La escritora uruguaya Fernanda Trías revela detalles de 'Mugre rosa', su nueva novela

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La escritora uruguaya Fernanda Trías revela detalles de 'Mugre rosa', su nueva novela

Abril 25, 2021 - 11:04 a. m. Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, reportero de Gaceta
Fernanda Trías

La escritora uruguaya Fernanda Trías, radicada en Colombia hace 5 años, publica ‘Mugre rosa’, su primera novela escrita en el país. Más allá de su coincidencia temática con la actual pandemia, la autora habla de su concepción novelística y la relación con sus maestros: Onetti y Levrero.

Foto: Fernanda Montoro / Especial para Gaceta

Todo ocurre en el puerto de San Felipe, un lugar marginado del mundo y donde ya no arriba ningún barco desde que un viento rojo empezó a matar los peces, ahuyentar las aves y enfermar a los pobladores. Solo pocos continúan viviendo allí, como ignorando esa peste que va despellejando a sus víctimas.

“Van quedando en carne viva”, le dice un taxista a la protagonista de ‘Mugre rosa’, la nueva novela de Fernanda Trías, escritora uruguaya radicada hace más de 5 años en Colombia, donde terminó de escribir este libro. Pero antes, la autora también ha escrito y publicado otras novelas en diferentes países, como ‘La azotea’ (2001), ‘Cuaderno para un solo ojo’ (2002) y ‘La ciudad invencible’ (2014).

La epidemia causada por este viento rojo, que se conoce como el Príncipe, puede llamar inicialmente la atención del lector —y más en los tiempos que estamos viviendo—, pero esta es solo una coincidencia con la pandemia real del Covid-19. Como ya Fernanda Trías lo ha aclarado en varias ocasiones, terminó su novela en diciembre de 2019, antes que el virus del Sars-Cov-2 se expandiera por el mundo. Pero la autora prefiere negar que haya algún tipo de premonición en su obra, la verdadera profundidad está en las relaciones humanas. Por ello, la descripción minuciosa de cómo el viento rojo va atrapando a “los de adentro”, como les dicen a los que viven en el puerto, solo es el síntoma más superficial de la gran desesperanza que se ha apoderado de los personajes de ‘Mugre rosa’.

Una apatía por el futuro que es expresada con pesimismo hilarante en cada encuentro que tienen los habitantes de San Felipe, y que puede definirse con este diálogo de la protagonista y su esposo, quien está en un pabellón del hospital para enfermos crónicos —que tienen síntomas leves, pero aún no se han despellejado— por la peste roja:

—¿Qué le dice un monje budista a su hijo? —preguntó Max.
—Qué, a ver.
—Un día, hijo, todo este vacío será tuyo
.

Este humor negrísimo y la gracia del lenguaje que caracteriza a ‘Mugre rosa’, marca una gran diferencia con otras obras de epidemias como ‘La peste’. de Albert Camus, cuyos personajes viven un drama cada vez más angustiante, insoportable incluso para el lector. Mientras que Fernanda Trías, con su extraordinaria riqueza verbal y formal, redime para el lector el clima opresivo que respiran sus personajes, y esto lo acompaña de una estética que cuestiona las apariencias del entorno. Como el mismo título de la novela, que se refiere a un alimento procesado similar a una “pasta de dientes hecha de carne”, hay plasticidad en cada atmósfera y objeto que describe la narradora, pero esa belleza esconden siempre algo repulsivo.

“Hasta hoy recuerdo el olor rancio a gelatina de carne y a tierra enmohecida. Le llamaban mugre rosa y olía a sangre coagulada y al líquido (…) para lavar el baño”, dice la narradora.

La novela también tiene elementos orwellianos y de ciencia ficción, por lo que algunos la consideran una obra distópica. Algo de ello se encuentra en el manejo que los medios de comunicación, por fuera del puerto, hacen de la peste, y también en las decisiones políticas como la de crear un nuevo ministerio de salud que se encargará exclusivamente del Príncipe, pero que cada vez tendrá más poder y se convertirá en un estado paralelo. No obstante, para los habitantes del puerto y, particularmente, para la protagonista, todo sucede desde lejos y su única conexión es la televisión.

Bajo un cielo sin aves: “los pájaros nos dejaron solos con el viento rojo”, entre edificios con todas las ventanas cerradas y donde las personas sobreviven con filtros, saliendo en carros blindados, y acosados por permanentes alarmas que avisan la llegada del Príncipe; la protagonista comprueba que así como todos —excepto el gobierno que los vigila— han roto relaciones con San Felipe, extrañamente solo ella se esfuerza por conservar los vínculos con su madre y su esposo, aunque con ninguno sea feliz, incluso llega comprometerse —más allá del sueldo— a cuidar un niño monstruoso y siempre hambriento, que padece el síndrome de Prader-Willi. De algún modo, sentirse atrapada por esa niebla roja que rodea al puerto y sin ánimo para escapar, decide aferrarse a estas relaciones enfermizas que son su propia peste, salvo que no tienen la suficiente fuerza para acabar con ella.

Desde Bogotá, donde trabaja dictando clases de escritura creativa dentro del programa de escritores residentes de la Universidad de los Andes, Fernanda Trías habla del trasfondo humano de su novela y la influencia en su obra de algunos grandes autores uruguayos como Juan Carlos Onetti y Mario Levrero, de quien fue discípula en su legendario taller de escritura en Montevideo.

Mugre rosa

'Mugre rosa', (Penguin Random House, 2021).

Foto: Especial para Gaceta

—¿En algún momento su intención fue escribir una novela distópica?

Nunca pensé en eso, de ningún modo fue un intento deliberado por abordar otro género. Yo desde hace mucho tiempo venía rumiando esta historia. Pero la idea inicial que tuve fue escribir una novela realista, que luego cuando estuve viviendo en Madrid, en una residencia de artistas, me di cuenta de que ese no era el camino de la novela y que me interesaba más concentrarme en este universo extraño con esta niebla y estos vientos, junto a otros elemento que cuando los escribí me resultaron muy impactantes, pero que ahora son la nueva normalidad, como que la gente deba usar tapabocas. Sin embargo, durante la escritura que no empecé sino hasta comienzos de 2018, yo me concentré en los conflictos humanos, nunca me pregunté si era distopía o ciencia ficción, sino que me preocupaba las reacciones que este entorno podía causar en estas personas, y me enfoqué mucho más en esos vínculos rotos.

—¿De dónde viene ese interés por los conflictos humanos?

Todo lo que he escrito es sobre eso, ahondar sobre el alma humana y los conflictos interpersonales, y de uno consigo mismo. Tanto en ‘La azotea’, como en los cuentos de ‘No soñarás flores, siempre está esa búsqueda, una obsesión que tengo como por bucear en el corazón de estos personajes, yendo a lo más profundo. También el duelo y la pérdida son temas sobre los que he escritor mucho, en ‘La azotea’, mi primera novela que escribí en 1999 y publiqué en 2001, así como en mis cuentos, o en ‘La ciudad invencible’, en todos hay personajes que tratan de digerir esas pérdidas y buscan si es posible seguir con la vida.

Siento que he venido explorando los mismos temas, pero desde otro ángulo y sumando otros temas, con intereses nuevos que también aparecen en ‘Mugre rosa’, como la preocupación por lo que estamos haciendo con el planeta, las catástrofes medioambientales y el poder del ser humano para destruir en general, tanto nuestro propio hábitat como a las otras especies, para devorarlo todo, que para mí, en la manera como lo estamos haciendo, es devorar-se, porque no hay manera que eso no se nos devuelva. También he tratado temas como la alimentación y la industria cárnica, y las enfermedades como la del niño, Mauro, y las relaciones con el cuerpo enfermo, temas que en esta novela exploro más fondo.

En ese sentido, siento que el ambiente distópico lo creé para poder poner contra las cuerdas a los personajes, o sea, ya en ‘La azotea’, los personajes están encerrados porque hay una amenaza exterior, pero es una amenaza imaginaria debida a la paranoia de la protagonista. Entonces, en ‘Mugre rosa’, de alguna manera los personajes vuelven a estar encerrados, pero por otro motivo, en este caso por una amenaza real y biológica, al parecer, que son estos vientos. A mí esto me sirvió para poner al límite los personajes y probar hasta qué punto soportan sus vínculos, y ver cómo los resuelven.

—¿De qué modo ‘La peste’ de Albert Camus fue un precedente para escribir su novela?

Es muy difícil no tener como referente ‘La peste’, porque es un clásico. Lo leí de muy joven y me impactó mucho, entonces es inevitable que haya quedado en mi mente algo de esa obra, luego el año pasado lo releí pero posterior a haber terminado ‘Mugre rosa’, y sí son muy interesantes los lazos que se pueden trazar entre ambas novelas y la pandemia. Pero yo no puedo hablar de influencias buscadas, sino que todas las lecturas que he hecho me van influyendo de maneras que no soy consciente. Puede haber sido un guiño inconsciente a Camus. Aunque, sin duda ‘La peste’, es la gran obra sobre una peste, pero creo que la intención de Camus es más ejemplarizante y política, de mostrar los conflictos morales de ese pueblo encerrado, de quienes no se comprometen y los que sirven a su comunidad arriesgando su vida.

—La narradora de ‘Mugre rosa’ manifiesta gran decepción por la especie humana, ¿hay algo de usted misma en este pesimismo del personaje?

La construí bastante desencantada y dependiente emocionalmente, por lo que no me reconozco en ella. Es una mujer que se siembre se ha dedicado a cuidar a otros y nunca a sí misma, nunca presta atención a sus propias necesidades, y de alguna manera tanto su madre como Max, su esposo, abusan de esa dependencia afectiva que es como un hueco que ella trata de llenar. Ahí no me identifico para nada, pero al contrario, lo que me interesa como escritora es crear personajes muy distintos a mí misma. Como por ejemplo, Clara, en ‘La azotea’ que es una mujer paranoica y no sabemos bien si tiene un déficit intelectual. Eso es lo que me intriga, no conocerlos del todo, porque si yo supiera cómo piensa ese personaje, cómo siente, cómo actúa, tal vez no escriba sobre él, porque escribo para descubrirlo.

Sin duda soy muy crítica de la realidad, del estado de las cosas en la actualidad, y en ese sentido, yo pongo algunas ideas mías en mis personajes, pero esos personajes no son mi álter ego o que se parezcan a mí.

—Hay una imagen insistente en la novela, que de algún modo revela la preocupación de la narradora por lo que sucede a su alrededor, y es cuando sus encías comienzan a sangrar, ¿cuál fue su intención al darle esta característica, tal vez para delatar algún trastorno?

Son imágenes que me vienen cuando estoy construyendo el personaje y me sirven para definirlo. Creo que en este caso me guie por la intención de mostrar un efecto físico real de todo lo que le está sucediendo a la protagonista, de todas las emociones que ella siente pero casi sin consciencia, porque ella vive de una manera fría, desinteresada por su propio destino, como si no le importara vivir o morir, sin embargo debajo hay otras cosas que ella siente, como aguas subterráneas, que se manifiestan físicamente, y las encías sangrantes me parecieron un síntoma interesante en ese sentido, pero no lo asocié a ningún trastorno en particular.

—En ‘Mugre rosa’ las apariencias engañan...

Todo tiene una apariencia eufemística o inofensiva, pero luego cuando conoces el nombre técnico, cómo lo hacen y lo que produce, ves que no eran tan inofensiva. Y eso tiene que ver con mi perspectiva crítica, siempre me ha llamado la atención evidenciar cómo se manipula la realidad y se la nombra de distintas maneras para convertirla en una píldora que después ciegamente, como población, nos tragamos.

—¿Cómo surgió el título para la novela?

No me lo inventé, sino que lo descubrí. Esa expresión es la manera despectiva con la que se nombra el tratamiento que se le hace a los deshechos cárnicos para convertirlos en una masa comestible y que se pueda comercializar, obviamente tiene un nombre técnico, pero en inglés se utiliza una expresión que traducida equivale a “mugre rosa”. En España le llaman “baba rosa”, también. A mí me llamó muchísimo esa expresión y a lo que se refería, entonces lo anoté y supe que algún momento yo tenía que hacer algo con eso. La imagen me impacto tanto que desde el primer día supe que la novela se iba a llamar así.

—En algún momento estuvo vinculada al taller de escritura de Mario Levrero, ¿cómo fue su relación con este escritor?

Estaba buscando un maestro que me guiara en mi intención de ser escritora, entonces a través de un amigo contacté a Mario. Durante un primer momento yo no iba al taller, sino que trabajábamos uno a uno, en ese momento estaba escribiendo mi novela menos cinco, es decir, una de las muchas que no vieron la luz, yo le llevaba capítulos y los discutíamos, ese fue el comienzo y esa novela quedó descartada. Luego sí fui al taller, durante un año, y fue muy interesante conocer la dinámica, generalmente el funcionaba con disparadores creativos que movilizaban la imaginación, por eso creo que él inventó un tipo de taller literario que no se parece a ninguno, y eso fue posible porque Mario tenía una intuición gigantesca y prácticamente podía ver a través de cada persona, entendiendo qué necesitaba cada uno, me parecía que era casi como un terapeuta y a la vez tallerista. Era algo increíble, porque con cada uno establecía un vínculo distinto, a partir de lo que él se daba cuenta que esa persona, muchos jóvenes pero también mayores, necesitaban para sacudirle la imaginación.

A mí me marcó muchísimo, porque me ayudó a definir mi propia perspectiva de la literatura, de hecho yo me muevo dentro de la escritura de una forma muy intuitiva también, y creo, como planteaba él, que los materiales de la escritura vienen del inconsciente, Por eso intento dejar fluir esas imágenes oníricas, no meter la cucharada e interrumpir el proceso, y confío en la manera como se va dando. Algo que aplico y que para mí es muy levreriano, es que yo puedo avanzar un largo trecho de la novela sin entender del todo lo que estoy escribiendo, pero confiando que en algún momento lo voy a entender, y eso me pasó también con ‘Mugre rosa’.

—¿Considera la obra de Juan Carlos Onetti como influencia?

Creo que sí, porque lo admiro profundamente, me enloquece su obra y lo leí de joven, fueron mis primeras lecturas y lo sigo leyendo, entonces yo creo que de alguna forma me ha influido. Esas atmósferas grises, la morosidad de sus personajes, lo punzante de mirada, me parecen algo muy propio de la tradición uruguaya, entonces no solo es Onetti, sino por ser de donde soy, se me ha filtrado un poco de ese universo. Esas atmósferas de Santa María, y El astillero, todo eso lo tengo muy presente.

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