Adelaida Fernández: La escritora caleña que encontró racismo, corrupción y perversión en la novela 'María'

La escritora caleña que encontró racismo, corrupción y perversión en la novela 'María'

Abril 28, 2019 - 08:00 a.m. Por:
 Paola Guevara / Editora de Gaceta
hacienda El Paraíso

La hacienda El Paraíso, reconocida por ser escenario de la novela María de Jorge Isaacs.

Bernardo Peña / El País

La académica y escritora caleña que convirtió a Nay, la esclava de María, en personaje central de una novela premiada en el plano internacional, afirma que la voz de las mujeres negras en la literatura fundacional fue omitida o silenciada de forma sistemática. Ella se propuso enmendar este error.

‘Afuera crece un mundo’ es el nombre de una de las mejores novelas colombianas de los últimos años. Y de todos los años.

El nombre de Adelaida Fernández Ochoa era prácticamente desconocido en el mundillo literario cuando ganó el codiciado premio Casa de las Américas, por una novela que revisa la lectura canónica de ‘María’, de Jorge Isaacs, novela fundacional colombiana y latinoamericana.

Adelaida Fernández Ochoa

Adelaida Fernández Ochoa

Archivo / El País

Fernández rescata de las entrañas del clásico vallecaucano a un personaje aparentemente menor: Nay, la esclava africana que el padre de Efraín juega al azar en la casa de un traficante y que le gana, en una partida afortunada, a un esclavista norteamericano.

“Es 1840 y varios cimarrones y libertos del Cauca se han unido al ejército de Los Supremos en espera de respaldo a su propia causa: la abolición de la esclavitud. Pero Nay de Gambia, negra que administra la lechería y la huerta de una de las haciendas del judío Ibrahim Sahal, está convencida de que la verdadera libertad no se adquiere a través de la ley. Para ella, la única forma de alcanzarla es retornar a su país de origen. Junto a su hijo, Sundiata, emprenderá un largo y dificultoso viaje en busca de este sueño”, reza la sinopsis del libro que dará mucho de qué hablar en la Feria del Libro de Bogotá que comenzó esta semana.

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Caleña criada en Palmira, Adelaida Fernández vive en Circasia junto a su esposo, profesor de la Universidad del Quindío. En su infancia ‘María’ fue lectura obligada, como la de todos los niños del Valle del Cauca, pero solo adulta y ya maestra en literatura desentrañó elementos que le permitieron apartarse de la lectura romántica e idealizada que le enseñaron sus maestros.

Explica que ‘Afuera crece un mundo’ requirió una investigación muy profunda y rigurosa, porque no eligió cualquier tema. Hay que ser valiente, y tener una voz muy potente para meterse con ‘María’, de Jorge Isaacs, esa novela fundacional no solo del Valle del Cauca sino de toda Colombia, y un clásico Americano indiscutible.

Adelaida Fernández Ochoa

Novela ganadora del Premio Casa de las Américas, año 2015.

Archivo / El País

Fernández saca a Nay de este rol de esclava, de ese rol secundario, y la ubica en el centro del foco.

Construye en torno a esa figura y la de su hijo una novela llena de destreza que da cuenta de una época, de las condiciones de los esclavos en América, de los sueños de libertad amputados, de la lucha por la Independencia y las trampas invisibles de la ley de libertad de vientres. Es, también, un poema de añoranza por el África madre, el África originaria.

Adelaida Fernández estará presente en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, invitada por el Ministerio de Cultura, para participar en el conversatorio ‘La marca de África’.

’Afuera crece un mundo’, de la escritora caleña Adelaida Fernández,
es un volver necesario y revelador
a la Nueva Granada del siglo XIX,
desde la mirada de aquellos que
fueron esclavizados.

¿De qué investigación partió ‘Afuera crece un mundo’, esta novela suya que reivindica el rol de la mujer negra en la construcción de la identidad de las jóvenes naciones americanas?

Para mi grado de Maestría en Literatura hice una investigación sobre la presencia de la mujer negra en la historia colombiana. Hice un recorrido por 13 novelas colombianas, varias de ellas fundacionales, entre las cuales están ‘María’, ‘El Alférez Real’, ‘Manuela’, ‘La marquesa de Yolombó’, hasta otras más recientes como ‘La ceiba de la memoria’, de Roberto Burgos Cantor, que acabó de abandonarnos. También ‘Del amor y otros demonios’, de García Márquez o ‘Rencor’, de Óscar Collazos, entre otras, y llegué a la conclusión de que la mujer negra en estas novelas es otredad, es alteridad, es un personaje que a veces pareciera un elemento del paisaje. Ella no narra, a ella la narran. Esa fue mi conclusión.

Pero no solo la mujer negra sino la mujer en general…

La mujer en Colombia no se narra, a ella la han narrado. De las 13 novelas que trabajé ninguna fue escrita por una mujer. Y hay personajes mujeres de gran trascendencia en las novelas fundacionales, como la Marquesa de Yolombó, de Tomás Carrasquilla. El personaje se llama Bárbara Caballero, una mujer blanca, criolla, que decide hacerse minera en Yolombó, Antioquia, y no solo se hace minera sino que aprende a leer, cuando las mujeres de su tiempo solo sabían tejer y coser. Ella tiene mucho éxito en ese trabajo con la ayuda de una legión de personajes, mujeres negras que están a su alrededor y que la ayudan, porque otra de las funciones que cumple la mujer negra dentro de la novela fundacional es ser el alter ego de la mujer criolla blanca que tampoco tiene palabra. A esta mujer blanca la narra un hombre.

Qué conclusión saca de esta evidencia…

Me di cuenta de que faltaban mujeres escritoras, y la voz de la mujer, su óptica, su percepción del mundo, ese lenguaje depurado por su espíritu. Nos inculcan una visión del mundo que viene con el lenguaje y es patriarcal. Pero ese lenguaje patriarcal debe ser depurado por un espíritu femenino para que la voz sea femenina.

¿Qué poder particular debería tener esa voz femenina en la literatura?

Una voz femenina que sepa que va a emprender una lucha contra el lenguaje que nos posee, que nos determina y nos controla. Cuando nosotras escribimos, leemos, hablamos, el lenguaje debe ser depurado por nuestro espíritu. Esta fue la conclusión de mi trabajo de tesis: “Falta esa novela. Entonces yo voy a escribirla”.

Qué pasó con su tesis de grado, ¿por qué ir más allá y emprender la tarea de escribir una novela?


Cuando terminé el trabajo de grado quise que fuera conocido, pero hubo un par de situaciones. El director de mi trabajo de grado y uno de los jurados pidió que el trabajo fuera laureado y, por tanto, publicado, pero otro de los jurados, un escritor importante, dijo que no, que después... cuando hiciera el doctorado. Entonces dije “voy a escribir una novela”.

Escogió narrar a través de un personaje aparentemente secundario en ‘María’. ¿Quién es Nay?

María es una novela de 1867, y allí aparece una mujer negra que llaman ‘Feliciana’, que es narrada después de que se muere. Efraín dice: yo voy a contar la historia que esta mujer me narró “con rústico y patético lenguaje”. Eso me impresionó, porque yo había descubierto más en esa mujer, durante mis relecturas de la novela.

¿Hemos tenido una lectura muy canónica de María?


La lectura de María que hacíamos los niños y los jovencitos del Valle del Cauca, desde la escuela, era la misma. Sabíamos cómo empezaba ‘María’, podíamos recitar ese comienzo de memoria, y en el bachillerato la leímos. Pero posteriormente, ya adulta con formación, leí ‘María’ de nuevo y me encontré con que Nay tenía un potencial semántico grande. Esta mujer aparece solo en tres partes de la novela, pero sus pocas apariciones permiten establecer quién era ella.

¿Qué dice ‘María’ sobre Nay?

Está allí en María, pueden buscarlo, que Nay llega en condición de contrabando a Bocas del Atrato, Turbo. A la casa de un contrabandista de apellido Sardi. A ella la van a vender. Allá llega también el papá de Efraín, que era muy honorable, o al menos lo de “honorable” se daba gracias a las lecturas canónicas que nos enseñaban. Un hombre muy recto, pero uno caía en cuenta, al leer, de que el padre de Efraín hacía sus torcidos. Entonces él estaba allí en la casa de un contrabandista y no necesariamente para rezar el rosario.

“Cuando el amo menor tenía oídos le pedí que tan pronto se hiciera hombre nos llevara de regreso a mi hijo y a mí. Después se esfumó la esperanza. A veces me pregunto si tratando de inculcarle ese mundo a mi hijo estoy formando un hombre triste”.
Fragmento de ‘Afuera crece un mundo’.

¿Qué pasaba con las leyes de esclavitud en ese preciso momento histórico?

En Colombia para ese entonces ya estaba prohibido traer personas de contrabando, traer personas esclavizadas de África, ya se había dictado la ley de Libertad de Vientres en 1821. Entonces Nay está allí, la compra un norteamericano y la esposa de Sardi que se llama Gabriela le dice: ‘cómo te parece que te compró un norteamericano y te va a llevar a un país donde la esclavitud es feroz. Allá un perro te puede destrozar’. Entonces Nay se va para donde el papá de Efraín y le dice ‘Si no quieres que ahogue esta noche a mi hijo, cómprame’, palabras mayores en el siglo XIX, ¡Y aparecer en una novela esa frase!

¿Qué viene después?

Entonces el tipo (el padre de Efraín) se conmueve y se la compra al norteamericano, pero no se la compra a secas, se la juega, porque era jugador. Entonces la juega, la gana, la compra, le da la carta de manumisión a Nay pero no le dice cómo liberarse. El padre de Efraín no hace ninguna gestión para que ella regrese al lugar de donde salió. Se la trae para su hacienda del Valle del Cauca, donde Nay ayuda en la crianza de los niños.

Cuando Nay le dice al padre de Efraín “cómpreme”, ¿es una situación que aparece en otras novelas fundacionales?

Sí, aparece en ‘Manuela’, de Eugenio Díaz. En esa novela aparece una figura que se conoció como el ‘chigualo’, la fiesta por la muerte de un niño. El chigualo se lleva a cabo hasta el sol de hoy en el Pacífico. Cuando un niño muere se hace una fiesta, un desfile con cantadoras, con altares, hay mujeres especializadas en el chigualo. Esa celebración aparece en Manuela y el narrador, Dámaso, hombre bogotano de familia distinguida, llama “salvaje” esa costumbre. Pasados 100 años Manuel Zapata Olivella retoma esa situación en ‘Changó el gran putas’ y muestra las condiciones infrahumanas en que hacían la travesía desde África mujeres esclavizadas que habían detenido embarazadas, daban a luz, ahogaban a sus hijos para que no fueran esclavizados y se suicidaban tragándose su lengua, pero a algunas no les funcionaba, quedaban vivas, estaban encadenadas. Es una historia que ya viene sugerida en la novela fundacional, y yo retomo esa situación.

También esta el hecho de que Nay en ‘María’ administra una hacienda lechera.

Que una mujer en el siglo XIX administre una hacienda lechera da cuenta no de que amamantó a los niños, sino de que se ‘entiende’ bien con el dueño de la hacienda.

Y con los números…

Claro porque esta era una mujer que llegó a leer, a ser letrada. Cuando a ella le dan la carta de manumisión, donde certifica que ella se pertenece, guarda la carta, no cree en la libertad que da un papel ni cree en la libertad que se pretende conseguir con las revueltas.

¿Se refiere aquí a la Guerra de los Supremos?

En el siglo XIX hubo varias guerras y hubo una entre 1939 y 1841, la Guerra de los Supremos. José María Obando lideró esa guerra, pero la realizaban contra el poder central de Ignacio Márquez. Deseaban en el suroccidente más presencia en el gobierno central, más poder, pero necesitaban gente para librar esas batallas y deciden hacer proselitismo entre cimarrones, artesanos, esclovos negros... y los incorporan a sus ejércitos.

Pero ellos no pasaban de soldados. Su novela también nos revela a grandes guerreros negros, valientes, estratégicos, que no eran reconocidos.

De hecho hubo héroes al lado de José María Obando, héroes negros, cimarrones, hay registros de algunos personajes, pero el más conocido es Benkos Biohó que en 1621 inicia la revuelta y funda el palenque de San Basilio, pero lo asesinan y le quietan las extremidades y las exhiben en diferentes lugares de Cartagena, en el mercado, en la plaza, en la salida de la ciudad amurallada, la cabeza, el tronco, los miembros, y se vuelve de leyenda.

Nay en su novela no cree en la libertad que popone Obando, porque le parece una libertad al estilo blanco, que usa a los negros como carne de cañón para la guerra. ¿Cuál es la libertad en la que cree la protagonista de su novela?

Para ella la libertad es volver al África. Ella no se pregunta qué se va a encontrar en África si regresa, solo quiere lograr esa libertad que considera la salvación para su hijo. Porque para ella su hijo lejos de África no se va a liberar, porque según la Ley de Vientres el niño era liberado cuando cumplía los 18 años, entonces entre su primera infancia y sus 18 años estaba subordinado, tenía que pagar por su manutención, tenía que pagar con trabajo y su mentalidad iba a ser moldeada en la servidumbre. Eso no lo quiere Nay para su hijo.

Hay una parte muy bella en su novela donde Nay dice “Todos ellos son iguales”, para ella quienes ostentan el poder son idénticos. ¿También Efraín y su papá caben en el mismo cajón?

Por supuesto. Las nuevas lecturas sobre ‘María’ se han hecho a la luz del la participación de muchos estudiosos de la antopología, la literatura, la psicología, la historia, las tendencias nuevas humanísticas. Solo así ha sido posible hacer una lectura no canónica, una lectura en la que se descubran cosas en la novela fundacional. El narrador de ‘María’ es Efraín, que aparece como un modelo de hombre, bello, educado, amorso, pero resulta que si uno lee con una nueva óptica y una nueva hermenéutica, se da cuenta de que Efraín era perverso.

¿Efraín era perverso?

Le hacía males a María, una niña de 14 años que vive en una hacienda y él es un tipo de mundo que ha estado en Londres, que ha estado en Bogotá, que se ha codeado con las élites, pero entonces él llega a la hacienda del Valle del Cauca y siente esta atracción por María y le hace maldades.

¿Como cuáles maldades?

Porque ella no le puso la violeta en el vasito que le tenía que poner, en el almuerzo se agarra a hablar de las mujeres tan bellas, especialmente una fulanita en Bogotá, y la niña de 14 años se siente amedrentada. La espía para ver si llora por él. Porque a Efraín le fascina que lloren por él...

Amplíenos esa idea del hombre al que le complace que lloren por él...


Las lágrimas que se vierten en ‘María’ se vierten por Efraín, y no las vierte solo María. En la novela las personas vierten lágrimas por Efraín, todos lloran por él. Aparte de ser ese gran narrador y conocedor de flora y fauna ese cazador que describe ese paisaje idílico tan hermoso, que dice que ama a María, hay otra faceta de hombre perverso, que espía, o le hace reclamos. Esos detalles uno los establece a la luz de las nuevas lecturas.

De todas formas la relación entre Nay y María o Nay y Efraín es muy leve en su novela...

Cuando Nay se fuga con su hijo María ya está convaleciente, es una aparición muy leve igual que la aparición de Nay en ‘María’ es leve. Y la del mismo Efraín es leve. La presencia contundente en mi novela es la de Nay y la del papá de Efraín que no quiere que ella se vaya.

¿En qué se basó para llenar los vacíos de información que deja la novela de Jorge Isaacs sobre Nay?

Primero la tomo de mi propia historia. ‘Afuera crece un mundo’ no habría sido posible si no sintiera mis raíces negras. Esta novela se escribe desde la identidad que me inculca mi papito, y desde mi historia, desde lo que yo soy, él me lleva a mirar esos valores y la autonomía que yo como mujer negra puedo tener. En cuanto a los autores, me nutrieron todas las historias que me llegan por la oralidad, y todo lo que he leído desde los cuentos de los Hermanos Grimm. Me nutrieron las 13 novelas de mi tesis pero sobre todo la ausencia de nosotras. Un hombre puede escribirnos pero no con el filtro espiritual que solo nosotras tenemos.

¿Qué la motivó a escribir ‘Afuera crece un mundo?

La falta de nosotras las mujeres negras en el género de la novela. No había novela fundacional escrita por ninguna mujer, ni negra ni no negra, solo 13 hombres con narrativas preciosas, como la de Carrasquilla.
Entiende uno por qué nutrió a García Marquez. Pero faltábamos nostras. Me inspira esa mujer que mazamorrea, que asume las riendas de su familia y sus hijos, y también la mujer de ahora, nosotras, son las mujeres las que denuncian los falsos positivos, las que reclaman a sus hijos y los buscan. Son las voces de las mujeres de ayer y hoy las que nos nutren.

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