Cuando Dios quiso ser poeta, un ensayo sobre la obra de Dante Alighieri

Septiembre 25, 2021 - 04:55 p. m. 2021-09-25 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Dante y la Divina Comedia

Dante Alighieri creó el mayor poema religioso de la historia. A siete siglos de su fallecimiento, el poder de su poesía sigue despertando el fervor entre creyentes e incrédulos. Dante y la Divina Comedia, fresco de Domenico di Michelino (1465). Catedral de Santa María del Fiore (Florencia).

Imagen de Dominio Público

Tenemos una obsesión por los orígenes: quiénes nos engendraron, dónde nacimos, cuál es nuestra ascendencia, pero más allá de la sangre y la patria, nos obsesiona tener claro y nunca olvidarlo —como nuestro nombre y contraseña de Facebook e Instagram—, a quiénes amamos y odiamos por primera vez, cuándo conocimos el cine, qué libro nos hizo sentir que la realidad no solo se podía conocer empíricamente, sino también a través de la imaginación. Somos la única especie que vive en retrospectiva, amamos el pasado aunque nos pese, nos dolería más desprendernos de él. Algo más, como huérfanos memoriosos, buscamos con obsesión, alguien o algo, a quien contarle nuestros orígenes, y que nos crea esa historia.

En contraste, el futuro resulta más liviano, porque siempre está mediado por una dosis de olvido. El futuro es lo que sobrevive a nuestra mala memoria, ahora tan deteriorada por el Alzheimer y la inmediatez irreflexiva de las redes sociales. Pero el futuro también es lo que nuestra memoria inventa, lo que reconstruye a partir de las ruinas del pasado, y en esa medida el presente es una permanente reinvención de nuestros orígenes, es así como esperamos adaptarnos al futuro, de modo que para remediar un poco esa incertidumbre del olvido, buscamos formas de fijar nuestros recuerdos en imágenes y palabras. De esa obsesión por explicar de dónde venimos y quiénes somos a un interlocutor futuro, nacieron las pinturas rupestres, los mitos y cosmogonías, los poemas sagrados y las sondas espaciales. Salvo que ese interlocutor podrá interpretar ese mensaje con total libertad, nunca estaremos seguros de qué imagen, benévola o malvada se haga de nosotros.

Sin embargo, de esas imágenes y palabras, y también sonidos, se podrían rescatar algunos rasgos claros del pasado que hayan sobrevivido a nuestra desmemoria y a las más enrevesadas interpretaciones; por ejemplo —y esta hipótesis podría parecer herética—, es posible que algo tan pesado como la historia de la Iglesia Católica Apostólica Romana, cuya decadencia y desaparición se viene anunciando desde hace 1000 años, algún día, tal vez deje de existir, y entonces en ese futuro no necesariamente distópico, alguien podría redescubrir el catolicismo, más que de la Biblia, de un poema en particular, uno donde no solo se conserve una jerarquía espiritual, o se hayan establecido una serie de leyes y castigos divinos, sino donde también se definió una lengua y se consumó una estética capaz de seducir a creyentes e incrédulos, que prevenidos de las doctrinas religiosas, no pueden más que ceder a ante una belleza superior.

La pregunta que surge ahora es, en estos tiempos de consumismo, pandemias y cambio climático, cuando Dios ha sido declarado y notificado muerto, ¿existe algún poema el poder de atracción y vigencia para devolverlo a la vida?

Es como si en medio de la amnesia colectiva que tal vez padecerá la humanidad, Dios se hubiera tomado la precaución desde un principio de dejar su fe resguardada por la poesía, y cuando tuvo esa necesidad escogió a un hombre entre todos para realizar esa tarea, se llamaba Dante Alighieri y murió hace 700 años en Rávena (Italia), triste por no regresar a su ciudad natal, Florencia; pero seguro de que su poema, la ‘Commedia’, estaba construido para la eternidad, que su poesía superaría la decadencia de la misma religión en la que se inspiró, e incluso a la declarada muerte de Dios.

En este sentido, parece que actualmente Dante se repuso a la mordaz crítica que le hiciera Friedrich Nietzsche a finales del siglo XIX. Justamente en ‘El crepúsculo de los dioses’, el filósofo alemán escribió: “Dante o la hiena que hace literatura en las tumbas”. Pero su crítica se refería a una lectura de la ‘Commedia’ como un texto religioso, porque para Nietzsche el poema sacro de Dante no era más que propaganda católica, una religión que él consideraba para débiles.

Sorprende esta miopía crítica de un filósofo y poeta como fue Nietzsche, puesto que si descartamos el arte producido bajo el influjo, más que religioso, cultural de la religión católica, entonces tendríamos que prescindir de casi toda la historia del arte, en particular de periodos ricos en obras maestras religiosas como el medioevo, el renacimiento y el barroco. El Bosco, Miguel Ángel, Da Vinci, Rubens, El Greco y Velázquez no fueron en absoluto propagandistas, tampoco lo fue Dante Alighieri cuyo poema fue una aventura espiritual —una novela del alma—, que pese a su estructura cerrada y jerárquica, le debe más a la Odisea de Homero, a la Epopeya de Gilgamesh, que a la escolástica bíblica. Al respecto, nadie mejor para despejar estos radicalismos a la hora de leer la ‘Divina Comedia’ —el epíteto divino se lo puso Giovanni Boccaccio a la obra de Dante y así comenzó a popularizarse—, que Jorge Luis Borges, quien en 1977 dedicó una de sus primeras conferencias al poema dantesco.

En la primera de sus ‘Siete noches’, Borges dijo al público: “Si he elegido la ‘Comedia’ para esta primera conferencia es porque soy un hombre de letras y creo que el ápice de la literatura y de las literaturas es la ‘Comedia’. Eso no implica que coincida con su teología ni que esté de acuerdo con sus mitologías. Tenemos la mitología cristiana y la pagana barajadas. No se trata de eso. Se trata de que ningún libro me ha deparado emociones estéticas tan intensas. Y yo soy un lector hedónico, lo repito; busco emoción en los libros. La ‘Comedia’ es un libro que todos debemos leer. No hacerlo es privarnos del mejor don que la literatura puede darnos, es entregarnos a un extraño ascetismo. ¿Por qué negarnos la felicidad de leer la ‘Comedia’? Además, no se trata de una lectura difícil. Es difícil lo que está detrás de la lectura: las opiniones, las discusiones; pero el libro es en sí un libro cristalino. Y está el personaje central, Dante, que es quizá el personaje más vivido de la literatura”.

De acuerdo con esto, aunque el poema descanse sobre una doctrina religiosa, su primera impresión al leerlo, es la de entrar en una aventura —como la de Ulises o del capitán Ahab—, pero protagonizada por el poeta Dante, es decir, su aliento verbal es narrativo, y como propone Borges, “quiero solamente insistir sobre el hecho de que nadie tiene derecho a privarse de esa felicidad, la ‘Comedia’, de leerla de un modo ingenuo. Al principio debemos leer el libro con fe de niño, abandonarnos a él; después nos acompañará hasta el fin”.

Incluso, para un crítico como Harold Bloom, cuyo ’Canon Occidental’ está centrado en la figura de William Shakespeare, ni él pudo dejar a un lado a Dante Alighieri, como escribió en su libro, “Dante ha sido el poeta de los poetas, del mismo modo que Shakespeare ha sido el poeta de la gente; los dos son universales, pero Dante no está hecho para los espectadores de gallinero. (...) Y no hay duda de que dicho universalismo se debe a su incomparable excelencia literaria, a una fuerza de pensamiento, caracterización y metáfora capaz de sobrevivir a la traducción y a la transposición y de obligar al lector a que le preste atención en casi todas las culturas”.

La ‘Divina Comedia’ es un poema que sobrevive a la incertidumbre del origen, y para una época que se niega a creer, resulta aleccionador el ‘Adagia’ de Wallace Stevens: “Después que se ha abandonado la creencia en Dios, la poesía es esa esencia que toma su lugar como la redención de la vida”. Dante logró que la poesía se fusionara con Dios, impidiendo distinguir cuál de los dos es la causa de su inmortalidad. Si la poesía es divina por el poder de Dios, o Dios es divino por el influjo de la poesía en los humanos. Esta ambigüedad deja abierta la posibilidad  de que hacer poesía, no importa la opción que escoja el lector, sea un acto divino, porque como dijo Chesterton, Dios también es poeta. Por eso creo que la obra de Dante sigue vigente, por la aventura espiritual que recrea en sus lectores, ese peregrinaje interior hacia el origen tan opuesto a la fuga solipsista de la virtualidad, pero esencialmente por nuestra necesidad de creer en un orden superior, donde pueda existir una forma de justicia poética. 

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