El río del idioma español, la historia de nuestra lengua por Carlos Rodado Noriega

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El río del idioma español, la historia de nuestra lengua contada por Carlos Rodado Noriega 

Abril 26, 2020 - 06:00 a. m. Por:
L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta

Carlos Rodado Noriega nació en Sabanalarga (Atlántico), es ingeniero civil y economista. También es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Ha sido embajador de Colombia.

Foto: Especial para El País

Resulta poco inspirador, pero el comercio es el padre negado del lenguaje humano. Aunque cada cultura en el mundo desearía, como los mitos así lo narran, que el verbo sea un don divino otorgado por los dioses. Como dice el evangelio: “al principio fue el verbo”, pero lo cierto es que no tendríamos lenguaje articulado y lenguas, si previamente no hubiéramos aprendido a intercambiar conocimientos, propiedades y productos. Por lo tanto, no fue en la torre de Babel donde las lenguas nacieron, sino entre la algarabía de los mercados. Es por ello que los vestigios lingüísticos más antiguos son registros mercantiles.

La prueba más antigua de escritura son unas tablillas de barro donde sacerdotes sumerios de hace 18.000 años dejaron registrados los saldos de cebada y cabras que entregaron a algunos campesinos. Del mismo modo, el primer documento escrito en italiano es una defensa legal de unas tierras pertenecientes a una comunidad religiosa, y el primer texto en inglés es un contrato comercial. De allí nacieron las lenguas que luego usaron Dante y Shakespeare, y que usan hoy Mónica Bellucci y Scarlett Johansson, ellas y unos cuantos millones de personas. De hecho, el italiano es lengua materna de 63 millones de personas. Por su parte, el inglés es la primera lengua de 360 millones y la segunda de más 500 millones de hablantes en el mundo.

Mientras tanto otros 500 millones de personas que hablan español podrían preguntarse a su vez, ¿de dónde viene nuestra lengua? Tal vez sepamos que es la segunda lengua del mundo, por encima del italiano, francés e inglés, siempre debajo del mandarín con mil millones de hablantes. Pero la lengua de Cervantes y Penélope Cruz, de Gabriel García Márquez y Salma Hayek, ¿cuándo se originó y cómo llegó a nuestros días? Esas preguntas espontáneas para cualquier hispanohablante curioso del idioma, son las que responde Carlos Rodado Noriega en su libro ‘Cómo se hizo el español, la admirable historia de nuestra lengua’ (Debate, 2020).

Con un lenguaje sencillo, pero sustentado en una profunda investigación lingüística y filológica, este ingeniero civil y economista, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, y nacido en la legendaria tierra de Sabanalarga (Atlántico), describe con claridad los principales acontecimientos entorno al nacimiento y evolución de la lengua española. Pero esta pesadez histórica resulta placentera, ya que al mismo tiempo, el autor se dispersa en comentarios sobre las culturas y personajes que influyeron para hacer del español una mixtura de voces griegas, latinas, árabes y latinoamericanas. Por eso el libro está lleno de curiosidades, tal vez obvias para un especialista en la materia, aunque siempre estimulantes para el lector común.

En este sentido, cuando habla del impacto lingüístico de los árabes en el español, se deja llevar por la admiración: “Fue realmente asombroso la manera como la cultura musulmana fue prendiendo en la mentalidad hispánica, hasta el punto de que ya no se veía como algo extraño sino como patrimonio propio. Los moros no trajeron mujeres a la Península, y esa circunstancia hizo que rápidamente la mezcla de sangres contribuyera a generar armonía social a pesar de las diferencias en credos religiosos. Muchos cristianos se convirtieron espontáneamente al islam, lo que no resultaba muy difícil dado el parentesco de dos religiones que se consideraban descendientes del patriarca Abraham. Los árabes permitieron la coexistencia pacífica de cristianos, musulmanes y judíos, y ese ambiente de tolerancia propició un vigoroso renacimiento cultural, que convirtió al territorio denominado Al-Ándalus en el país más civilizado de la Europa occidental”.

El libro de carácter divulgativo se publicó en marzo de 2020 por el sello Debate, de Penguin Random House. Es una obra accesible para el lector común y que despierta el interés por la historia del idioma.

Foto: Especial para El País

Los árabes dominaron durante tres siglos una parte del territorio ibérico, después fueron expulsados por los reyes de Castilla, pero su legado permaneció en las más de 4000 palabras, muchas de ellas topónimos como Guadalajara y sustantivos, que parecen muy modernos, como algoritmo. No se puede olvidar que fue un musulmán el inventor del álgebra, y esta cultura incorporó el cero a las matemáticas europeas.

Un aspecto, curioso desde luego, y que no deja pasar el autor, es que la lengua española solo tiene siete verbos árabes, pero con una fuerza suficiente para definir en actos el aspecto pícaro y jocoso de nuestra cultura mestiza, en la que aún perdura la herencia morisca e hispana. Esos verbos son, y quién no ha caído en ellos: “alardear, alborozar, arrear, azotar, gandulear, haraganear y acicalar”. En obras capitales de la lengua como el ‘Lazarillo de Tormes’ y ‘El Quijote’ están empleados con maestría estas voces árabes.

Ahora bien, ¿cuáles son los primeros registros que se conservan del español? En su libro, Carlos Rodado Noriega, menciona tres hallazgos. Dos de ellos avalan la teoría comercial, y el otro tiende a la razón divina.

Entre los siglos IX y XIII se redactaron unos documentos llamados ‘Cartularios de Valpuesta’, donde los monjes de Santa María de Valpuesta (pueblo del reino Leonés de la región ibérica norte), dejaron constancia de las donaciones que hacían a su monasterio a cambio de “beneficios espirituales como un entierro en su suelo o misas en su memoria”. En uno de esos cartularios por primera vez un monje escribió unas palabras que ya no eran latín, sino un nueva lengua que ya era hablada por el pueblo, en vez de caballum, mulinum y frater, mejor escribió: kaballos, molino y iermanis (hermanos). El segundo vestigio de los orígenes del español, es otro registro de un monasterio en el año 980, aquí un monje lleva el inventario de quesos gastados por sus compañeros, escrito en una lengua prerromance o proto-español, usando la palabra kesos reiteradamente.

Pero, como afirma el autor en su libro, el manantial puro del español se origina en las ‘Glosas Emilianenses’, unos documentos de carácter religioso encontrados en el monasterio de San Millán de la Cogolla, en la Rioja otra provincia de Castilla, en el siglo XI. Estas glosas son comentarios a los textos sagrados en latín, escritas al margen por algunos monjes que ya dominaban la nueva lengua, son “el embrión de la lengua castellana”. La glosa más importante es la No. 89, donde un monje traduce del latín a la nueva lengua del pueblo una oración. De acuerdo a esto, sostiene el autor, a diferencia de otras lenguas, “el primer texto en español es una oración. Es decir, nuestra lengua nace hablando con Dios”.

Cuando una lengua deja de ser usada para el comercio y las personas empiezan a rezar a través de ella, puede decirse que alza vuelo y empieza el recorrido hasta las altas cimas del arte literario, que es la forma como los grandes idiomas se trascienden, logrando extenderse en el tiempo y espacio. Aunque la imagen más adecuada para describir este proceso de formación de una lengua, es la que escoge Carlos Rodado Noriega en su libro, “una lengua se va formando como un río. Nace como un modesto hilillo que discurre (…) luego recoge aguas de multitud de afluentes que poco a poco van engrosando su caudal, (…) finalmente alcanza un tamaño de río bien formado y desemboca en el mar”.

En ‘Cómo se hizo el español’, su autor nos lleva por ese viaje fluvial de la lengua española, desde el latín vulgar, pasando por los diferentes dialectos de la Hispania antigua, apreciando el digno Cantar del Mío Cid y los Siglos de Oro de la literatura española, analizando la llegada del castellano a América y su mezcla con las lenguas nativas, y resaltando cómo los escritores y gramáticos latinoamericanos llevaron un idioma local, que les había sido impuesto, a convertirse en un fenómeno universal.

Los orígenes

Página del diccionario de Latín-Castellano, publicado en 1495, donde Antonio de Nebrija incluye por primera vez la palabra origen americano 'Canoa'.

Foto: Especial para El País

—¿Qué lo motivó a escribir un libro sobre la evolución del español?
—Siempre me motivó saber cómo se originan las lenguas y, especialmente, la lengua que hablamos, esa que nos enseñaron nuestros padres y que compartimos con 500 millones de hispanoparlantes. Desde mi bachillerato sabía que el español era una lengua romance que se derivó del latín vulgar, que no era el de Virgilio o Cicerón sino el de las legiones romanas. Pero detrás de ese simplismo hay toda una historia fascinante que tiene que ver con fenicios, griegos, cartagineses, visigodos y árabes. Durante varios años me dediqué a investigar y esa historia es precisamente la que cuento en mi libro.

—¿Cuál es la forma correcta de referirnos a nuestra lengua: Castellano o Español?
—Entre todos los dialectos que se hablaban en la península ibérica el romance de Castilla se impuso sobre los demás. El norte de España fue la región menos arabizada y fueron los reyes cristianos de Castilla los que detuvieron el avance de los musulmanes y los hicieron retroceder hasta expulsarlos definitivamente de España en 1492. Esos reyes se encargaron de imponer el dialecto de Castilla como lengua unificada en todo el país. Sin embargo, desde la época de la Reina Isabel, las demás naciones de Europa empezaron llamando español a la lengua que se hablaba en un país que ya lo identificaban como España. Además, las regiones de esa nación distintas a Castilla no querían que se utilizara el nombre castellano para designar la lengua que ya era de todos, porque se identificaba con una sola región. Preferían el nombre de español que era más general.

—¿Y de dónde viene la palabra ‘Español’?
—Los franceses del siglo XIV que vivían del otro lado de los Pirineos se referían a sus vecinos transmontanos como hispaniolos, y esa es la primera referencia a ese nombre. Pero nuestro idioma se llama español porque inicialmente fue la lengua de España, aunque el nombre con que se conoce ese país fue una transformación de uno que le pusieron los fenicios, algo que cuento en ‘Cómo se hizo el Español’.

—¿Qué hay de cierto en que los colombianos hablan el mejor español?
—Esa fama se empezó a gestar en la segunda mitad del siglo XIX, cuando surgieron filólogos y lingüistas como Rufino José Cuervo y Miguel Antonio Caro. Era la época en que Bogotá se conocía como la “Atenas Suramericana”. Sin embargo, Colombia es un país de regiones y el acento es muy diferente de una a otra. En algunas zonas de nuestro país el acento es muy neutral y no es tan marcado como en otros países del continente. En Bogotá se pronuncia muy bien, pero en cambio se quebranta la sintaxis. Le voy a señalar sólo un ejemplo: los bogotanos dicen frecuentemente ahorita o ahoritica, lo que constituye un error de sintaxis porque ahora es un adverbio de tiempo, y el adverbio como la preposición o la conjunción son partes inmodificables de la oración, que no admiten diminutivos, aunque suene más dulce.

—¿Cómo los poetas y escritores latinoamericanos del siglo XIX mejoraron la lengua española?
— En ese siglo se produjeron obras de muy diverso género que las gentes empezaron a leer y a degustar, especialmente a partir de la segunda mitad de esa centuria. Los filólogos colombianos contribuyeron a crear conciencia sobre la importancia de la lengua española y de hablarla con corrección. Fueron latinoamericanos como Bello y Cuervo quienes iniciaron la estructuración de una gramática auténticamente española, porque la de Nebrija era una gramática latina aplicada a nuestro idioma. Para mí las épocas doradas de nuestro idioma son El Siglo de Oro Español, que curiosamente no fue uno sino dos siglos: el XVI y el XVII. Pero también el siglo XX que produjo esa pléyade de escritores latinoamericanos.

—¿Cuál es la diferencia entre los conceptos de lengua y lenguaje?
— La lengua es el sistema de signos que usamos para comunicarnos, mientras el lenguaje es la capacidad que tiene el ser humano para expresarse. La lengua es propia de un grupo determinado, mientras el lenguaje es universal.

—¿Cómo esta lengua impuesta empezó a ser propia de los latinoamericanos?
—El castellano llegó con las naves de Colón y por supuesto con las de los demás conquistadores, y la imprenta ayudó mucho a esa difusión. Fíjese usted, unas semanas después de ser publicado en España la primera edición de El Quijote, ya se estaba leyendo en Cartagena. Y el libro pasó de mano en mano. Pero eso no fue instantáneo, sino el resultado de un proceso gradual. En un principio los misioneros dominicos y franciscanos que vinieron a las Indias hicieron esfuerzos por aprender la lengua de los nativos para ganarse su amistad y para evangelizarlos, pero resultaba muy difícil enseñarles los misterios de la religión en su lengua nativa, pues ellos no tenían palabras para ello. Enseñarles español se convirtió en una necesidad. Además, varios reyes prohibieron que se usaran las lenguas nativas y, a partir de esas ordenanzas, el español se impuso por necesidad y por mandato real. La Corona necesitaba que le entendieran sus leyes para que se pudieran cumplir. Con el paso del tiempo ya todo el mundo hablaba español, y con la lengua llegó la cultura de la nación conquistadora. Se fundaron colegios, seminarios y universidades, y la influencia cultural fue total. Desde luego, sumando que la conquista fue violenta y logró borrar las culturas vernáculas.

El idioma es un factor fundamental para trasmitir una cultura; más aún, es una condición necesaria. Los fenicios fueron los primeros colonizadores de la actual España, pero ellos eran esencialmente mercaderes, su interés primordial era el lucro y no enseñaron su lengua a los aborígenes que allá encontraron. Por eso, no sembraron cultura, en cambio los romanos sí lo hicieron y fíjese usted no sólo se la trasmitieron a los españoles sino que llegó hasta nosotros.

—¿Cuál es la influencia que tuvieron los árabes en la lengua española?
—El aporte de los árabes a la lengua española fue considerable. En el habla cotidiana utilizamos muchas palabras de origen árabe sin saber que tienen esa procedencia. Al léxico romance ingresaron más de cuatro mil palabras si se tiene en cuenta la numerosa lista de topónimos con que hoy se nombran muchos sitios y accidentes geográficos en España. Pero no son sólo vocablos que empiezan por “al” como álgebra, almohada, almojábana, Alcalá, Almería, Algeciras o por “guada” como Guadalquivir y Guadarrama, que tienen un indiscutible sabor árabe. Muchas otras que no parecen tenerlo como Madrid que, según algunos lingüístas, proviene de Mayrit o Magrit que hace referencia al “cauce” de un río, que hoy se llama Manzanares. Y qué tal el nombre de La Mancha, la región por donde discurrió Don Quijote, topónimo que proviene del árabe Al Mansha: “tierra árida, reseca”. Palabras como Alcalá de Henares, del árabe Al-Qalat an-nahr: “el castillo del río”, debieron parecerle a Cervantes tan sugestivas e inspiradoras, que lo motivaron a rendirle un homenaje al ingenio árabe, atribuyéndole a un tal Cide Hamete Benengeli la autoría de su novela El Quijote de la Mancha.

—¿Cómo llegó la primera palabra americana a un diccionario de español?
—En el diccionario español-latino de Antonio de Nebrija, publicado en 1495, se incluyó por primera vez un indigenismo: canoa. La segunda fue hamaca. Cuando Colón vio por primera vez una canoa y quiso referirse a ella en su Diario, tuvo que usar un rodeo para explicar cómo era ese vehículo fluvial de un solo tronco. Nunca antes lo había visto y no existía en el español una palabra correspondiente para llamarlo. Empezó designándolo almadía, una embarcación que usaban en España con troncos yuxtapuestos que formaban una balsa. Pero era consciente de que la canoa no era una almadía, y el 7 de diciembre de 1492 en su diario utilizó por primera vez la palabra canoa.

Del Cantar del Mío Cid a los juglares vallenatos

—Usted hace una interesante comparación entre los juglares vallenatos y los trovadores de la edad media como difusores de la lengua.
—Los juglares han sido importantes en la conservación y en la difusión de todas las lenguas porque narran gestas heroicas, episodios de amor, relatan leyendas o describen hechos que hacen parte de la cultura de un pueblo. En España los franceses que recorrían el camino de Santiago como acto de devoción tenían que hacer muchas paradas, porque el trayecto era de centenares de kilómetros. Eso dio lugar a la creación de hostales donde reposaban o pernoctaban los caminantes y allí, por las noches, para distraerse intervenían los trovadores para alegrar el ambiente. Esos juglares franceses estimularon la trova en España y llegó hasta las cortes de los reyes que valoraban a esos poetas de pueblo. Uno de esos cantos de juglar fue el Cantar de Mío Cid, que algunos le han visto influencia francesa, particularmente de la Canción de Roldan, un poema épico que narra las aventuras de un guerrero galo. Pero en mi libro yo explico que eso no es así.

—Para usted los idiomas son como los ríos.
—Las lenguas no nacen en un día exacto como los seres humanos, ni en un lugar determinado de la geografía. Por eso es mejor decir que las lenguas no nacen, sino que se hacen. Cada pueblo la va construyendo día a día y se convierte en algo vivo y dinámico que evoluciona según la cambiante realidad del pueblo que la habla. Así le pasa a los ríos, surgen de un manantial, que al principio discurre entre breñas y luego va recibiendo pequeños afluentes que le llegan por un lado y por el otro y así va tomando cuerpo hasta convertirse en un río caudaloso. El manantial del español fue el latín vulgar, pero después recibió influencias de otras lenguas. Aunque no sea tan evidente hay tres mil palabras que vienen del griego.

—En un conocido texto, Gabriel García Márquez reniega de las normas gramaticales y la ortografía, dice incluso: “lo que se necesita es la anarquía”.
—La anarquía no es buena ni conveniente en ningún contexto y menos para una lengua, porque la va desnaturalizando y, si se la deja suelta y fuera de regla, acaba desapareciendo. Eso le pasó al latín vulgar que después de la caída del Imperio Romano, entró en anarquía, quedó suelto y entonces empezaron a surgir lenguas romances por toda Europa: francés, italiano, portugués, y hoy nadie habla latín. Ni siquiera se escucha en las misas porque se convirtió en lengua muerta.

—¿Por qué un poema tan importante como el Mío Cid resulta ser un ladrillo para la lectura?
—Porque está escrito en castellano del siglo XIII, pero es una leyenda fascinante. Un guerrero que, por la envidia de otros competidores, se ve sometido a calumnias que le hacen perder su honra y lo llevan al destierro. Pero él, a punta de gestas heroicas y conquistas de reinos se gana la estimación del rey que lo había desterrado y recupera su honra en tal forma que hasta el día de hoy se sigue poniendo de ejemplo de honor y valentía dignos de imitar.

El Cantar de Mío Cid es la primera obra literaria de la lengua española, que entonces era el castellano. Hay versiones que, sin quitarle la esencia al poema, están redactadas en lenguaje de hoy y se leen con agrado, incluso existen versiones en prosa que hacen más inteligible el argumento del poema.

—Colombia conserva 68 lenguas nativas, ¿por qué ninguna es un idioma y cuál es su valor?
—Esas lenguas, así como la cerámica y la orfebrería de los pueblos nativos es lo único que queda de la cultura amerindia y, por lo mismo, debemos conservarlas y protegerlas porque lo indígena es el componente primigenio de nuestro mestizaje, del cual debemos sentirnos orgullosos. Esos dialectos no se convirtieron en un idioma porque la vorágine de la conquista no le dejó espacio ni posibilidades de difusión o expansión. La cruz no llegó sola sino acompañada de la espada y el arcabuz. Además, la candela incineró todo lo que se consideraba herejía.

Hoy en el diccionario de la RAE hay centenares de palabras, especialmente de las lenguas arawak como el taíno, del náhuatl, del quechua, del guaraní, del mapuche y de otras lenguas aborígenes, pero el número exacto no lo sé. Hay diccionarios de americanismos, que contienen unas 70.000 voces, lexemas complejos, frases y locuciones que se usan en América.

—¿Cuál es la importancia de Alfonso X para la formación del español?
—Alfonso X, fue un humanista de vasta cultura, quería que el conocimiento científico, filosófico y literario se masificara y para ello era indispensable que la lengua castellana se expandiera. La impuso como obligatoria en su reino que ya cubría casi todo el territorio de la actual España y fomentó el uso del castellano a través de documentos que llegaban hasta los últimos rincones del reino. Durante su reinado salieron a la luz obras de diversos géneros que marcaron el comienzo de la lengua unificada. Una de esas obras fue el código de las Siete Partidas que compendiaba las diferentes legislaciones expedidas siglos atrás, pero mejoradas con las normas del derecho canónico romano. Alfonso X fue el unificador y difusor de la lengua.

El idioma de los insultos y las redes sociales

Rufino José Cuervo (1844-1911), filólogo y lingüista colombiano. Su obra más importante es el Diccionario de Construcción y Régimen de la lengua castellana, que dejó inconcluso por la letra D en 1911, pero el instituto que hoy lleva su nombre lo concluyó en 1994.

Foto: Especial para El País

—¿Qué opina de cómo se usa el idioma en las redes sociales?
—Es un hecho inevitable que hay que aceptar y domesticar hasta donde se pueda. Sin embargo, lo que allí se expresa son transcripciones de la oralidad informal. Cuando la gente escribe una carta o un artículo se usa el idioma con más cuidado. Muchos piensan que, al convertirse en un medio de comunicación esencial, podría transformar profundamente al español. Pero los chats tienen una vida fugaz, por eso no representan un peligro para la esencia de la lengua. Un puede escribir de manera coloquial en un chat, pero tiene que respetar las normas del español para escribir un cuento o un ensayo.

—¿Para usted cuál es la palabra más bella del español?
—Son muchas, pero le pongo un ejemplo: amor, compárela usted con la palabra love en el idioma inglés y saque la conclusión.

—Si tuviera que describir a Colombia con una palabra del español, ¿cuál sería?
—Ese ejercicio lo hizo una vez en 2009 el Ministerio de Comercio Exterior para buscar una marca de país, una expresión que nos identificara, y la respuesta más frecuente de la gente en una encuesta fue: berraquera, un colombianismo que expresa la cualidad de una persona corajuda, audaz, que le pone alma a lo que emprende. Entonces se tradujo por la palabra pasión, y nació el logotipo: Colombia es pasión, frase colocada en un corazón blanco de fondo rojo. A propósito, el diccionario de la RAE trae la palabra verraquera con (v) con el significado de llanto con rabia y continuado de los niños. Otra palabra que podría identificarnos es megadiversidad. Eso no requiere explicación.

—¿Por qué el español es una lengua tan rica en palabras obscenas y en insultos?
—La riqueza de una lengua no está exenta de ese tipo de expresiones, pero no hay que confundir obscenidad con palabras que describen oficios o actos propios del ser humano, aunque sean malsonantes, en algunas regiones. “Coger” tiene en ciertos países un significado diferente al que le damos los colombianos en el lenguaje corriente. La palabra parir es muy castiza y no son pocos los citadinos que por evitarla dicen que la vaca alumbró. “Cagar” es malsonante pero el diccionario RAE la trae con el significado de “evacuar el vientre”, y también “cagarla” con la acepción de “cometer un error difícil de solucionar”. Estas palabras las utilizan sin tapujo los escritores.

—¿Por qué es importante la literatura como fijadora de una lengua?
—Porque las obras excepcionales de la literatura contribuyen a enaltecer y a inmortalizar la lengua. Todo el mundo desearía leer una novela aprestigiada en su lengua original. Hay traducciones muy buenas, pero nunca igualan al original. Hay personas que aprenden una lengua para leer la obra en el idioma en que fue escrita.

—El español llegó a América como una lengua de imperio, ¿cómo la definiría ahora, después de 600 años y cuando la hablan más personas de Latinoamérica que de la misma España?
—Efectivamente, fue una lengua de imperio, impuesta con una dosis alta de violencia. Así nos conquistaron, pero los conquistadores resultaron también conquistados, como acontece muchas veces. Imagínese lo que sería el español si sólo se hablara en España, sería una lengua como el catalán, y no tendría esa importancia universal.

—¿Por qué resulta tan difícil para la mayoría aprender las normas ortográficas?
—La mejor manera de aprender ortografía es leer mucho, pero obras bien escritas. La memoria visual no traiciona, cuando usted ve una palabra escrita de manera diferente a como la ha visto en otras partes le funciona el subconsciente. Si usted escribe ‘desicivo’ el cerebro le dice que no se ve bien. Si se dan reglas ortográficas deben ser fáciles de memorizar. A mí me generan dudas en su escritura aquellas palabras de origen amerindio que tienen una h intermedia, como arhuaco o aruhaco, guanahaní o guanhaní.

Gramática y poder en Colombia

—¿Qué opina de que Colombia haya tenido una serie de poetas y gramáticos que llegaron al poder político?
—Eso fue así en otras épocas cuando se valoraba el conocimiento de la lengua española. Hoy la política se hace con marketing publicitario y se valora más la imagen que el mensaje con profundidad o la seriedad de las propuestas de los diferentes candidatos.

—¿Cuáles son los aportes de Rufino José Cuervo al español?
—Rufino José Cuervo fue un gran filólogo y lingüista que produjo obras que admira el mundo entero. Su Diccionario de Construcción y Régimen de la lengua castellana es obra colosal, fruto de un portento de erudición. El no pudo llegar sino hasta la letra D, porque lo interrumpió la muerte en Francia, pero el Instituto Caro y Cuervo se impuso el objetivo de concluirlo hasta la Z. Para ello trabajó un equipo de investigadores durante 44 años (de 1950 a 1994) y finalmente terminaron el Diccionario completo en ocho tomos tienen más de 8.000 páginas. Otra obra importante de Cuervo es la que humildemente tituló Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, aunque las incorrecciones que él señala allí se cometen en todo el mundo de habla hispana.

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