La infinita curiosidad, una entrevista con el escritor de divulgación científica Philip Ball

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La infinita curiosidad, una entrevista con el escritor de divulgación científica Philip Ball

Mayo 24, 2020 - 08:30 a. m. Por:
 L. C. Bermeo Gamboa  / Traducción de Susana Serrano 

Por su libro ‘Masa crítica: cambio, caos y complejidad’ (2004), Philip Ball recibió el Aventis Prize de 2005, máximo galardón a un libro de ciencias.

Foto: Especial para Gaceta

Cuando tenía 10 años, Georg Christoph Lichtenberg estaba obsesionado por algo que había escuchado y desconocía por completo. No logrando encontrar la respuesta en los libros y los maestros de su escuela —era el siglo XVIII en Alemania—, como último recurso decidió escribir una carta a los ángeles, ya que por la materia que ellos dominan, supuso que no había nadie mejor para resolver su inquietud: “¿Qué es la aurora boreal”, escribió en una tarjeta que dejó en el tejado de su casa. Aunque no obtuvo respuesta, el silencio de los ángeles no lo desanimó, solo comprobó que por la vía divina no encontraría las respuestas que buscaba. Entonces decidió buscar un mejor lugar para desarrollar sus intereses, así fue como salió de su pueblo rumbo a la Universidad de Gotinga y se convirtió en un matemático y científico, aunque hoy es más recordado por sus cuadernos de notas, llenos de preguntas, intuiciones y teorías acerca de cada aspecto de la realidad que le llamó la atención.

Lichtenberg es una de las personas que pasó a la historia, no por sus descubrimientos o aportes científicos a la humanidad, sino por la capacidad de compartir su infinita curiosidad: “Daría parte de mi vida con tal de saber cuál era la temperatura promedio en el paraíso”, “¿Por qué nos duele tan poco un pulmón supurado y tanto un uñero?”, “Por más que en ellas se predique las iglesias siguen necesitando pararrayos”, “¿Por qué no hay animales bizcos?”, “Hace falta una teoría de los pliegues de la almohada”, “Me gustaría dar algo a cambio de saber con exactitud por quién fueron hechos los actos que según la versión oficial fueron hechos por la patria”.

Leer a pensadores como Lichtenberg o Wittgenstein, quienes suman a sus respectivas áreas del conocimiento: la física y la filosofía, una amplia gama de intereses desde la cocina, la orfebrería, pasando por la arquitectura, y hasta la ingeniería aeronáutica; resulta una experiencia enriquecedora que aviva la capacidad de observación individual y despierta la curiosidad por los aspectos más variados de la vida. Ahora bien, desde finales del siglo XIX, y más en XX y XXI, cuando los avances y descubrimientos de las ciencias duras se multiplicaron como nunca antes, surgió otra clase de escritores para quienes despertar la curiosidad no es un punto de llegada, sino el inicio de toda una aventura que busca responder con bases científicas y moderna todas las preguntas sobre algún un tema específico del universo y la vida humana.

A estos últimos se les conoce como escritores de divulgación científica y su noble propósito es saciar de conocimiento especializado al común de las personas, su arte consiste en comunicar las más complejas odiseas de la ciencia con el talento de un poeta, pero sin que se pierda el rigor científico. En conclusión: ser a la vez Einstein y Borges. Entre esta nueva especie de autores, más necesaria que nunca en esta edad de saturación informativa y posverdad, se encuentra el inglés Philip Ball (1962), un químico formado en la Universidad de Oxford y doctorado en ingeniería de la Universidad de Bristol, y quien lleva más de veinte años como editor de la revista ‘Nature’.

Desde 1994 cuando publicó su primer libro de divulgación ‘Diseñando el mundo molecular: química en la frontera’, hasta el 2019 cuando lanzó ‘Cómo crear un ser humano’, lleva a la fecha un total de 22 obras publicadas sobre temas que por sí mismos llaman la atención de cualquier clase de persona. Esto se debe a que sus libros no solo reúnen los conocimientos más avanzados de materias complejas como la física cuántica, biología molecular y genética; en ellos también emplea con destreza un lenguaje espontáneo, propio de la escritura literaria, donde mezcla a lo científico, el humanismo y la antropología, de tal forma que siempre estimula la curiosidad de los lectores con datos entretenidos y dramáticos, llevándolos placenteramente a profundizar cada vez más en materias que antes creían negadas a su capacidad de comprensión. Leyendo alguna obra de Philip Ball, hasta los más indiferentes a las ciencias se reconciliarán con su inteligencia.

'H2O: Una biografía del agua' (1999) es uno de los títulos más populares de Ball.

Foto: Especial para Gaceta

Por su libro ‘Masa crítica: cambio, caos y complejidad’ (2004), Ball recibió el Premio Aventis a la mejor obra de divulgación científica en 2005, se trata del premio más importante para un libro de ciencias, otorgado por la Real Sociedad de Londres para el Avance de las Ciencias, una institución que promueve el conocimiento desde el siglo XVII. Este es el mismo premio que recibieron en su momento Bill Bryson por ‘Una breve historia de casi todo’ (2004), Stephen Hawking por ‘El universo en una cáscara de nuez’ (2002), Jared Diamond por ‘Armas, acero y gérmenes’ (1998) y Stephen Jay Gould por ‘La vida maravillosa’ (1991), entre otros autores que son considerados imprescindibles en la divulgación científica.

Philip Ball es un referente popular entre los aficionados a las ciencias y entre especialistas, por ello no es extraño que participe tanto en eventos literarios como en congresos científicos, incluso ha dictado conferencias en el prestigioso Centro de Investigación Ames de la NASA. Entre sus libros más reconocidos se encuentran: ‘H2O: Una biografía del agua’ (1999), ‘La invención del color’ (2001), ‘El instinto musical’ (2010), ‘Curiosidad, por qué todo nos interesa’ (2013) y ‘El peligroso encanto de lo invisible’ (2015); este último donde ya se aproximó a la historia de los virus y las reacciones, tanto de la medicina y la ciencia para combatirlos, como de los políticos y la sociedad que han recurrido a justificaciones morales y religiosas, aún hoy, pese a la evidencias científicas.

Durante una charla telefónica desde Londres, días antes de participar en el Hay Festival Cartagena en febrero pasado, y a través de correos electrónicos durante el confinamiento mundial a causa del Covid-19, Philip Ball habló de su curiosidad ‘patológica’ por todo y sobre la importancia de la literatura de divulgación.

Curioso por naturaleza

‘Curiosidad, por qué todo nos interesa’ (2013).

Foto: Especial para Gaceta

—¿Cómo descubrió su curiosidad por la ciencia?

Yo siento que la curiosidad no tiene un momento exacto en el que empieza, porque nosotros nacemos curiosos y cada vez más siento que nuestro reto es no arruinar o estropear la curiosidad de nuestros hijos, hay que mantenerla viva de alguna forma. No tenemos que poner la curiosidad en ellos, ya está ahí, solo tenemos que asegurarnos de no dañarla.

En mi caso particular no recuerdo un tiempo en el que no fuera curioso sobre el mundo o la ciencia y, por fortuna tuve buenos maestros en el colegio, que buscaban mantener esto con vida. Pero creo que una de las cosas que sí recuerdo de la escuela, fue tener la libertad de experimentar en química. Teníamos permitido ir al laboratorio en el tiempo del recreo y hacer nuestros experimentos, algunos de los que hicimos probablemente habrían asustado a los profesores, si se hubieran enterado. También recuerdo llevarme a casa partes del equipo o pedazos de las reacciones químicas del colegio, que de alguna forma encontraban espacio en mi maleta, porque quería continuar esos experimentos en casa.

Y, sabes, es lo usual, me gustaban esos experimentos en los que hacías explotar las cosas y encontraba muchos caminos para hacer explotar las cosas en formas muy interesantes, y la verdad es que si sobrevives a ese proceso, entonces emerges del otro lado con una pasión por la materia. De alguna forma creo que ese es el tipo de historias que muchas personas que estudiaron química van a contar, que estaban muy atraídos por los colores, los sonidos, las explosiones, es una materia muy sensorial. Tiene un montón de estas particularidades maravillosas, como los colores que cambian y los olores, creo que ese es uno de los atractivos de la química en particular.

—¿Quiénes son los científicos que marcaron su vida?

La verdad es que, más que científicos, yo creo que la mayoría de las personas daría la misma respuesta que te voy a dar: son los profesores los que hacen la diferencia, porque sucede muy comúnmente que si tienes profesores de ciencia inspiradores en la escuela, entonces te sentirás atraído a estudiarla y a leer más sobre eso. Sin duda eso fue lo que me pasó a mí, por esa razón escogí la química, porque mi profesor de química en la escuela me inspiró. Yo creo que eso es lo que hace realmente la diferencia.

Los científicos que me marcaron aparecen más tarde en mi carrera, cuando ya realmente sabía lo que algunos habían hecho. A mí me marcaron algunas personas que no tenían entrenamiento científico y eran unos increíbles escritores. Uno de ellos es Primo Levi, un italiano que fue prisionero en el campo de concentración de Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial y que sobrevivió debido a que era químico, lo ponían a trabajar en la planta de ese lugar. Él también fue autor del famoso libro ‘El sistema periódico’, pero sobretodo fue un narrador del holocausto en Auschwitz. Él fue capaz de traer su conocimiento científico y en especial su entendimiento de la química y ponerlo en sus escritos de una forma maravillosa; era un escritor fantástico.

La segunda persona que me influyó fue el neurocientífico Oliver Sacks, yo fui muy afortunado de haberlo conocido antes de que falleciera en 2015. Fue muy cálido, cercano y con una personalidad muy agradable, y sobre todo un escritor fabuloso sobre neurología, que fue su mayor interés toda su vida. Pero también con un profundo interés por la química, que fue la razón por la que lo conocí. Ambos me inspiraron al mostrarme lo que podía hacer la gente al escribir sobre ciencia.

El eterno retorno de la peste

‘El peligroso encanto de lo invisible’ (2015).

Foto: Especial para Gaceta

—¿Por qué es tan difícil adaptarse al confinamiento para protegerse de un enemigo invisible?

En primer lugar, creo que este es un asunto político. Algunas sociedades se han adaptado muy bien a las demandas que crea la pandemia, especialmente en el este de Asia. Al parecer porque estas son sociedades que ya han experimentado el brote de SARS, y por lo tanto sabían lo que se necesitaba. Quizás a otros países les vaya mejor la próxima vez (seguramente habrá una próxima vez) debido a la experiencia que han adquirido con el Covid-19. Pero lo habrán ganado de una manera muy difícil.

El problema es también la invisibilidad del ‘oponente’. ¡Sería muy útil si el virus dejara algún indicio de su presencia, para que pudiéramos ver cuándo se infecta una superficie! Es por eso que las pruebas de diagnóstico son tan importantes: para hacer visible lo que era invisible, es decir, la presencia de infección.

—¿Cómo surge la necesidad de lavarse las manos para combatir gérmenes, bacterias y ahora un virus?

Las partículas y sustancias que albergan estos patógenos a veces se pueden lavar de nuestras manos. Mejor aún, los jabones y detergentes antibacterianos pueden matar las bacterias peligrosas. Esos agentes no funcionarán para los virus, pero afortunadamente en este caso el coronavirus tiene una ‘capa’ que puede ser destruida por el jabón, porque está hecho de moléculas bastante similares a las del jabón y que se disolverán en él con el lavado.

La higiene y los antisépticos se empezaron a aplicar en el siglo XIX, en gran parte por los esfuerzos del médico húngaro Ignaz Semmelweis. Otros médicos de la época se burlaron de él por abogar por el lavado de manos con agentes antisépticos, pero por supuesto, tenía razón. La importancia de la antisepsia, especialmente en cirugía, también fue enfatizada por el médico británico Joseph Lister. El descubrimiento de gérmenes (bacterias patógenas) por Louis Pasteur y Robert Koch en la última parte del siglo XIX mostró cómo las infecciones podrían ser causadas ‘invisiblemente’, dándole la razón a Semmelweis.

—¿Por qué sigue siendo tan difícil adoptar un hábito tan simple como lavarse las manos?

¡Buena pregunta! Sospecho que gran parte de esto es simple pereza, o más bien, el inconveniente. Una de las cosas alarmantes que se ha hecho evidente durante esta crisis es que pocas personas se lavan las manos como una cuestión de buena higiene de todos modos. Personalmente, creo que ahora estaré mucho más consciente de los beneficios de hacer esto regularmente simplemente para evitar enfermedades infecciosas de rutina, no fatales, como los resfriados.

—¿Cómo explica la relación entre el miedo religioso a un dios invisible y el miedo a los virus, algo que se ha reflejado en la pandemia actual?

No estoy seguro de que la comparación sea con un ‘dios invisible’. Más bien, se pueden establecer paralelismos entre los viejos temores de demonios y espíritus invisibles, que en ocasiones anteriores se creía que causaban enfermedades. Es sorprendente cómo incluso ahora las representaciones de dibujos animados de bacterias y virus a menudo los hacen ver como criaturas malévolas. Llama la atención también cómo algunas teorías de conspiración han vinculado al Covid-19 con otras influencias invisibles, como las señales de telecomunicaciones 5G. No hay absolutamente ninguna base para estas creencias.

—Aún persisten los juicios morales sobre el origen de las enfermedades…

Hay que decir simplemente que este sigue siendo el caso. Creo que es en parte un residuo de la vieja idea de que la enfermedad era ‘el juicio de Dios’. Si nos enfermamos, es porque habíamos hecho algo para merecerlo. Esta idea aún sobrevive porque nos permite creer que podemos evitar la mala salud si somos virtuosos, nos da la ilusión de control sobre nuestro destino. Creo que estos juicios morales sobre la salud son muy perjudiciales. Los vemos en la forma en que las personas hablan de que una persona enferma es ‘un luchador’, con la implicación de que alguien que sucumbió a una enfermedad lo hizo porque no tenía suficiente resolución o fuerza. Esta actitud moralista también fue muy evidente en los primeros años de la epidemia del SIDA.

Los virus generan un temor religioso porque siempre hemos temido lo invisible, y siempre lo haremos. Eso, al menos, contribuye al aspecto demoníaco. Pero no es casualidad que algunas personas también consideren a Dios como una especie de agente invisible que todo lo ve y alguien que podría traernos castigo o mala fortuna.

—¿Por qué muchos virus no se han curado, o simplemente desaparecieron?

Los virus son muy difíciles de combatir, en parte porque pueden mutar muy rápido y evolucionar a nuevas cepas más virulentas. Además, hay una gran cantidad de virus desconocidos en el reino animal que podrían mutar en formas que atacan a los humanos, y cada vez más nos ponemos en contacto con estos reservorios de virus a medida que los humanos nos expandimos a lo que alguna vez fueron áreas remotas de vida silvestre. Por otro lado, los virus también pueden mutar en cepas menos dañinas. Algunas de las batallas exitosas contra virus patógenos, como la viruela y la poliomielitis, se han ganado solo por un esfuerzo largo y decidido. Nunca es fácil y se necesitan muchos recursos científicos, ahora más que nunca.

Un científico del sonido

‘El instinto musical’ (2010).

Foto: Especial para Gaceta

—De formación químico y físico, ¿qué lo motivó a escribir sobre el instinto musical?

Yo he sido toda mi vida un rey de la música amateur, en diferentes maneras: toque en bandas de rock, de thrash metal, incluso de pop. La música es mi pasión y siempre quise ver si podía encontrar un camino para unirlo con mi otra pasión, que es la ciencia.

Al final, fue claro para mí que lo que realmente necesitaba hacer era encontrar la gran pregunta que pudiera existir alrededor de la música, que es: ¿por qué la música tiene tanto impacto en nosotros? ¿Cómo logra lo que logra? ¿Cómo hace que nos movamos tanto y tan regularmente? Mientras más pensaba en esas preguntas, más las quería resolver, más me iluminaban y más me hacían escuchar música. Al investigar sobre este aspecto, encontré mi propio gusto e inspiración por los diferentes tipos de música y espero que eso también se pueda leer en el libro.

—¿Qué opina sobre la investigación de un antropólogo de Harvard que analizó 3,025 canciones de diferentes culturas y descubrió el mismo patrón musical?

Yo creo que es un trabajo muy interesante. Estaba resolviendo una pregunta que nos hemos hecho por mucho tiempo, sobre si podemos identificar en la música figuras universales y eso puede tener muchas perspectivas. Algunos opinan que esos universos sí existen, pero otros sienten que la música siempre es específica a su cultura y este fue el estudio más largo que he visto en el que se trata de responder esta pregunta, y claramente esto permitió encontrar ciertas características en la música que sí son comunes en las diferentes culturas.

Creo que eso es interesante, nos muestra nuestra restricción en las habilidades cognitivas en la música, porque una de las cosas que encontramos, por ejemplo, fue que en todas las culturas aparentemente usamos escalas musicales, que probablemente tendrán diferente afinación, pero todas tienen escalas con un número determinado de notas, que generalmente está dividido optativamente.

También he pensado en las características del proceso auditivo, porque es un factor importante y que se desencadena por patrones naturales y no solamente por la música, y eso tiene sentido, porque la experimentamos de una manera especial. Me parece interesante encontrar estos factores en común, pero siempre sentí que para entender realmente cualquier tipo de música, tenemos que pensarla en el contexto cultural. Tenemos que entender los aspectos de esa cultura, para entender los roles culturales que la música podría tener allí, y para poder apreciarla completamente. Siempre será complicado para alguien que ha crecido rodeado de una cultura musical, entender cualquier otro tipo de música, yo creo que no es imposible, pero es valeroso hacerlo. Si existe algo universal en la música debe ser en un nivel muy profundo, como al entender cómo escuchamos el sonido y cómo procesamos la información. Las verdaderas cosas que nos mueven sobre la música que escuchamos y que conocemos, tienden a ser más específicas en las culturas del lugar de donde provienen.

—¿Cómo cree que ha evolucionado nuestra percepción musical?

Esta es otra pregunta que se ha discutido por siglos, saber si la música ha tenido un rol en nuestra evolución, un rol adaptativo o no. Probablemente nunca tengamos una respuesta a esa pregunta, porque no podemos regresar en el tiempo y descubrir cómo fue el proceso. Lo que sí podemos decir es que es muy antigua. Los humanos hacían música desde la última era glacial. Y no parece ser universal solo en el sentido de que todas las culturas que conocemos tengan música de algún tipo. Está claro que la música tiene un profundo significado en las culturas y en la existencia humana. Pero con solo eso no se puede probar que siempre fue adaptativa. Yo creo que soy agnóstico en esa perspectiva.

Hay muchas teorías sobre cómo habrá sido el papel de la música, en el proceso evolutivo, por ejemplo: que ayudó a crear sociedades, a generar comunicación entre una madre y su hijo, que parece ser un lenguaje más musical. Tal vez, fue utilizada como una exhibición sexual, como en los animales, una forma de mostrar las habilidades a la posible pareja. Todas estas teorías son posibles, tal vez una más que la otra es real, pero no tenemos evidencia sólida para ninguna de ellas. Siempre siento que es importante recalcar que el valor de la integridad de la música no depende sobre si podemos o no establecer un papel evolutivo, creo que hace mucho pasamos ese punto, es muy claro y crucialmente importante en nuestra cultura, sin importar cómo hace cientos de años logró sobrevivir.

Yo creo que algunas funciones de la música se siguen manteniendo. De hecho, esa es una de las razones por las que se sugiere que tiene un papel evolutivo. Nosotros sí utilizamos la música para comunicarnos con los niños, la usamos instintivamente para comunicarnos con los bebés y parece ser que es más probable entender el contenido emocional que se está expresando a través de los sonidos que hacemos. La música sí nos ayuda a crear lazos, a formar grupos, a sentir afecto por otras personas. Estas características son indudablemente ciertas, sin importar si son la razón fundamental por la que tenemos música.

Cómo ser un escritor de ciencia

'Cómo crear un ser humano' (2019).

Foto: Especial para Gaceta

—¿Por qué es importante escribir sobre temas científicos para el público en general?

Esto es cada vez más vital para una sociedad saludable, ya que de eso depende que sus ciudadanos tengan mejor información sobre ciencias. Considero que desde la escuela, desafortunadamente muchas personas ponen la ciencia a un lado, no solo no quieren estudiarla o escuchar sobre ella, sino que tampoco se sienten atraídos, y eso significa que una gran parte de nuestra sociedad no sabe nada acerca de temas cruciales para el presente y futuro. Esto es un problema que tratamos de resolver los escritores de divulgación científica.

En las democracias de ahora debemos tener una población bien informada para tomar decisiones sobre los tiempos difíciles y los desafíos que vienen; decidir sobre el cambio climático, pero también sobre medicina, y para decidir correctamente necesitamos una sociedad informada en ciencias.

Muy a menudo escribo sobre cosas por las que estoy interesado y quiero que otras personas lo sepan, es una de mis pasiones. Siempre creo que las personas merecen saber sobre estas cosas, porque son tan interesantes ¿cómo no escribir sobre ellas? Así pasó con ‘El instinto musical’, aunque las personas no sean muy científicas, siempre la gente escucha música, sin saber nada sobre la ciencia de la acústica o sobre la cognición. Para mí este libro incrementa mi apreciación por este campo y ensancha mi receptividad a diferentes tipos de música y por eso me gustaría pensar que, posiblemente otras personas tendrán ese tipo de interés.

—¿Cómo se debe escribir sobre ciencia?

Hay que encontrar caminos amplios en los que se explique un tema y en los que la gente no científica pueda entender las ciencias. Hay muchas formas de lograrlo y una que es usualmente utilizada, es a través del uso de la historia de una persona. También es importante encontrar maneras de hacer la investigación relevante para la vida de los demás, para que ellos sientan que no solo se les está dando información que se espera que ellos recuerden, como si fueran a tener un test en la escuela.

Desde un punto de vista material, podríamos apoyarnos en el significado y las consecuencias de perder nuestra biodiversidad y por qué dependemos de ella. Pero, tal vez se puede plantear en términos de ser capaz de entender nuestro lugar en el universo. Si fuéramos capaces de condensar eso en una frase, creo que la astrología, la astrofísica y la cosmología parecen ser las áreas más populares de la ciencia, en las que no es tan difícil encontrar personas que sean receptivas a sus palabras.

Estas preguntas de ¿por qué estamos aquí? ¿Cómo llegamos aquí? ¿Estamos solos en este plantea? Creo que son unas preguntas que muchas personas se han preguntado a ellas mismas y siempre hay alguien que tenga algo que decir al respecto. Tal vez el método adecuado sería buscar responder las preguntas que las personas podrían llegar a tener.

—¿Qué cualidades debe tener una persona para poder escribir sobre ciencia?

Si no sabes nada de ciencia no es imposible escribir sobre ella, solo es más difícil. Yo sé de algunas personas que son escritores exitosos y no tienen un entrenamiento en la disciplina científica. Así que es posible, pero es más complicado.

Para mí el entrenamiento específico que tuve en ciertos aspectos de la química y en ingeniería, es algo que yo realmente no necesito mostrar en mi escritura. Pero creo que es mejor pasar por este proceso de aprender sobre cómo la ciencia está hecha y ser capaz de leer un artículo especializado, sin sentirse completamente superado por la forma en que se expresan los científicos, lo cual es muy usual, porque no es fácil adecuarse a este lenguaje, y más cuando no tienes un entrenamiento científico. Pero yo sí considero que es absolutamente posible entender esos artículos sin saber sobre el tema, entonces no creo que la gente tenga que abandonar su intención solo por esa razón.

Pero luego, el desafío es encontrar formas de traducir la ciencia en un lenguaje que todas las personas puedan entender y ese aspecto es muy importante para mí. Siempre que pueda pienso en cómo puedo poner esta complicada idea científica en términos simples. Para esto creo que es realmente importante explicar el contexto en el cual la ciencia está ocurriendo. ¿Por qué se está haciendo? ¿Quiénes la hacen? ¿Por qué es un problema que debamos resolver? ¿Por qué tenemos problemas éticos con esta investigación? ¿Qué debemos pensar y analizar frente a esto? Eso es muy importante aplicarlo sobre el lenguaje científico: no solo debemos buscar explicar complicados términos, sino también a ayudar a entender a las personas y darles caminos para entender la ciencia en contexto.

El incierto futuro del planeta

—En sitios como Colombia, que tienen tanta diversidad natural ¿por qué considera necesario que la gente lea más sobre ciencia?

En este momento la gente está muy consciente de la importancia de la biodiversidad, de los ecosistemas antígenos en cualquier país. En los países sudamericanos en particular, tú no puedes evitar este tema, porque es uno de los sitios más diversos del planeta, pero también sabemos que, lamentablemente, uno de los que se encuentra en más peligro. Yo esperaría que se incremente la apreciación sobre el por qué debemos valorar nuestra biodiversidad y nuestros ecosistemas. Si las personas entienden un poco más sobre la ciencia, un poco más sobre cómo el ecosistema mantiene su delicado balance y cómo el planeta entero depende de la biósfera, de los seres vivos que hay en él, un país como Colombia se vería beneficiado de tener un incremento en la apreciación por sus fantásticos recursos.

—¿Cuáles son los argumentos para tener miedo o esperanza sobre el cambio climático y el futuro de nuestro planeta?

Me siento de las dos formas. Tengo miedos muy profundos sobre el futuro y también creo que este último año ha dado a muchas personas razones para ver lo asustados que deberíamos estar. Los incendios en Australia y no solo eso, el modo en el que algunos permafrost en las tundras de la Antártida se están derritiendo, la forma en que la capa de hielo se está derritiendo, y podría desaparecer según algunas teorías, en un futuro no muy distante, con todas las consecuencias que eso podría acarrear para la vida salvaje. Creo que estas son señales muy alarmantes.

Yo supongo que hay muchas personas que son pesimistas en este tema, y lo que me parece esperanzador, pero también frustrante, es que nosotros sabemos lo que tenemos que hacer, es muy claro lo que debemos hacer para reducir nuestras emisiones de CO2, y también sabemos, gracias a los cálculos que se han realizado, que si lo hacemos en los próximos 20 años, nosotros seremos capaces de contener cosas.

No hay razones para creer, hasta lo que sabemos por el momento, que las cosas se pondrán peor, por lo menos por un tiempo considerable, quizá lo que queda de nuestras vidas. Pero podríamos manejarlo, sabemos que es posible, que no es demasiado tarde, pero la frustración viene de que, si tenemos claro estas cosas, ¿por qué no lo hacemos?

Una de las cosas por las que estoy preocupado es que se está dando la impresión a las personas de que no deben preocuparse, porque la ciencia lo va a resolver, porque la ciencia aparecerá con alguna nueva e increíble tecnología para crear energía que solucionará todos estos problemas y nos permitirá abandonar las energías fósiles. Yo creo, y hay que dejarlo claro, que no veo que vaya a ocurrir eso. Creo que hay innovaciones que podrían ayudar, pero necesitamos de un deseo político y un acuerdo social para poder lograr cambiar ese futuro oscuro y esa es la verdadera razón por la que es tan frustrante no encontrar ese deseo en los países más grandes y extensos de la tierra. Ese es nuestro verdadero reto y si no lo hacemos, entonces estaremos frente a un panorama extremadamente alarmante. Así que no me siento esperanzado, pero sí estoy profundamente preocupado por la situación.

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