andar por la calle obliga a asumir normas y modales colectivos que al romperse generan inseguridad.  Entonces, cuando el poema parece una situación real de posible violencia, no nos permite reflexionar sobre su fondo poético cuyo tema no es otro que el frágil amor al prójimo, al poeta que no es la persona que lo escribió sino ese demonio literario configurado por el mismo poema, no le importa qué creen o a qué se dedican sus semejantes, todos son libres siempre que no se metan en asuntos privados de los demás, ya que de lo contrario nadie dudaría en defender su propia tranquilidad acabando con la del otro.

Por otro lado, el segundo logro del poeta es encontrar el rechazo del lector, nuestro rechazo es un rechazo buscado por el poeta para que expresemos la violencia que provoca el poema cuando nos amenaza. 

Afrenta y rechazo son dos ideas fundamentales para comprender la poesía de Aníbal Arias, por ello la mejor prueba de esto se observa en una anécdota de gran significación ocurrida en 1982, durante un encuentro de poetas en Popayán.

Una noche de viernes, invitado junto a María Mercedes Carranza y Guillermo Martínez; Aníbal Arias como un conjurado que: “no ignoraba que todas las empresas del hombre son igualmente vanas” tuvo la bravura de fustigar el recinto “disparando palabras de grueso calibre/ torpemente pronunciadas”, como dice en el sutil poema H.M., a un público compuesto por la alta burguesía payanesa: autoridades locales y literatos oficiales que abandonaron el lugar enseguida, prontos a declararlo persona non grata, mandar su inmediata expulsión y escribir el acta inquisitorial que se publicaría en los periódicos.

Era lo menos que podía esperarse, y el poeta forajido que habita en los poemas de Aníbal Arias le jugó una mala pasada. Pero quienes no siguieron el consenso local fueron los estudiantes y algunos poetas jóvenes que permanecieron escuchando su afrenta, y después acogieron al poeta cuando fue echado del hotel, manteniéndolo hasta su regreso a Cali.

Días después se publicó un auto de fe donde Fernando Solarte Lindo, literato payanés, calificaba así la intervención del poeta Arias: “Si el arte es un producto humano no puede utilizarse para afrentar el sentido de lo delicado y la sensibilidad de unos espectadores, con vómitos de palabrejas y situaciones escatológicas, puestas como una gran cagada en un recinto donde payaneses y artistas de verdad, de otras partes, se habían reunido para rendir tributo a la poesía”.

¿Qué sentido tiene decir esto en 1982 cuando por el siglo XX ya habían pasado Ezra Pound, T. S. Eliot, Gottfried Benn, W. B. Yeats, W. H. Auden, Guillaume Apollinaire, William Carlos Williams? ¿Es aceptable “afrentar el sentido de lo delicado y la sensibilidad” cuando ya Luis Vidales, Salvador Novo, Nicanor Parra, Oliverio Girondo, Carlos Drummond de Andrade, Jaime Jaramillo Escobar han despojado a la poesía de toda seriedad y recato? La poesía moderna se define, dicho sea por Gabriel Zaid, como: “Una cerrazón a veces defensiva, a veces hiriente, que surge con el arte moderno. Una ruptura que necesita (significativamente) la conciencia del rompimiento”. Esa conciencia queda confirmada en el rechazo obtenido, que desde luego, es lo que pretendía Aníbal Arias aquella noche y lo que su poesía efectivamente logra. 

La paradoja que resulta de su poesía solo es superada por el culto que le rinden los lectores comprenden su juego, igualmente  la comprensión y el disfrute de su obra llegan en la medida que el lector madura y se despoja de los prejuicios falsamente poéticos que le impiden acceder a la poesía moderna.

Pese a todo, ese recital malogrado en Popayán va a quedar, para la historia negra de la poesía colombiana, como el intento fallido de la poesía moderna por imponer un nuevo rumbo. Y, a cambio, nos queda una poesía marginal, procaz, satírica, mundana, irónica y cruel, que hace un retrato despellejado de la realidad sin dejarle un pelo de romanticismo. Una poesía directa y explosiva, que revela: “el tipo de sinceridad violenta que estaríamos tentados a concedernos, si no fuéramos tan temerosamente decentes”.

Algunos poemas de Aníbal Arias

I precepto y lucha interior
de visita a los enfermos
imagínense el cuidado que demandan
una voz interior me dice (no sé)
échales el humo a la cara
hazles ruidos
quiébrales los huesos
o
háblales de esa cosa inevitable

II para que vean
a veces sucede que no hay argumentación
lo bastante sólida para hacerme convencer
se quiebran la cabeza
me ponen las cosas al derecho y al revés
hacen comparaciones y ejemplos elocuentes
de una probabilidad irrefutable
de todo ésto me dicen
lo elemental es lo difícil
luego por mi cuenta y riesgo
ensartando una aguja me saco un ojo

III amigos míos
los poetas van a morir
a pedradas (les dan duro)
les siguen los pasos aunque no los quieran
los cuelgan
los matan
para ver cuál es la trascendencia
si resucitan
si reencarnan
los poetas deben morir
hacer un sacrificio a costa de los poetas
lastimarles
ahondarles las heridas
ellos deben morir
no importa la muerte
si es con agua
con fuego
a patadas
da igual

IV mi gato poe
de ojos brillantes
el fiel gato poe
se murió por mi olvido
nada de paños de lágrimas
ni de golpes de pecho
lo cierto es
que los gatos también comen tres veces al día

V yo soy así mi hermano
con un tiro en la cabeza
disparado a boca de jarro
a mi hermano le brota sangre por la boca
la tinta con que escribo 
sus mejores poemas de amor

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